Imagino que todo ciudadano guardará en su memoria algún recuerdo brumoso de pequeños episodios infantiles -más o menos inocentes, más o menos aviesos- de los que cada uno de nosotros fuimos causantes, inductores o meros espectadores pasivos. Se trata, como todos sabemos, de simples lances en que se concilian la inexperiencia, la curiosidad y la travesura. Ciñéndome al ámbito religioso, evoco ahora mis días de catecúmeno en la parroquia cabranesa de Santolaya, donde todos los niños que nos preparábamos para la Primera Comunión debíamos memorizar el Catecismo. Aquel librito de instrucción elemental que contenía la doctrina cristiana estaba escrito en forma de preguntas y respuestas. De carácter mitad religioso y mitad político, había sido publicado en tiempo de la dictadura de Franco -hoy se me antoja totalmente desvinculado de los sabrosos consejos morales del Arcipreste de Hita, y más en consonancia con los preceptos impartidos por los jesuitas del Siglo de Oro- y nos hacía temblar de miedo al advertirnos, sin miramiento alguno, de los horrorosos castigos que se podían desprender de los ígneos tridentes de Lucifer, del apetito desordenado de comer y beber o de los excesos de la fornicación. Respecto a lo último, el arte de fornicar, no está de más poner en consideración, y en su razonable equilibrio, lo que nos cuenta el Arcipreste, ilustre parrandero a quien acontecieron tan jugosas aventuras con las mujeres serranas.
Hubo de toda clase de gracias y pillerías durante mi etapa de adiestramiento para recibir la eucaristía, pero en este momento sólo recuerdo cuatro o cinco anécdotas. Una de ellas se refiere a la ocurrencia de un arrapiezo de mi generación que logró atrapar una lagartija, arrebujarla en el pañuelo de mano y, aprovechando la ocasión en que la catequista se encontraba de espalda, deslizársela suavemente bajo el cuello del vestido. Otra trastada de aquellos años desencadenó menos revuelo de gritos y faldamenta, pero fue algo más desvergonzada: uno de los rapaces, frecuentador de la sacristía -y que probablemente se comportó como el más pecador, porque se valió de su estatus de monaguillo-, introdujo en una botella de vino, destinada a la consagración, un puñado de guindilla triturada.
Cuando llegó el día de la Primera Comunión, casi todos procedimos según se nos había exhortado. Hubo un rapaz, sin embargo, que nos contó al día siguiente lo que había hecho con aquella hoja redonda y delgada de pan ácimo que, al parecer, contenía el cuerpo de Cristo. Desde luego, nada de aguardar celosamente a que la cosa redonda se disolviera sobre la lengua, sin mordisquearla ni zamparla de un bocado, sino extraerla disimuladamente de la boca y guardarla en el bolsillo del pantalón. Tal fue el método con que aquel comulgante trató de averiguar, por su cuenta y riesgo, sin que nadie presenciara la ceremonia, en qué resquicio de la cosa redonda de pan se encontraba el cuerpo divino. Tras aquella experiencia, el rapaz de marras nos confió con cierta desilusión que no había logrado vislumbrar ningún vestigio de lo que con tanto denuedo rastreaba, aunque sí tuvo la generosidad de explayarse y asegurarnos a todos que la cosa redonda sabía muy bien. También de aquellas fechas, aproximadamente, es la circunspecta recomendación de cierto párroco, quien solía repetir que no debíamos blasfemar, salvo que existieran causas muy justificadas.
Sin ánimo de regodearme en ninguna irreverencia y sí con la exclusiva pretensión de glosar unos sucedidos que más tienen de candorosa ignorancia que de apostasía, traigo a colación estas evocaciones de la infancia remota movido por la noticia que estos días propagan los medios de comunicación. El párroco de La Safor, en Valencia, celebraba hace poco la eucaristía de la Divina Aurora, con motivo de las fiestas de Rótova, cuando uno de los parroquianos que iba a tomar la comunión -un joven llamado Rubén Costa- se quitó de la boca la hostia consagrada y la arrojó al suelo, triturándola para sorpresa e indignación del sacerdote, de las autoridades municipales y de la feligresía en general. La respuesta del párroco fue fulminante. Según testimonios de los presentes, el cura asestó a Rubén un brioso mamporro, lo que el Diccionario de la Real Academia define como bofetada y que la misma obra amplía en la tercera acepción del vocablo 'hostia' como «golpe, trastazo o bofetada». Es decir, el sublevado Rubén Costa se quitó de encima la hostia que le había puesto en la boca el bueno de don Víctor Jimeno -así se llama el párroco de La Safor-, pero su arrebato le hizo receptor de otra hostia imprevista, esta vez en un carrillo y, además, de una certera patada en el núcleo del trasero, todo ello airadamente concedido por el agraviado clérigo.
Como cabía esperar, el incidente de La Safor ha desencadenado un torbellino de rumores en que se mezclaron censuras, plácemes, cáusticos afeamientos y aquiescencias maliciosas. La beatería parroquial prorrumpió en sollozos, los amigos de Rubén Costa le invitaron a unas cervezas y don Víctor Jimeno, el bondadoso párroco, se arrepintió de no haber ofrecido la otra mejilla, por lo que, durante la celebración de su siguiente misa, pidió muy sentido perdón a todo el mundo, a lo que los feligreses respondieron, según las agencias, «poniéndose de pie y aplaudiendo durante varios minutos».