En dos apretadas jornadas, hoy y mañana, la Fundación Valdés-Salas organiza en Tineo, con la coordinación de Xuan Bello, el I Foro de Literatura y Territorio, siendo uno de los ponentes el autor de 'Bilbao-Nueva York-Bilbao', Kirmen Uribe (Ondarroa, 1970).
-¿Cuál es la relación que establece entre los dos conceptos que se debaten en este Foro?
-Mi idea es cómo puede cambiar la literatura la imagen de un territorio. O completarla. Acabo de llegar de Colombia, y allí están muy preocupados por la percepción que se tiene de ellos en el exterior. Yo pienso que no es sólo la que nos dan los telediarios acerca de las FARC o el narcotráfico, sino la que nos muestran sus grandes escritores.
-Pero, probablemente para la mayoría de los observadores comunes tendrán mayor influencia los telediarios que García Márquez...
-Sí, es posible. Sin embargo, el escritor tiene un aspecto ético que incorpora una realidad más compleja y, si se quiere, complementaria.
-La relación de la literatura con el territorio es asimismo con la lengua. Usted ha afirmado que no ve ningún conflicto entre las lenguas que se hablan en España, al contrario de quienes opinan que se están produciendo choques lingüísticos...
-Hay miedos que despiertan alarmas. Mi posición es la de tranquilizar y apelar al sentido común. Asumir las lenguas de modo natural, y mejor sumar que restar. No creo que nadie debiera ser excluyente. No me gusta el radicalismo.
-Suele apelarse a la lengua materna, a fin de optar por una variante específica para construir la obra literaria. ¿Es lo mismo cuando la lengua elegida se extrae a posteriori de estudios retrospectivos?
-Esa elección es muy personal. Las lenguas peninsulares, poco a poco, han pasado del ámbito doméstico a ser lenguas de cultura. Y tan legítimo es usar el gallego, el catalán o incluso el asturiano, como el castellano en esos territorios.
-¿Existen tangencialidades en España entre lenguas y nacionalismos?
-Yo entiendo el euskera como algo más que eso, de manera más abierta. Creo que las lenguas van mucho más allá de los nacionalismos.
-¿Que tal han traducido sus obras a la lengua española? ¿Traductor, traidor?
-Yo mismo he participado en las traducciones, y me parece que no se pierde nada del original. Es un mito la suposición de que se ha de traicionar al traducir. Además, casi todos leemos la mayor parte la literatura a través de traducciones. Los traductores hacen, en general, una labor excelente.
-La novela con la que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa parte de Bilbao con destino a Nueva York. ¿Una forma de contarnos la globalización?
-La primera frase de la novela dice que «los árboles y los peces se parecen». Y esa es una de sus vertebraciones, que a pesar de las diferencias y las distancias, las personas, los países y las lenguas, se parecen mhcho entre sí.
-Usted es un viajero constante. ¿Comparte la aseveración de que cuanto más se viaja, más universal y menos local se hace uno?
-Amo a mi país y a mi gente. Pero también he descubierto que en cualquier parte del mundo puedes encontrar a la persona más maravillosa.
-¿Y a la más terrible?
-También, también (se ríe).