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El año de la muerte de Saramago

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El año de la muerte de Saramago

Estaba convencido de que la lucha siempre ha sido a lo largo de la historia, y continúa siéndolo, una lucha entre dos paciencias: la del pueblo y la del poder»

26.06.10 - 02:28 -
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Se muere siempre demasiado pronto, aunque sea a los 87 años. La muerte llegó a buscarlo en una de sus caprichosas intermitencias, y lo encontró en la isla del exilio voluntario inventando para nosotros alegorías nuevas o registrando viejas sabidurías en sus admirados 'Cuadernos de Lanzarote'. Él siempre decía que su obra se podría resumir en cuatro palabras: meditación sobre el error. Al igual que había ocurrido con su compatriota Miguel Torga, su escritura se convirtió, al menos para mí, en una linterna que venía a alumbrarme en la hora de las cegueras, que llegaba para advertirme de tantas lucideces supuestas, que se acercaba a mis incertidumbres para desvelarme el misterio de las cavernas perdidas y de las sombras impuestas. Él estaba convencido de que la lucha siempre había sido a lo largo de la historia, y continuaba siéndolo, una lucha entre dos paciencias: la del pueblo y la del poder. De la infinita paciencia del pueblo nos hablaba mucho y nos decía que era una paciencia negativa y pobre, una paciencia que no sabía esperar. Se desgañitaba explicándonos que la paciencia del poder también era igualmente infinita, pero que se presentaba siempre en la positividad de saber esperar y preparar concienzudamente los regresos. Nadie, mejor que él, escribió los epitafios de nuestra civilización. El Vaticano ha celebrado su muerte, pues de celebración cabe hablar cuando se aprovecha el día de la desaparición de alguien para arremeter contra él y sus pensamientos. No en vano, este hombre tan atrevido y rebelde como reflexivo y constante, aseguraba que Dios, definitivamente, no podía existir, y, si existiera, algo tendría de imbécil, pues sólo un imbécil (explicaba él con un estoicismo prominente) se habría dispuesto a crear una especie humana como la nuestra, capaz de liarse a golpes por llevar a las espaldas un pedazo de madera al que llamaban Virgen y capaz, al mismo tiempo, de observar impasible cómo millones de personas se mueren de hambre. José Saramago consiguió novelar, como nadie, la figura humana de Jesús ('El Evangelio según Jesucristo'), y eso le valió la enemistad de los intransigentes, incapaces de ver en su obra un derroche de Literatura y humanidad.
Tuve la suerte de coincidir con él en una celebración de la Editorial Alfaguara y debo decir que su cara, su figura, sus ademanes y el tono melancólico de sus palabras daban cuenta al instante de su enorme humanidad. Él me regaló unas palabras en portugués para mi novela 'Recuerdos de algún vivir' («salve-a, salve-a, o senhor é médico, ten que savá-la»), novela con la que quise rendir un pequeño homenaje a Miguel Torga, aquel escritor al que Saramago debe una de sus mayores influencias. Saramago me descubrió los estorninos cuando me lanzó a navegar en aquella inolvidable 'Balsa de piedra' con la que él nos manifestaba de manera rotunda el iberismo ya defendido en sus largos 'Diarios' por Miguel Torga. Él me contó, como nunca nadie lo hizo (en 'Memorial del convento', donde él quiso mostrarnos cómo la santidad perturba la naturaleza) historias para no olvidar jamás, como aquellas del cura que quería volar, del rey que se quería eternizar o de la mujer que miraba a las personas por dentro. Intentó dejarse llevar hasta el final por el niño que había sido, por eso tenía la palabra presta y la mirada limpia, y así fue tirando del ovillo de las pequeñas memorias, atendiendo a las llamadas imprecisas de la tierra y a los súbitos anuncios del futuro, hasta llegar al gran silencio primordial donde las manos se juntan con las manos y uno acaba sabiéndolo todo.
Se nos ha ido uno de los viejos sabios de la tribu, una de esas pocas voces que nos señalan, una y otra vez, la confusión entre satisfacción y necesidad, entre bienes y valores, entre armonía y entusiasmo, entre vino y gasolina, una voz sin temblores que nos apunta las sospechas respecto a las proclamas democráticas de un sistema en decadencia y nos advierte de las falsas igualdades ante la ley, de la injusta distribución mundial de los bienes, de las poderosas oligarquías que dominan los medios informativos y de la manipulación de la opinión pública. José Saramago colocó al final de su vida aquella 'Elegía por anticipación a mi muerte tranquila' del poeta Armindo Rodrigues («Ven muerte, cuando vengas. /Donde las leyes son viles, o tontas, / no eres tú quien me amedrentas. / Cambié por penas placeres. / Cambié por confianza afrentas. / Tengo siempre echadas las cuentas. / Ven, muerte, cuando quisieres»). Pero su obra (un prodigio de simplicidad) perdurará para siempre, por arte de la magia literaria, y seguiremos disfrutando de sus nombres sin nombre, de sus historias de amor sin palabras de amor, de la altura moral de sus personajes anónimos y perplejos, de su afán por entrelazar todas las culturas. Sus palabras quedarán para siempre dispuestas como piedras en medio de la corriente del río frenético de la vida para que podamos, a través de ellas, llegar a la otra orilla. Su afán de trabajar la palabra queda de manifiesto en todas sus obras, especialmente en esa obra grande (para mí la más grande de todas las suyas), 'El año de la muerte de Ricardo Reis'.
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