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Asturias ya aplica técnicas derivadas de los de estudios de los Príncipe de Investigación

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Asturias ya aplica técnicas derivadas de los de estudios de los Príncipe de Investigación

En España hay 119 unidades del dolor, dos en el Principado. En ambas se trata a los pacientes con capsaicina, gracias a los trabajos de David Julius, uno de los galardonados

06.06.10 - 02:32 -
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Algunas batallas ganadas en la lucha contra el dolor en la que están poniendo todas sus armas los neurobiólogos sensoriales David Julius, Baruch Minke y Linda Watkins, los tres Premios Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2010, ya han dejado su marca en Asturias, donde los profesionales de la Medicina que dedican su trabajo a los cuidados paliativos no se han podido alegrar más por el fallo del jurado. «Es necesario poner la atención en estos estudios, porque de sus resultados depende el bienestar de muchas personas, incluso la reincorporación al mercado laboral de pacientes que llevan meses y meses de baja», dice el doctor Luis Javier Jiménez, director de la Unidad del Dolor del Hospital de Cabueñes, en Gijón, una de las dos unidades que existen en el Principado y que está a punto de cumplir diez años. La segunda, de las 119 que hay en toda España, tiene espacio propio en el HUCA (Hospital Universitario Central de Asturias), de Oviedo. Allí también han celebrado los laureles de Watkins, Minke y Julius. Y en ambos aseguran estar aplicando una de las técnicas derivadas del trabajo del investigador más joven de la terna, David Julius.
Según la doctora María Jesús Dinten, de la Unidad del Dolor de Oviedo, hace tiempo que «la capsaicina es usada para mermar el suplicio de algunos pacientes». Y qué es la capsaicina, pues es el componente activo de los pimientos picantes, que entraron en Europa después del segundo viaje de Colon al Nuevo Mundo. Y a ese componente puso por primera vez atención el doctor Julius, hallando de esa manera el llamado canal TRPV1 que es un receptor del dolor. Es decir «el lugar en el que actúa el medicamento», añade Dinten.
¿Qué ocurre, entonces, cuando se suministra capsaicina? La respuesta está basada en una idea sencilla: Si se muerde un pimiento picante primero arde la lengua, pero después ésta queda entumecida. La cuestión es conseguir ese efecto a mayor nivel para entumecerse la parte del cuerpo afectada por un dolor, y los nervios que lo provocan la sensación de dolor. En términos médicos lo que ocurre con este componente del pimiento es que «participa en la respuesta a la temperatura, a la lesión titular y a la inflamación», pudiendo llegar a aliviar el dolor «asociado a la neuropatía diabética, artrosis y psoriasis». Lo que significa, en palabras del doctor Ángel Palacio, otro de los médicos de la Unidad de Gijón, «que Julius ha hallado una clave para luchar contra el malestar crónico». Es decir, aquel que persiste más de tres meses y que es el más difícil de afrontar. De hecho, en palabras de Dinten, «el 95% es tratable. Es el resto, el otro 5%, el que se resiste a la medicina actual». Pero el trabajo de Juluis no es el único que aporta nuevas puertas a la esperanza, advierte Palacio. «Los estudios de los tres premiados son fundamentales para romper con la cultura del dolor imposible. Máxime cuando las industrias farmacológicas se den cuenta de que pueden crear un medicamento que acabe con el dolor crónico».
Entre los pasos dados de gigante por los destacados investigadores, está, recuerda Palacio, el que, «nos mostró Watkins sobre una función que desconocíamos de las células gliales». Hasta ahora se creía que eran células nodriza del sistema nervioso que desempeñan la función de soporte de las neuronas. Pero ahora se sabe que «también tienen su papel produciendo unas sustancias y reaccionando a otras, que son poderosos moduladores del dolor y de las acciones de los opioides».
La propia Linda Watkins asegura que «conocer cómo estas células participan en la plasticidad del sistema nervioso central en situaciones de dolor crónico puede abrir las puertas a nuevas formas de combatir el dolor a través de tratamientos farmacológicos». Y es que este tipo de tratamientos son el futuro en las Unidades del Dolor, donde cada día ingresan cuatro nuevos casos, en la de Gijón, y tres, en la de Oviedo. Nuevos casos que llegan con su diagnóstico debajo del brazo, pero sin que ninguno de los tratamientos específicos de su dolencia les haya ayudado. Casos que responden generalmente a una determinada franja de edad (la tercera) y «que son quizá más difíciles de tratar cuando se rompe esa dinámica y son más jóvenes, pues casi siempre son personas que han perdido casi totalmente la confianza en la Medicina», explica Jiménez, que como su compañero, Ángel Palacio tiene como único objetivo «mejorar la calidad de vida» de quienes acuden a la unidad.
De momento, su principal arma son los opiáceos, cuyos efectos se conocen desde 3.000 años antes de Cristo, aunque no fue hace sólo unas décadas cuando se descubrió dónde actuaban, «cuáles eran sus dianas ante los fármacos». Para su uso sólo hay una premisa: «Atacar el dolor sin que los efectos secundarios sean peores». En las unidades del dolor atendidas fundamentalmente por médicos anestesistas, que se han especializados en malestar de cualquier etiología, este es el primer mandamiento. El segundo, «saber escuchar».
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De los pinientos picantes sale la capsaicina, un compuesto químico utilizado para aliviar el dolor. Es casi anestesiante .

En la mosca de la fruta identificó Baruch Minke un nuevo canal iónico que se comportará como una nueva diana para los fármacos.



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