Con las primeras luces del alba los vecinos de Nueva, en Llanes, pudieron comprobar ayer las consecuencias del devastador incendio que les tocó vivir en la noche del sábado. ¿Qué vieron? Un paisaje volcánico, repleto de cenizas y con la zona del pico Socampu totalmente calcinada. Igual suerte corrieron los terrenos de la Braña, el Brañizu, la Rasa y San Cecilio. Se estima que la lengua de fuego calcinó más de 400 hectáreas de matorral, árgomas y árboles.
A lo largo de toda la jornada de ayer las llamas continuaban adueñándose de las plantaciones del río Nueva, en la margen derecha de la carretera que asciende a Llamigu. No hubo que lamentar desgracias personales, pero más de 30 vecinos fueron desalojados de sus casas en los barrios de Vallina, Robazón y la Barria. La evacuación se inició a las nueve de la noche del sábado y los últimos en regresar a sus domicilios llegaban a las tres de la mañana del domingo. La madrileña Raquel del Coso, propietaria de una vivienda en Vallina, había salido a cenar a Ribadesella y cuando regresó «a las diez de la noche, más que miedo sentí pánico, al ver unas llamas horrorosas al lado de casa».
A primeras horas de la tarde de ayer llegaba a Nueva la alcaldesa de Llanes, Dolores Álvarez Campillo, y recorrió los lugares de la catástrofe acompañada por los concejales José Balmori y José Juanes, y por el alcalde de Nueva, Tomás González. La regidora confirmó que en la noche del sábado había en el concejo «siete fuegos activos». El peor de todos ellos era el de Nueva, «donde los vecinos lo pasaron muy mal y todavía se encuentran con el miedo en el cuerpo ante un posible rebrote», comentó.
Álvarez Campillo explicó que en Nueva se habían vivido «momentos de pánico» y que algunos vecinos «se resistían a abandonar sus casas». Aseguró que había pasado la noche del sábado «pegada al teléfono, recibiendo información sobre cómo evolucionaban los diferentes incendios». Y valoró que la causa del fuego podía encontrarse en «quemas que se hacen de forma inconsciente para limpiar las fincas».
Por contra, Jesús Pedrayes Prieto, dueño de la casa que más cerca estuvo de las llamas, comentó que el incendio había sido «provocado, con voluntad mala y dañina, aunque yo no pueda precisar por qué se hizo ni quién lo hizo». Pedrayes, pintor de profesión, tiene en la parte trasera de su casa un almacén en el que había «más de 500 botes de pintura, disolvente, aguarrás, esmaltes y barnices». De haber alcanzado el fuego esos materiales «las consecuencias hubieran resultado desastrosas», sentenció.
A Olvido Fuente, vecina de Robazón, la obligaron a abandonar su domicilio a las nueve de la noche. Y un poco más tarde «las chispas y las ascuas, llevadas por el aire, lo envolvían todo». Asegura que no tuvo miedo, aunque sí el temor de que «alguna chispa de las que caían en el tejado tomara fuerza».
También fue evacuado Benito González, de 92 años, para quien la quema fue «muy repentina». Aseguró que «las chispas llegaban a casa formando grandes remolinos». Su hijo, Juan Antonio González pide que «se limpien los montes como se hacía antes y que se hagan quemas controladas».