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El pato colorado regresa a casa

Sociedad

El pato colorado regresa a casa

Las barcas de quilla plana ya navegan por las Tablas de Daimiel, que comienza a recibir a las 30.000 aves que pasan aquí el invierno

04.02.10 - 03:12 -
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Manuel Martín clava con ceremonia la vara una y otra vez en el fondo cenagoso que se oculta bajo la lámina de agua. Enhiesto, orgulloso en la popa de su barca de quilla plana navega entre carrizos y masiegas. Impulsa su embarcación casi con mimo, como si tuviera miedo de despertar al demonio subterráneo que ha diezmado las entrañas del parque nacional y lo ha tenido durante meses en el corredor de la muerte. Parapetado tras unas gafas de sol otea los brillos que la luz del mediodía arranca de la superficie del humedal. Lo hace con una sonrisa más que justificada: «Desde 2003 que no sacábamos las barcas». Manuel es uno de los diez guardas y barqueros de las Tablas de Daimiel (Ciudad Real), uno de los que más han sufrido la agonía de este paraíso. Cinco años de angustiosa sequía, unidos a la sobreexplotación del acuífero 23 (del que bebe el paraje) por los abundantes regadíos que rodean el parque, colocaron las Tablas en el cadalso. La turba (vegetación descompuesta) presente en el subsuelo comenzó a secarse. Era el caldo de cultivo del desastre. La puntilla pareció llegar en agosto, cuando las turberas ardieron tras oxidarse. Manuel y sus compañeros vieron cómo el humo manaba del corazón del parque. Muchos entonaron entonces un requiem por las Tablas.
Hasta que se obró el milagro. Las lluvias caídas en el último mes, las mayores desde que se miden las precipitaciones en la zona, han devuelto la vida a la joya de La Mancha húmeda. Mucho ha tenido que ver también en la resurrección la intervención del Gobierno. Aunque menos de lo esperado. Sólo han sido necesarios 2,5 de los 22 hectómetros cúbicos de trasvase de emergencia desde el acueducto Tajo-Segura aprobados por el Ejecutivo para salvar el espacio protegido. El resto fue cosa de la Madre Naturaleza.
Hace sólo tres meses, el parque agonizaba con barcas varadas, terrenos cuarteados y pasarelas sobre una inexistente agua, como gigantescas osamentas en medio de un paraje seco y fétido. «En su mejor época, el agua llegaba hasta la pared de mi casa. Casi podía salir por la puerta y coger cangrejos», lamentaba entonces Julio Escuderos, considerado a sus 81 años el último pescador de las Tablas de Daimiel. El 7 de enero apenas había 67 hectáreas inundadas de las 1.850 que componen el parque. El pasado sábado, desde la popa de su barca, Manuel Martín navegaba por las 1.300 hectáreas que ahora están anegadas, una superficie que no se alcanzaba desde 1997. «Y eso que el carrizo no está tan hermoso como en primavera», anuncia el barquero. Los aportes naturales del río Cigüela (recuperado tras años de estar seco) y del arroyo Cañana Lobosa han permitido el regreso de buena parte de los más anhelados inquilinos del humedal: ánades reales, cercetas, rabudos, porrones comunes, ánsares, aguiluchos pálidos o laguneros... Sus chapoteos, graznidos y aleteos se escuchan de nuevo en las Tablas de Daimiel. Y el más esperado: el pato colorado, emblema del parque, que incluso figuraba en el anterior logotipo de esta Reserva de la Biosfera.
«Habiendo agua, lo otro ya viene por sí sólo», valora Manuel mientras gobierna la barca por un pasillo entre carrizos y cerca de un taray aún seco, el característico arbusto del paraje de La Mancha. En el Tallazo, la parte más limpia de vegetación de todas las Tablas, el agua casi llega a los 70 centímetros, aún lejos de los 140 que alcanzó en 1997, pero sorprendente frente al pedregal de hace meses. «Los peces no se ven, pero seguro que también hay ya alguna carpa venida del Cigüela». Igual que cangrejos, los voraces americanos, claro está. «De los autóctonos, ni rastro», apunta Manuel.
Los fuegos de la turba
El ingeniero de montes José Jiménez camina con soltura por las Tablas con sus botas camperas. Luce vestimenta rural y un aire de lugareño que no encajan con su condición de miembro de la plana mayor de altos cargos del Ministerio de Medio Ambiente llegados al humedal para congratularse de su vuelta a la vida. El director general de Medio Natural está como en casa. No en vano, es vecino de Ciudad Real y hasta hace un mes máximo responsable de los Parques Nacionales en España. Conoce la faz de las Tablas desde hace dos décadas. Ha sufrido su peor cara y ahora disfruta de la mejor. «Hemos censado ya 6.500 aves en los últimos días. Pueden llegar a superar las 30.000 durante el periodo de invernada». José es uno de los más conscientes del peligro que ha acechado al parque y la compleja lucha contra el demonio que lo devoraba por dentro. «Sólo el 10% de los fuegos de turba en todo el mundo se han conseguido apagar. No hay ni tecnología, ni conocimientos ni experiencia para ello». De haber perdido la lucha contra el incendio, las turberas, el sustento natural del humedal, se habrían esfumado. «El parque se hubiera convertido en un gigantesco coladero irrecuperable».
A mediodía, junto a la isla de la Entradilla, dos patos colorados se zambullen en las aguas de la laguna. Al paso de un grupo de visitantes se ocultan raudos entre la masiega. Los turistas también han regresado al parque. «El domingo pasado habría 500 coches en el aparcamiento», destaca una joven guía. Desde una barca, también prismáticos en mano, el secretario de Estado de Medio Rural desborda optimismo. Josep Puxeu se sabe con los deberes hechos. Aunque aún le quedan unos cuantos por delante. El Ministerio ha perforado 24 pozos para acudir en auxilio de las Tablas cuando vuelvan a agonizar. Porque los oriundos no dudan en que lo harán. «¿Qué cuanto van a aguantar? Conforme venga el tiempo... Como el calor pegue mucho en primavera...», deja en el aire un guarda con trece años de experiencia mientras observa buena parte del parque desde el observatorio ornitológico de Torre Pacheco.
La consejera de Medio Ambiente de Castilla-La Mancha defiende en Daimiel a los agricultores. «No se debe poner el foco de culpabilidad sobre ellos. En los últimos años han colaborado en ahorrar 200 hectómetros cúbicos», argumenta Paula Fernández. Pero basta conducir unos kilómetros por el camino del Molemocho, el que te lleva hasta el parque nacional, para vislumbrar decenas de pivots, los mastodónticos sistemas de riego por aspersión. Y entre los campos, supuestamente ocultos entre cultivos de alfalfa, maíz, vides, olivos..., unos 10.000 pozos ilegales, según los ecologistas. 10.000 amenazas para las Tablas. El Ministerio lo sabe y asegura que mantendrá duras sanciones para estas explotaciones. Y desde 2004 han comprado casi 1.200 hectáreas de fincas anexas para aliviar la presión de los regadíos sobre el acuífero 23.
Por eso Manuel Martín sonríe con cautela desde su barca de quilla plana. A golpe de pértiga, mientras encamina la proa hacia el embarcadero del humedal, lanza un ruego. «Esto necesita un mantenimiento. Que no se olviden de las Tablas...».
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A la izquierda, una barca varada en agosto en las Tablas de Daimiel. Al lado, el mismo punto en una fotografía del pasado sábado. :: ELVIRA MEGÍAS/REUTERS

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