Se puede curar a una mujer de ser mujer? Mejor dicho, y para que ustedes lo entiendan, habida cuenta de que en algunos lugares las féminas son relegadas a la marginación y a un segundo plano por el mero hecho de serlo, ¿se puede considerar que el hecho de ser mujer es una enfermedad, una fiebre? Estas preguntas retóricas vienen a cuento porque está sobre el tapete una cuestión parecida, ¿se puede o se debe tratar de curar a un homosexual, sea éste hombre o mujer, de su homosexualidad como si ésta fuese una enfermedad similar a una gripe o a una apendicitis?
De primeras, la cosa parece tan probable como devolverle la pierna al cojo de Calanda. Pero como el hombre es el único animal que sólo usa la inteligencia cuando le han fallado los demás recursos, el homo sapiens ha perseguido al homo homosexualis desde los albores de la historia, en la misma medida en la que ha zurrado al diferente, zaherido al pelirrojo, troceado al albino, burlado al enano, asaeteado al indio, enmierdado al paria, gaseado al judío y perseguido al raro, al distinto, al cojo o al gafotas, y sobremanera a quien prefería aparearse contra natura, al maricón que se negaba a pasar por el aro y equipararse al resto en lo respectivo a la multiplicación de los miembros y miembras del grupo.
Ahora una clínica catalana, en línea con el modelo psiquiátrico del ultra Aquilino Polaino Cope, ofrece sus servicios terapéuticos a los homosexuales que opten por curarse la mariconería. ¿Nos estamos volviendo tontos? Con lo fácil que sería ahorrarse la cosa con un poco de respeto al prójimo. ¿No sería más humano, más barato, más filantrópico y más lógico abrir las puertas del armario para que salgan indemnes de ahí quienes de siempre han sido embreados, emplumados, colgados de la grúa como en al actual Irán, apedreados o castrados? Parece que esos doctores barceloneses se han contagiado de la doctrina Alfonso Ussía, el cómico ultra que desde sus columnas ¿periodísticas? se ha especializado en fustigar con maneras nazifalangistas al homo, sobre todo a mi amigo Zerolo, ese gay pregonado cuya valiente actitud pone nerviosilla a la piara de la covacha de Atapuerca.
¿Saben a quién le vendría bien sentarse en el diván del siquiatra? Exacto, han acertado, al prehomínido ese del esputo homofóbico. Aunque pensándolo bien, ¿para qué? ¿Acaso se puede curar la idiotez cultural y la crueldad atávica?