Hay quien colecciona sellos, cromos, postales... Hasta hace unos días, nunca se había prestado atención a un medio bastante desconocido para el gran público, a pesar de estar presente a diario en nuestras vidas. Se trata del cómic, cuyo lenguaje e iconografía campan a sus anchas en el ámbito de la publicidad, el cine, la televisión o la misma red. La pasada semana saltaba a los periódicos la noticia de que algún coleccionista de tebeos pudiente había pagado una cifra desorbitada por el número 1 de 'Action Comics', donde aparecía por primera vez Superman. En apenas unas horas, el record fue pulverizado por un ejemplar similar de Batman. Ver en una misma línea la palabra cómic, escrita junto a seis ceros y el símbolo del dólar, rompió más de un esquema.
El revuelo que se ha montado con las ventas millonarias de tebeos antiguos «demuestra que los cómics se han convertido en un valor seguro para inversores, como desde hace tiempo son otras artes como la pintura o la escultura», cuenta Alberto García Marcos, uno de los impulsores de la página web especializada Entrecomics. «Lo curioso es que en el caso de los cómics nos encontramos con un arte de reproducción masiva, por lo que sólo ejemplares muy escasos o antiguos podrán alcanzar precios desorbitados. El millón de dólares que se ha pagado recientemente por las primeras apariciones de Batman y Superman triplica al menos el anterior récord de venta, que data del año pasado».
El ejemplar de Superman que hizo saltar la noticia a los grandes medios data de 1938. En su día costaba apenas 10 centavos de dólar. Ahora, un millón. A Fernando Tarancón, editor, el cacareado dato le parece «una curiosidad» más. «Lo veo más relacionado con el fenómeno de la memorabilia pop, que con el del cómic o la cultura, como las subastas de objetos de los Beatles o de Marilyn». El cómic del popular superhéroe se vendió a través de la página de internet de subastas estadounidense Comic Connect. El comprador es un empresario neoyorquino anónimo.
Pero la millonaria cifra record no tardó en verse superada. Tan sólo un día después una entrega de la primera aparición de Batman (Detective Comics número 27, de 1939), icono del cómic perteneciente también del sello DC Comics, se vendió en Dallas por 1,075 millones de dólares. Su anterior dueño lo había adquirido cuarenta años atrás por 100 dólares. La empresa de subastas Heritage Auction Galleries está detrás de la venta del ejemplar del Hombre Murciélago. Las páginas originales de algunos dibujantes de cómic también empiezan a cotizarse en alza, al igual que cuadros y esculturas, obras de arte al fin y al cabo.
Para muchos amantes del llamado noveno arte resulta injusto que miles de personas visiten museos para ver exposiciones de artistas claramente inspirados en el lenguaje del cómic, como Roy Lichtenstein y tantos otros representantes del pop art sin ir más lejos, mientras su disciplina favorita pasa inadvertida.
No obstante, la cifra millonaria que ha sido noticia con Superman y Batman de protagonistas puede parecer una maniobra de marketing viral excepcional, ahora que DC Comics, editorial que respalda las correrías de ambos héroes de papel, forma parte de la escudería de los estudios Warner.
La venta estratosférica que ha saltado a la palestra ha sido acogida de muy diversas maneras. «No creo que el millón de dólares por el primer Superman o los cerca de 800.000 por la página de Tintín de hace unos meses tengan que ver con la revaloración del cómic o con un nuevo aprecio de sus méritos artísticos», señala Antonio Altarriba, guionista del excepcional álbum 'El arte de volar', escritor y teórico del medio. «El fenómeno está relacionado con la necesidad del capital de encontrar inversiones seguras en tiempos de crisis». Félix Linares, seguidor de la obra de autores como Neil Gaiman, Frank Miller y Seth, lo tiene claro: «Esto ya no tiene nada que ver con el cómic. Supongo que los compradores acabarán vendiéndolos por una cantidad mayor. No son coleccionistas, sino especuladores». Mauro Entrialgo, uno de nuestros comiqueros más reconocidos, arroja más luz sobre el asunto. «Los EE UU tienen una historia muy cortita y, por ello, carecen de verdaderas antigüedades y de tradición de culto a la obra original», indica. «Eso hace que la especulación objetual tenga que volcarse en piezas de relativamente pocos años de antigüedad -pelotas de béisbol, firmas de famosos, automóviles...- y en objetos seriados -tebeos, discos, libros, muebles...-».
Las excentricidades están al día en el coleccionismo de tebeos. Germán Menéndez rememora una situación impagable vivida por Pascual Ferry, uno de nuestros dibujantes más internacionales. «Contaba de un friki que le llegó con un montón de tebeos, todos embolsados, claro está, y con un cronómetro y un pequeño ventilador a pilas. El tipo accionaba el cronómetro, sacaba el tebeo de la bolsa, se lo pasaba a Ferry, que debía firmarlo a toda velocidad. Luego el tipo secaba la tinta de la firma con el ventilador y lo guardaba de nuevo rápidamente, ya que parece ser que el tebeo no debía estar fuera de la bolsa por más de 30 o 40 segundos». Sin duda, el cómic se presta a la militancia ferviente y el coleccionismo desatado, «porque tiene algo de clandestino».