Dice Croke, entre bromas, que la primera palabra de su hijo va a ser «tatatatatatatata». Vivió sus primeros siete meses entre el sonido de taladradoras y martillos de compresión: los de los trabajos de ampliación del Museo de Bellas Artes y una obra de viviendas. Siete meses «desesperantes». El ruido pudo con ellos. Hasta tal punto llegó la situación que la pareja decidió mudarse el pasado diciembre. Ahora residen en Las Regueras rodeados de verde. Su casa es todo silencio, sólo interrumpido por las incomprensibles charlas del bebé. «Era horroroso, los ruidos comenzaban a las ocho de la mañana y no paraban hasta las siete. Algunos sábados también trabajaban», rememora Croke. La pareja lo llevaba como podía, pero cuando tuvieron a su hijo decidieron mudarse, un cambio que es más «una transformación en la forma de vida».
El problema de las obras en esta zona de Oviedo es que el subsuelo es de piedra maciza, y como en las áreas urbanas no se puede emplear dinamita para hacer voladuras, los martillos de compresión trabajan a destajo. El estruendo es incesante. De hecho, la empresa concesionaria de las obras así lo reconoce. A finales del pasado año, el arquitecto navarro Patxi Mangado, autor del proyecto de las obras de ampliación del Museo de Bellas Artes de Asturias, reconoció que había muchas dificultades «para trabajar de una manera tan constreñida, al excavar sobre roca en pleno centro de Oviedo». Los mismos problemas que tiene cualquier trabajo en edificios vecinos.
«Entre tanta obra terminas anímicamente mal. Todo el día estás nerviosa, enfadada y de mal humor», comenta Croke cada vez más convencida del cambio. A veces, regresa a pasear por el casco histórico, quizás con un poco de nostalgia por la comodidad de la cercanía a la zona comercial y por esa sensación de la oportunidad perdida que frustra y cabrea, máxime cuando el piso les encantaba. «Aún teniendo ventanas de doble cristal, el ruido era tremendo. Sólo podíamos ventilar cuando los obreros se iban, pero antes de estas obras ya habíamos tenido problemas, esto fue lo que nos empujó a dar el último paso», explica.
¿Cuáles eran esos problemas? ¿Acaso la conocida lucha de los vecinos del Antiguo por los ruidos de la zona de marcha? La joven dice que los bares era el menor de los contratiempos. Lo primero que sufrieron cuando se mudaron a La Rúa fue la transformación de la pavimentación. «Hubo sucesivos cambios de baldosas», recuerda. Cuatro años de ruidos.
Trabajo imposible
El mismo tiempo que lo lleva padeciendo Marta Díaz, propietaria de una farmacia en la misma calle. «Por lo menos nos tendrían que regalar un cuadro», bromea. Cuando las excavaciones alcanzaron su cenit -ahora ya están llegando a su fin- la farmacéutica no oía ni a clientes ni a compañeros. «Lo peor ya pasó. No nos podemos quejar porque el Bellas Artes es un bien común a la ciudadanía. Aunque creo que con las características de este suelo no ha sido una buena idea hacer sótanos. Son molestias para los vecinos y gasto para los contribuyentes», recrimina la farmacéutica, que ya ha desechado la opción de pedir una indemnización.
Quien no lo tiene tan claro es María Morán, estudiante cántabra cuya habitación tiene vistas a la obra del museo. No puede estudiar en casa, y cuando está rondando por los pasillos de la vivienda se coloca unos cascos, como los de los obreros, en busca de un poco de sosiego. «Deberían plantearse dar una indemnización a los vecinos porque llevamos mucho tiempo sufriendo las obras. Son ocho horas de un ruido intenso y continuo», denuncia.
La Asociación de Vecinos del Oviedo Antiguo con su presidente, Juan García, al frente apoya a los afectados. A su juicio, los trabajos del museo quizás sean inevitables, pero no así otras actuaciones que también padecen. «Lo del Bellas Artes es un elemento más a añadir a una salud muy deteriorada por la movida nocturna y por tantas obras en la pavimentación de la zona», explica. Asegura que hay vías en las que se cambian las baldosas hasta dos y tres veces al año. Pone como ejemplo la calle Oscura en la que, actualmente, se está renovando el suelo «cuando hace tan sólo siete meses que lo cambiaron». «Nunca, salvo en tiempo de guerra, se vio una situación de obra permanente. No lo entiendo». Para García, muchos de los ruidos «son evitables».
Coincide con esta postura el presidente de la Asociación de Vecinos El Cristo-Buenavista, Ramón del Fresno. La construcción del futuro Palacio de Congresos y el centro comercial les trajo más de un disgusto. La ejecución, aún sin concluir, para erguir la mole de cemento «fue muy molesta», cuenta Del Fresno, «pero teníamos la ilusión de ver el espacio terminado», una ilusión diluida con el tiempo.
El representante vecinal exige que se concluya la obra de una vez por todas, porque además de entorpecer el paso de los viandantes, los comercios de la zona están sufriendo las consecuencias de las demoras. «El proyecto está aparcado. Seis obreros barriendo no significa que prosiga. La gente ya está muy desanimada», concluye.
Otra comunidad, la del edificio Panorama, a la entrada de Oviedo por la 'Y', aún tiene muy vivo el recuerdo de las grietas y el estruendo de las perforaciones de la antigua parcela de El Vasco, donde Jovellanos XXI (la empresa de Javier Sánchez Lago y José Cosmen) planeó varios proyectos frustrados y ahora está a la búsqueda de financiación para construir un Palacio de Justicia que resuelva la dispersión de las se desde judiciales en la capital. «Fue hace años, pero aún lo recuerdo. Era la inquisición», dice Ángel Mata.
El ruido de los votos
Los vecinos casi siempre optan por resignarse y cada uno soporta como puede el fastidio sonoro. Muchos no saben que en España existe un Reglamento de Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas. Lo subraya el abogado Roberto Roces, que representó a los vecinos del edificio Panorama cuando, además de aguantar el runrún de las máquinas, tuvieron que buscar a un letrado porque Jovellanos XXI quería, supuestamente, apoderarse de parte de los terrenos de la comunidad de propietarios.
«Toda obra tiene que pedir una autorización que cumpla ese reglamento. El problema es que no se aplica. La mayoría de los Ayuntamientos pasan del tema y no aplican la normativa», dice el letrado. Para conseguir el correspondiente permiso, la empresa tiene que presentar un proyecto en el que se defina el impacto medio ambiental (incluido el ruido) de los trabajos y qué medidas correctoras va a adoptar para evitar los males sonoros.
«La culpa es de los Ayuntamientos pero es más fuerte el ruido de los votos que el de las obras», reprocha Roces. «Es una pena -prosigue- porque el reglamento es del año 1961 y fue uno de los primeros a nivel mundial, para proteger el Medio Ambiente».
Los otros
El ruido también afecta a los otros, los obreros que tienen que estar todos los días entre el barullo de taladradoras, excavadoras y la consiguiente peregrinación de camiones para remolcar los escombros. Llevan años en la construcción y según está el panorama en el sector por la crisis económica, no está el tema para quejarse por el ruido. El pasado viernes los trabajadores de la ampliación del Bellas Artes, con la excitación del fin de semana, se lo tomaban con humor: «Tenemos tapones y cascos, ¿qué vamos a hacer?». Los más veteranos resaltan que la obra «está siendo muy dura. Tardamos mucho para deshacer la piedra, pero donde hay piedra no se puede hacer otra cosa».
Y no se pude hacer nada porque, entre otras cosas, la maquinaria es la misma, «ha evolucionado, pero cuando hay que picar da igual que sea barro o piedra. El aparato es el mismo». La maquinaria no cambia, pero el ruido de picar la roca ensordece.
Al recordarlo, a Graciela Croke se le evade cualquier sentimiento de nostalgia. En su nueva casa de Las Regueras, a 20 kilómetros del centro de Oviedo, su bebé se cría en paz.
Hay quienes prefieren el trajín de las grandes urbes para vivir, ese ritmo frenético en el que la gente se introduce casi por inercia y de repente se ve corriendo para coger un metro, cuando el siguiente pasará un minuto más tarde; y también hay quien se decanta por la tranquilidad y el sosiego -en domingos casi aburrimiento- de las pequeñas ciudades, como Oviedo. La segunda opción fue la de Graciela Croke y su pareja. Hace cuatro años alquilaron un piso en la calle de La Rúa, una estrecha vía del casco histórico junto a la Catedral. La cosa no fue como ellos pensaban. El ruido no les dejaba vivir.