Las noticias viajan rápidamente sin importarles las distancias. Las malas, mucho más. La noticia de la fatal enfermedad de Juan Luis de la Vallina, fulminante y devastadora como un rayo, me apena y me obliga a refugiarme en la bodega de los muchos y buenos recuerdos que nos unían, para revivirlos como remedio infalible contra la tristeza que proyecta su inesperada ausencia.
Hace muy pocas semanas él me animaba y me daba su apoyo público con su firma para volver al tajo político donde hace, más o menos, treinta y cinco años nos encontramos en el inicio de las obras del largo camino de Alianza Popular de Asturias, incluida la travesía de un difícil y largo desierto, con destino en el éxito del Partido Popular.
El prestigio de su figura académica como catedrático y su liderazgo político en 1976 como presidente de la Diputación Provincial no fueron una barrera sino un aliciente para facilitar nuestro entendimiento, gracias a su bonhomía. A su lado aprendí mucho de esa asignatura que no se imparte en universidad o escuela alguna llamada política.
Desde entonces permanecimos juntos, aunque nos enfrentamos una vez en el Congreso regional del partido en Asturias, y nos mantuvimos siempre unidos por el trabajo hacia la victoria de Alianza Popular en las urnas. Entré por vez primera con él en unas listas, las del Congreso de los Diputados, en 1979. Ese año Juan Luis de la Vallina también me allanó el camino -incluido el recurso contencioso ganado al Gobierno- para que, en nombre de Alianza Popular, accediese a la Diputación Provincial. Juntos seguimos en el órgano preautonómico asturiano, y en los debates que desembocaron en la aprobación del Estatuto de Autonomía. Y juntos formamos equipo en las listas de todas las elecciones generales, y compartimos grupo parlamentario, mientras fui secretario general del Partido Popular, hasta el año 2000.
Juan Luis de la Vallina, además de sus méritos académicos, fue un protagonista destacadísimo, y una figura imprescindible para escribir las historias de la transición española, de la transición autonómica asturiana, y de Alianza Popular-Partido Popular en el Principado. Fue un personaje insustituible en el partido, al que aportó siempre las cualidades más alejadas de la vulgaridad reinante en el paisanaje de nuestra democracia. Diseñador de ideas, más que de estrategias; analista de fondo más que relator de obviedades; trabajador con perspectiva más que improvisador de circunstancias; estudioso de despacho más que opinante de tertulia; orador de hemiciclo más que de mitin; negociador de convicciones más que consensuador de banalidades; un político de bien, un hombre serio y cabal, un amigo de buen corazón.
Dicen que la imagen de los políticos está en horas bajas. La figura y la obra de Juan Luis de la Vallina podrían y deberían servir de contraste a los jóvenes que hoy se acercan a la noble tarea de ocuparse de las cosas de todos, al servicio de los ciudadanos, para aprender con el ejemplo de un político de altura. Esta noche, miles de lágrimas de San Lorenzo llorarán de nuevo en el cielo estrellado que nos cobija a todos. Muchas lo harán en homenaje a un gran asturiano y a un gran español. Descansa en paz, querido Juan Luis.