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Un pedacito de eternidad armónica

Cultura

Un pedacito de eternidad armónica

11.06.10 - 03:09 -
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Acostumbra María Dolores Pradera a suavizar algunas expresiones conversacionales poniéndoles diminutivos. Bien, pues digámoslo ya: ayer, en el Teatro Jovellanos, en el concierto que llevó como título, 'Homenaje, conmovió a la nutrida audiencia -lleno completo, en tiempos de vacas flacas- con lo que podríamos llamar un pedacito de eternidad. Es muy probable que esté un tanto fatigada de que críticos musicales y periodistas insistamos en el prodigio de una galanura y una garganta a las que no les hacen sufrir el paso de los años. Pero resulta muy difícil dejar de admirar el milagro: la eternidad que lleva en sus manos de ave, en ese brote melódico que surge de sus cuerdas vocales para echarse a volar o en un repertorio que varias generaciones pueden musitar de memoria.
Apenas recuperados de esa sorpresa, lo que quedó fue el disfrute de canciones que también surcaron diámetros inmensos, porque tampoco cabe omitir que fue María Dolores Pradera una de las cantantes principales y pioneras que unió desde edades tempranas la música del continente iberoamericano con la nuestra, fundiéndolas para siempre.
Y en el Jovellanos mostró una selección representativa, comenzando por el tributo mexicano de 'Que te vaya bonito'. El cuerpo central estuvo ocpado por boleros colmado de sentimiento como 'Camino verde' y por el medio la dedicatoria asturiana de 'No sé porqué te quiero' de Víctor Manuel. Más aires limeños en la evocación de Chabuca Granda, con 'La flor de la canela', canela pura. Y la delicadeza enérgica en 'Luna tucumana', la célebre zamba de Atahualpa Yupanqui. Cada tema, alentado por el don interpretativo que incorpora a la gran actriz que lleva en el alma.
En la orilla del Sur, el inolvidable Carlos Cano, precedida por 'Luna de abril' y 'Habanera de Cádiz' vino a sus labios mediante 'María la portuguesa'. No hubo descanso para las emociones, aunque también supo esparcir la gracia cómplice en sus diálogos con el público. Carece de puntos débiles. O posee la sabiduría de envolverlos en una constante armonía. A su lado, el sonido del requinto de Juan Salvador Regalado, la cristalina guitarra de Tapia (ambos, asimismo en los coros), el contrabajo y la versatilidad percusionista, acabaron por configurar un recital tan exquisito como entrañable.
Las ovaciones se prolongaron hasta hacerse eco de sí mismas. La velada había entregado al público el secreto de un pedacito de eternidad.
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Señora. María Dolores Pradera sobre el escenario del Jovellanos, donde dio un recital de maestría y profesionalidad sobradamente acreditada. :: JOAQUÍN BILBAO



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