Son profesionales de la montaña, expertos salvando vidas en las alturas, conforman un selecto grupo de la Guardia Civil que no suma más de 230 personas en toda España y, aunque parecen héroes, son personas que también cometen errores y que, pese a los años de experiencia, no acaban de acostumbrarse a los envites con los que a veces se encuentran en su día a día. La docena de profesionales que componen el grupo de montaña de la Guardia Civil de Cangas de Onís trabaja a turnos de 24 horas y están siempre en alerta. Bien en el cuartel o con guardias localizadas, el grupo sabe que en cualquier momento alguien puede requerir de su ayuda y que debe actuar friamente para conseguir llevar a cabo un rescate con éxito. «Nuestra seguridad debe primar siempre», explica el capitán del grupo, Javier Medina aunque, a la hora de la verdad, añade José Luis Sánchez Nodar, sargento primero, «en determinadas intervenciones asumimos un riesgo mayor del necesario. Todos cometemos imprudencias».
Durante el año pasado el grupo efectuó un total de 33 intervenciones que sirvieron para atender a 69 personas, de las que 45 resultaron ilesas, 18 heridas y seis fallecidas. Y aunque muchos de esos rescates se tornan complicados e incluso peligrosos por la orografía del lugar, y principalmente por las adversas condiciones meteorológicas en las que se producen muchas de las llamadas de emergencia, los agentes aseguran que el peor momento de su trabajo siempre es cuando el rescate no acaba como les gustaría y deben informar a una familia de que no se ha podido hacer nada por aquel al que esperan. «Nos podemos acostumbrar a encontrarnos con cadáveres y desgracias, pero nunca al momento en el que tenemos que informar a las familias», admite José Luis Sánchez Nodar. «En nuestro trabajo te curtes y te acostumbras a muchas cosas, pero no a esa llamada telefónica tan fría», añade con cierta angustia el sargento primero.
La proliferación del montañismo y del alpinismo en los años 70 en torno a los Picos de Europa generó la necesidad de crear en la zona una unidad de montaña primero y, en 1981, el grupo especializado que hoy es cabecera de toda la cornisa cantábrica. Las estadísticas con las que trabaja el grupo detectan un importante incremento de actividad a partir de la década de los noventa que se vincula al aumento de visitantes al Parque Nacional de los Picos de Europa, pero desde entonces su actividad se mantiene, aunque con pequeños picos de diferencia entre un año y el siguiente, que se relacionan con cuestiones meteorológicas. «Si el invierno viene malo la gente sale menos y eso se nota a la hora de hacer las estadísticas anuales», señalan.
El año pasado fueron 33 los rescates efectuados desde la base de Cangas de Onís (46 más por parte del otro grupo asturiano, con sede en Mieres), pero la experiencia les dice que son muchos más los incidentes que ocurren en la montaña y que no son atendidos por ellos porque las víctimas se ayudan de otros montañeros para llegar a los centros de salud y hospitales más cercanos. Un dato que da una idea del elevado volumen de percances que cada año se dan en las cordilleras asturianas y que, no sólo tienen que ver con caídas o extravíos propios de estos lares, también con golpes de calor, bajadas de tensión o incluso infartos. «Son múltiples las causas que activan un servicio de rescate», explica Medina.
La mayor parte de ellas corresponden a extravíos (un 27% del total) que en muchos casos, reconoce Javier Medina, se podrían evitar si los montañeros salieran de sus domicilios bien equipados. «Hay quien sale al monte como quien va a dar un paseo, sin mapas, ni GPS y con escasa experiencia», se quejan. Imprudencias al fin y al cabo que en ocasiones podrían evitarse, pero que no siempre son fáciles de catalogar. «Si sales a la montaña con un día fantástico y bien equipado, pero te da un infarto, ¿es una imprudencia? En principio no pero, ¿te habías hecho un chequeo médico recientemente para comprobar si podías hacer ese tipo de esfuerzos?», apunta José Luis Sánchez que, puesto a rizar el rizo, bromea incluso con el desgaste del calzado. «Y si vas con unas botas adecuadas a hacer la ruta del Cares y te haces un esguince ¿Es una imprudencia?. ¿Y si llevas las botas muy desgastadas?».
Hay tantos supuestos y es tan complicado regularlos que Javier Medina y José Luis Sánchez Nodar dudan de que la iniciativa de legislar los rescates para cobrar aquellos que puedan ser entendidos como imprudencias pueda llegar a buen puerto, aunque reconocen que los recursos son limitados y que, quizá, haya que plantearse para un futuro próximo implantar sistemas de seguros para la realización de actividades al aire libre como existen en otros países. «Cuando compras un coche te obligan a tener un seguro para que se haga cargo de posibles accidentes. Quizá cuando salgas de excursión sea necesario hacer otro», propone Sánchez Nodar.
Se trata de un debate complicado que, hasta la fecha, sólo ha sido planteado por determinadas comunidades, entre ellas la de Asturias, y que por lo tanto sólo afecta en principio a aquellos servicios de emergencia que están financiados con cargo a los presupuestos regionales: Bomberos de Asturias y el servicio de socorrismo en las playas. «A nosotros nos paga un sueldo el Estado por nuestro trabajo que viene de los impuestos del ciudadano. Si cobrásemos por nuestros servicios le estaríamos cobrando dos veces al ciudadano», argumenta Sánchez. Eso no quita para que deba concienciarse a la ciudadanía para evitar riesgos innecesarios. ¿Cómo? Aunque las imprudencias son difíciles de catalogar, desde el grupo de Montaña de la Guardia Civil aseguran que hay casos más claros que otros. «La gente hace caso omiso a los partes meteorológicos. Cuando anuncian una ola de frío y nieve a 500 metros se entiende que es desaconsejable salir al monte y, por eso, salir con esas condiciones podría entenderse como una imprudencia. O no. Porque a lo mejor estás preparado para ello y es precisamente lo que buscas», analiza Medina.
Por estadística pura saben que el domingo es el día que más se requiere su servicio (13 de los 33 rescates realizados durante el año pasado tuvieron lugar en jornada dominical) y los meses estivales son los de mayor movimiento. Concretamente, en 2009 fue el mes de agosto el que sumó mayor número de rescates, seguido de octubre y abril, coincidiendo con las fiestas de Semana Semana Santa. Por pura experiencia saben también que «cuando el día amanece bueno y de pronto comienza a tornarse o a caer la niebla -relata Javier Medina mientras mira por la ventana- el teléfono va a acabar sonando en cualquier momento». Y es que no hay mayor enemigo para un montañero que las malas condiciones meteorológicas y es muy importante que la gente se conciencie de ello. «En días adversos es mejor ser prudente e irse de vinos a León», propone el sargento primero como alternativa de ocio. Pero es que en tiempos de crisis el monte es una de las opciones más recurrentes. «Es una actividad muy barata, sólo se necesita tiempo libre y que sea bueno. La montaña no entiende de crisis», bromea el capitán.