El Comercio

Ana y Mía son los nombres con los que se conoce a la anorexia y la bulimia en internet.
Ana y Mía son los nombres con los que se conoce a la anorexia y la bulimia en internet. / E. C.

'Ana' y 'Mía' siguen matando en España

  • Las páginas proanorexia y probulimia siguen siendo el quebradero de cabeza para muchas familias

  • La amenaza es cada vez mayor. El número de sitios web con estos contenidos han crecido un 470%

'Ana' y 'Mía' son accesibles a todos los públicos. Solo hay que teclear estos dos nombres en un buscador de internet para que miles de páginas que llevan este término asomen a la pantalla de cualquier ordenador con sus consejos para sumarse a lo que, maquillado como un estilo de vida, es una incitación a prácticas extremadamente peligrosas para la salud. 'Ana' y 'Mía' es como se conoce a la anorexia y la bulimia en la red y las páginas pro-ana y pro-mía, sitios web que defienden estas enfermedades y trastornos de la alimentación, cuyas seguidoras se autodenominan princesas.

El problema no es menor. Según denuncia el informe anual de la Agencia de Calidad en Internet (IQUA) publicado en 2011, este tipo de sitios web habían crecido un 470% desde el año 2006, mucho más que otros tan influyentes como Facebook. Lo más grave es que lo hicieron bajo una legislación que, en el caso de España, no afronta el problema de cara. «No están específicamente prohibidas», denuncia Marta Voltas, presidenta de la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia y de la Fundacion Imagen y Autoestima, que libran una larga batalla para erradicar este tipo de contenidos. Para ello, esta organización cuenta desde hace dos años con un formulario desde el que cualquiera puede denunciar enlaces sospechosos. A partir de ahí inician un proceso para conseguir que se elimine el rastro de los enlaces. Pero ¿cómo lo consiguen si no está regulado? Solo tienen una forma de hacerlo, recurrir a un pequeño apartado del código penal relativo a las lesiones, que contempla que cualquiera que cause lesiones o induzca a un menor a que se las provoque, puede ser acusado de delito. «Si simplemente se está mostrando la lesión, no se considera delito. Y, si el afectado no es un menor, no hay nada que hacer», advierte Voltas para mostrar las argucias legales bajo las que se ampara este enemigo.

Aunque esta asociación reconoce que empresas como Google, Microsoft o Yahoo suelen responder positivamente a sus peticiones, desde los colectivos de lucha contra estas enfermedades se insiste en la necesidad de hacer una legislación que regule los contenidos pro-ana y pro-mía. La idea tiene además algunos precedentes. Países como Francia, Alemania o Italia, por ejemplo, ya se han puesto manos a la obra. En el caso de la legislación germana «si se demuestra que la web en cuestión no ofrece garantías para comprobar que los usuarios son mayores de edad, las sanciones a las que se enfrenta son altísimas, incluso penales», apunta Voltas. En el país galo se consideran contenidos ilegales y la Asamblea Nacional debate si dichos contenidos se deben equiparar a la inducción al suicido. En Italia, el tema está igualmente sobre la mesa y se ha presentado un proyecto de ley donde se contempla hasta dos años de prisión y multas de entre 10.000 y 100.000 euros.

Una madre española ha utilizado la misma arma, internet, para luchar contra las páginas que enfermaron a su hija.

Una madre española ha utilizado la misma arma, internet, para luchar contra las páginas que enfermaron a su hija. / E. C.

De vuelta a España, los afectados españoles siguen esperando a que los gobernantes afronten la realidad y tomen una decisión sobre lo que está ocurriendo. En este sentido, la figura de Lidia Amella es todo un referente para muchas familias que desde sus casas conviven con estos fantasmas. Desconocedora por completo de todo lo que ocurría al otro lado del ordenador de su hija, Amella descubrió un buen día que ésta se estaba provocando vómitos. La niña, que entonces tenía 14 años y llegó a perder 14 kilos en dos meses, confesó finalmente que se había adentrado espacios virtuales donde aprendió cómo provocarse los vómitos, dejar de comer sin que su familia se diese cuenta o participar en maratones de ayuno entre otras barbaridades. A Lidia le tocó entonces recomponerse y actuar ante una legislación que no que no amparaba claramente a su hija. A través de internet, la misma herramienta que enfermó a su hija, y de la plataforma Change.org, ha superado ya las 240.000 recogidas con las que reclamará que las páginas proanorexia y probulimia también se cierren o bloqueen en España. «No es normal que haya una persecución mayor contra las páginas de descarga de películas que contra las páginas que ponen en riesgo la salud y la vida de nuestros hijos», argumenta esta afectada desde la propia plataforma de recogida de firmas, poniendo de manifiesto la doble moral que a veces impera para condenar unos contenidos y permitir otros. Una actitud que también mantiene la poderosa Facebook, donde la publicación del pecho de una mujer está duramente castigado pero que, según denuncia Marta Volgas «no se prohíbe este tipo de páginas».

El objetivo de Lidia es llegar a las 300.000 firmas y, si la propuesta de esta madre sigue adelante, se habrá dado un importante paso para fiscalizar el 1,5% del tráfico de internet en España. Una amalgama de blogs, páginas, chats o páginas de redes sociales que están relacionadas con la anorexia y la bulimia, según los datos que maneja la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia. Tras su rastro también está la asociación Protégeles, cuya razón de ser es el amparo de los menores frente a los peligros de la red. Esto les lleva a examinar con lupa los contenidos de estos 'sites', ya que el 75% de sus usuarios son menores de edad, siendo el 80% de ellos mujeres, según informa la Agencia de Calidad d en Internet. En el año 2007, Protégeles se dirigía directamente a los menores de edad para corroborar estos datos e hizo una encuesta a una muestra de la población de un rango de edad entre los 8 y 17 años. El 17% de los que utilizaban internet, consultaban páginas pro-ana y pro-mia. De ellos, el 26,2% eran chicas y el 15% de los jóvenes reconocían que las consultaban para perder peso.

Para seducirles, los creadores de los espacios recurren a una estética muy concreta repleta de dibujos de hadas y colores atractivos que no pasan desapercibidos para los menores. Eligen este público objetivo porque saben que es especialmente vulnerable. «Está demostrado que cuantas más consultas de riesgo realiza un adolescente, más expuesto y propenso está a realizar estas prácticas. Y esto los malos lo saben», alerta Voltas. Estos 'malos', como los define Voltas, «van a la captura», insiste la directora de la asociación. Hay que recordar que detrás de Ana y Mía no solo hay personas enfermas que arrastran otros hacia su obsesión, «también puede ser una persona con intereses sexuales o comerciales».

Frente frente a su poder e influencia hay un ejército de padres, asociaciones, políticos y la sociedad en general que no se rinde. En su contra está el anonimato, la universidad de internet y una legislación laxa en la que la libertad de expresión les ampara. A su favor, la mejor de las vacunas, la educación. «Hay que ser conscientes de que internet ha venido para quedarse y no es otra vida, es la misma», concluye Voltas. Por eso propone que, además de las denuncias, el control y las propuestas políticas, se enseñe a los jóvenes a relacionarse con la publicidad y los medios con una actitud crítica. Ante la lentitud de la legislación española estas son, hoy por por, las únicas armas para muchas familias que ven cómo sus hijos se dejan morir en manos de Ana y Mía, dos princesas asesinas que acuden con impunidad a su ciberllamada.