Hace unos años, después de subir Cotobello durante un entrenamiento por recomendación de los amigos de la peña ciclista allerana, llamaba a los organizadores de la Vuelta a España para hablarles del puerto y de lo bonito que podría ser un final de etapa en esa subida.
Hoy es una realidad y en Asturias podemos volver a disfrutar de ese gran espectáculo que es una etapa de alta montaña. Pero, por desgracia, no he podido estar allí. Estoy corriendo en Bélgica.
En mis planes estaba haber podido participar de un día muy emotivo para mí, con salida en mi ciudad, Gijón, y llegada a una cima, la cima Chechu Rubiera, en la que estaría arropado por la gran familia que formamos los aficionados al ciclismo asturiano.
Imaginaba especialmente a los amigos de la peña allerana animándome en la orilla de la carretera, artífices de que mi nombre esté unido a esta montaña, que nadie ha descubierto, que siempre ha estado allí, y a los que agradezco tan gran honor. Testigo del tiempo seguirá donde está dentro de muchos años y espero que vea mejores épocas para el ciclismo, tiempos en los que los errores y los fantasmas del pasado sean historia y den paso a un ciclismo ejemplar y admirado. En los que sea impensable que, mientras se disputan etapas de la Vuelta a España, el campeón del mundo de fondo en carretera esté corriendo en Francia, mientras al mismo tiempo otros de los grandes compiten al más alto nivel en Canadá. ¡El mismo día...! ¿Alguien se imagina tres grandes premios de Fórmula-1 simultáneos?. Claro que no.
También imagino el gozo en la salida de mi amigo Barredo, luchador infatigable, arropado por sus vecinos gijoneses, celebrando aún la victoria de una etapa mítica de la vuelta a España en el lugar más emblemático para un asturiano: Covadonga y Los Lagos. ¡Bravo Carlinos!
Y no muy lejos de la salida, el velódromo de Las Mestas, donde hay una escuela de ciclismo en la que gente como Dani Navarro, Carlos Barredo, Luis Pasamontes y yo mismo dimos nuestras primeras pedaladas. Una escuela de la que también salieron biólogos, mecánicos, fontaneros, ingenieros. Y, sobre todo, personas. Una escuela del trabajo en equipo, del sacrificio y de la recompensa de disfrutar avanzando con el esfuerzo de cada pedalada.
De la carrera, decir que también ha sido un día con recompensa. Un día de esos que 'presta' porque se hace justicia. Recompensa para un luchador y para su equipo huérfano de líder. Mikel Nieve y Euskaltel merecían esa victoria. Igor Antón era seguramente el favorito para ganar en Cotobello y para ganar la Vuelta. Su caída y la de su compañero Egoy Martínez eran un jarro de agua más que fría para el equipo. Helada.
Mikel Nieve llevaba muchos días trabajando para su líder y seguramente en aquella caída quiso ver el fin de la Vuelta. Pero, lejos de perder la motivación y las ganas, ha seguido trabajando, ha sido valiente y ha merecido la victoria porque ha defendido la renta a pie de puerto con fuerza y sufrimiento.
Y, en la general, continua la emoción y, en contra de lo que se pensaba, Asturias no sentencia la Vuelta.
Seguramente nunca subiré Cotobello en carrera, pero tengo la suerte de vivir en Asturias, el paraíso del ciclismo. Puedo subir Cotobello, Los Lagos, La Cubilla y L'Angliru cualquier otro día. Abren todo el año. Los aficionados al ciclismo no sabemos la suerte que tenemos. Y los que no lo son, no saben lo que se pierden.