Tiene 94 años y «nombre de artista». Presume de eso y de ser «la mayor del pueblo», en el que nació y crió a sus dos hijos. El pueblo en el que estuvo «siempre trabayando, asistiendo en casas». El pueblo en el que vivió romerías llenas de gente, en el que vio a los mozos esperando «junto al muro» para ver pasar a las jóvenes que venían de buscar agua. El pueblo en el que enviudó, en el que ahora vive sola y en el que llora la pena de haber perdido a uno de sus tres nietos hace sólo una semana. Quizás por todo eso ya nada le extraña, ni siquiera acabar de enterarse de que el lugar en el que ha acumulado toda esa historia va a desaparecer. Porque ese sitio, ese pueblo, es El Muselín y está abocado a convertirse en un gran parque público.
«Este barrio era guapísimo, había mucha juventud, cuando éramos jóvenes...». A Estrella le apena mirar al pasado, pero ya casi ni le asusta el futuro, aunque ese futuro pase por la desaparición del barrio. «Nosotras, ¿dónde vamos a ir? Yo no quiero ir a ningún lado. Me quedo en mi casa hasta que me muera», reflexiona. A su lado, Ramona Álvarez, «entre 84 y 87 años, los que me quieras poner», insiste en esa idea. No se quiere ir del pueblo en el que ha vivido 70 años, en el que siempre cosió y bordó, en el que enviudó hace un año de un marido que «anduvo navegando toda la vida». Vive sola, acompañada por las vecinas, e informada «gracias a EL COMERCIO», que le acerca una amiga de la Campa. Poco entienden ellas el Plan General de Ordenación, ni han escuchado las palabras de Pedro Sanjurjo anunciando, el viernes, que El Muselín se convertirá, sin ninguna prisa, en una zona verde. Ni que serán los constructores quienes tengan que llegar a un acuerdo con los actuales vecinos. Pero dicen las dos que «algo nos han comentado» sobre la futura desaparición del barrio, que casi ni les extraña porque «ya hace tiempo que no dejaban construir ni ampliar las casas». Ellas disfrutan «de la buena vista, de la tranquilidad». Ramona incluso llegó a tener un piso en La Calzada, pero no quiso vivir en él. Con todas las ventajas que ellas le ven a El Muselín, lamentan «que nadie viene a vivir aquí, al contrario, marchan...».
«Nocturnidad y alevosía»
Pero eso no es del todo cierto. Juan Carlos Fernández ha sido uno de los últimos vecinos en incorporarse a la gran familia que es El Muselín, formada por 200 miembros aproximadamente y un centenar de viviendas. La de Juan Carlos está reformada completamente, «hipotecado hasta aquí» (señala la frente). Está enfadado y no lo oculta. En primer lugar, porque se ha enterado por el periódico, como todos sus vecinos, de que el PGO prevé la desaparición del lugar al que, voluntariamente, decidió ir a vivir, a pesar del polvo negro que el carbón de El Musel deja constantemente en su ventana. «No nos importa. Porque nos gusta estar aquí. Porque es tranquilo. Porque es un pueblín, porque me gusta ver entrar y salir los barcos. No quiero vivir en Gijón. Quiero vivir en El Muselín».
Juan Carlos estaba ayer por la mañana en la calle, como la mitad del vecindario. En la calle o asomados a la ventana. Con el periódico en la mano. En corros. Pasan en coche y paran. Hay que comentar la noticia. Algunos están realmente indignados. Juan Carlos habla de «disgusto», de una situación «injusta», de la «nocturnidad y alevosía con la que ha actuado el Ayuntamiento». No se cree las explicaciones del concejal de Urbanismo sobre los problemas de seguridad que ofrece el barrio. «Es una excusa. Si es insegura es por la bomba que tenemos ahí arriba», dice refiriéndose a los depósitos de la Campa. «Villaviciosa entera se ha inundado. ¿No es eso más inseguro? ¿Y no lo es el acantilado de Somió?»
El último vecino en llegar se va enfadando cada vez más al recordar que «este es uno de los barrios más antiguos de Gijón» y que el Ayuntamiento «lo tiene abandonado». Pone un ejemplo. Hay un argayo frente a su casa. «¿Por qué no han hecho un muro de contención, que es como se soluciona en todas partes?» Ahora, a Juan Carlos le surgen muchas dudas, como a tantos vecinos. «¿Nos van a dar permiso para arreglar las casas? ¿Para qué? ¿Para tirarlas luego igual?». Esas mismas dudas se las había planteado, ya temprano, a otro de sus vecinos, a Ángel Piñera, quien parece trabajar sin descanso en su prao quizás para rebajar el nivel de enfado. Ángel lleva 25 años en El Muselín, desde cuando se casó. Enviudó después, pero aquí siguió, con su hija. Tras la noticia ha echado la vista atrás, y empieza a hilar cosas que le desagradan. «Hace años, esto estaba considerado zona urbana. De repente, empezamos a pagar el IBI como zona rural. ¿Para qué? ¿Para que esto ahora valga menos? ¿Para que nos tengamos que ir por cuatro duros?».
«¿Cuándo nos echan?»
Es evidente que la noticia ha caído como una bomba en medio de la tranquilidad de El Muselín y ha ensombrecido la soleada mañana de sábado. «Esto ye de película», dice 'El Cenizu', «ese es mi nombre, como me conocen todos, porque estoy todo el día con el pito». Los 60 años que tiene los ha pasado en el pueblo, y hace 16 que regenta el bar. «Tanto dicen que miran por el pueblo y ahora esto...». Acaba de leer la noticia en EL COMERCIO, y dice una y otra vez: «Yo no veré esta desaparición». Sus vecinos, amigos y compañeros de tertulia en esta extraña mañana no pueden evitar la gran pregunta: «¿Cuándo nos echan del pueblo?». 'El Cenizu' saca fuerzas. «Están esperando que nos muramos todos. Pero de aquí no nos echan. Mucho dinero nos tienen que pagar. El que tuvo esta idea va a morirse primero que nos vayamos nosotros. Puedes poner eso». Están intranquilos, es evidente, por mucho que se les diga que no hay plazos, que la cosa va para largo. Ninguno se ve viviendo en un piso.
Lo dice Marcelino García, «fíu de Pepe el de la mula», 63 de sus 68 años en El Muselín. «No creo que dure para verlo», confiesa, aunque no puede evitar el disgusto. «Date pena», dice asomado a la misma ventana desde la que ha visto crecer El Musel. Tampoco quiere irse a otro lado Francisco Labrador, nacido en El Muselín hace 54 años. «Es desagradable», confiesa mientras lee la noticia, mientras su hijo, que comparte nombre, asiente a su lado, y mientras su mujer cuida de sus dos nietos, Yara, de 4 años, y Álvaro, de uno, que se dan un baño en la piscina que tienen en el prau. «Nací aquí, viví aquí. Me podía haber ido por ahí a cualquier lado, pero decidí quedarme». Confía, como su vecino, en no llegar a ver cómo el barrio desaparece, pero lamenta que sus hijos, que viven en Jove y Cimavilla, no vayan a poder ir en el futuro a pasar los fines de semana a El Muselín. Y el verano. Y muchas tardes. Y coincide también con alguno de sus convecinos en que «lo de la seguridad es una excusa. Se han hecho las cosas mal». Y también en el abandono. «No tenemos ni cubos de la basura. Tenemos que bajar por una pendiente de un 40%, casi a un kilómetro, para echarla. Pero pagamos los impuestos igual». Admite Francisco que hubo un derrumbe, que cayó una casa, pero «que no lo pinten tan mal. Tontos sí, pero de El Muselín». En cualquier caso, quizás sea el único alivio, sabe que «va a ir para largo».
Incluso los que ya se fueron del pueblo lamentan la noticia. Como su hijo Francisco, de 32 años. Se escapa desde Cimavilla hasta El Muselín cada vez que tiene un rato, lleva allí a su hijo y allí ve felices a sus padres. Preocupado está también Óscar García, que no es vecino del barrio, pero que pasa allí mucho tiempo visitando a sus amigos.
Si Francisco Labrador tenía el consuelo de que el desmantelamiento anunciado vaya para largo, esa es también la esperanza de Rosario Viudez. Le ocurre exactamente lo mismo que a las primeras protagonistas, Estrella y Ramona. Rosario va camino de los 90 años, «los cumplo cuando se comen las uvas». Llegó con 20 a El Muselín y «de aquí, pal cementerio». No hay ninguna otra alternativa después de «toda una vida». Habla de forma pausada desde la ventana de la planta baja de su casa, tras haber tendido la colada de cara al puerto. Como tiene tan claro que en su vida no va a haber, a estas alturas, ninguna mudanza más que la definitiva, lo que le preocupa ahora es «no tener ni una tiendina, aunque fuera para comprar el pan». Ir a La Calzada le supone un esfuerzo. Lamenta también que ya no haya niños en el pueblo. «Sólo uno, que se sienta ahí solo».
Ese niño, quizás, sí verá la desaparición del barrio, que deberá ser negociada entre constructores y vecinos. Mientras tanto, igual la mala noticia sirve para que en El Muselín vuelva a haber una asociación vecinal o algo similar. «Algo habrá que hacer, aunque al final no valga para nada y vayan a hacer lo que ellos quieran», lamentan algunos, mientras proyectan su mirada, como siempre, en su prolongación al mar: El Musel.