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Leyenda viva

Joan Baez emocionó al Jovellanos con una dulzura y elegancia que recorrió gran parte de su repertorio

09.03.10 - 03:08 -
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Lo más difícil para las leyendas es convertirse en verosímiles, no caer en las hipérboles ni en las extravagancias. A ese reino de la autenticidad pertenece Joan Baez, con su sonrisa plácida, una calma interior que se manifiesta como sobriedad exterior y la elegancia de quien viene de vuelta sin jactarse de haber sobrevivido. Valga la definición no sólo para dar cuenta de las impresiones humanas de la cantautora neoyorquina que el pasado domingo llenó hasta el gallinero el Teatro Jovellanos, sino también a modo de juicio crítico de la música que trajo consigo.
Es cierto que no se atuvo al guión. Quiere decirse que entregó a los medios de comunicación un repertorio que a medida que fueron sucediéndose los acontecimientos, dejó a un lado con la libertad de quien puede permitírselo.
Abrió camino mediante el sonido country de 'Lily of the West', cantó a las montañas en 'Scarlet Tide' y declaró su credo con 'God is God' -que introdujo en español, idioma de su padre mexicano: «Yo creo en Dios, pero Dios es Dios...», explicó para que cada cual tradujera los puntos suspensivos-. A continuación, entregó dos piezas deliciosas, 'Silver Dagger' -«una balada de hace diecinueve años, mamma mía', ironizó»- y 'Love Song', antes de dar paso al primer tema de naturaleza exclusivamente hispana, 'La llorona'.
Tras los epílogos de las canciones, calurosamente ovacionados, un pequeño sorbo de agua y la manía de estirarse hacia arriba la solapa derecha del traje gris. Y constante permuta de dos guitarras -española y acústica-, que le iba poniendo en las manos una asistente diligente. Está por encima de la media de los cantautores en lo que a las habilidades sobre los trastes se refiere, sin prescindir, claro está, de un acompañamiento excelentísimo, comenzando por los acordes, punteos y coros de John Doyle, al que secundaron el multifacético Dirk Powell, el bajo de Todd Phillips o la percusión discreta de Gabriel Harris. Pero cuando se quedó a la intemperie, apenas si se advirtió la rebaja, dominando los registros agudos de la voz con una dulzura que la identifica y que reconvirtió a un sutil plano secundario en la coral de 'Gospel Ship', una pieza «very happy», bromeó.
La versión de la canción de Leonard Cohen, 'Suzanne', marcó una de las altas temperaturas de la velada. Y lució el cromatismo de "los grandes amores, de muchos colores me gustan a mí".
Tal vez hubo un pequeño declive en la adaptación del poema de Miguel Hernández y sus tres heridas, la del amor, la de la vida y la de la muerte. Pero inmediatamente se recuperó la efusión invitando al público a seguir el estribillo de 'Donna, donna' y los compases de 'Sacco y Vanzetti'.
El colofón de la mítica canción de Dylan 'Blowin in the wind', precedió a a un sonoro pataleo que exigía los bises. Y ahí volcó Joan Baez 'El preso número nueve' y 'Gracias a la vida', sabia y detallista. Hizo un gesto con las dos manos, poniéndolas bajo la mejilla, indicando que ya era la hora de dormir. Y se fue como un sueño.
Presentaba su último disco, 'Day After Tomorrow'. Sin embargo -acaso dejándose llevar por la intuición y la más que probada experiencia- acudió a inspiraciones de todos los tiempos.
En realidad, ofreció folk de ayer, de hoy y de siempre.
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Joan Baez, durante el concierto del domingo. :: SEVILLA



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