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Primeras noticias del otoño

LA SOMBRA DEL CAMINO

Primeras noticias del otoño

Nos esperan, a partir de esa fecha, 89 días y veinte horas de estudios graves, que es lo que deseaba Fray Luis en la estación que los asturianos llamamos de la seronda

19.09.10 - 02:40 -
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Hasta el 21, el día en que San Mateo cumple con su fiesta, no se puede decir que el otoño ha entrado. Nos esperan, a partir de esa fecha, 89 días y veinte horas de estudios graves, que es lo que deseaba Fray Luis en la estación que los asturianos llamamos de la seronda, y habrá tiempo sin duda para que la purpurina de nuestro pensamiento fermente tal vez en oro. San Mateo, como se sabe, suele traer las barbas mojadas y aunque este año no ha sido demasiado buena la cosecha, sino más bien tirando a mala, por lo menos por esta parte de Caces, es una delicia ver las manzanas en la pomarada, ya esperando ser recogidas, y cómo el silencio habitual tiene un nuevo compás, el de las hojas cayendo y el del aire arremolinándolas. Le llamamos los asturianos seronda, muy latinamente, y la palabra otoño la dejamos para un tipo de hierba que comienza a esponjar en los prados por estas fechas. En Llanes a la estación le llaman el Tardíu y en Cataluña, que es tierra también fértil, la tardor. Yo me recuerdo con dieciséis años leyendo a Salvador Espriu, que en el otoño encontraba un correlato exacto de su alma, y en mis primeros versos hablando de la seronda. Lo primero que tiene que hacer un aprendiz de poema es evitar las palabras poéticas. Para los aprendices de hechicero de mi generación, seronda era na palabra llena de matices tan sutiles como graves; aprendimos a evitarla, claro está, que la técnica literaria nace del trabajo obsesivo y bien hecho.Pero yo aún me acuerdo de aquellos bosques de Paniceiros que, por este tiempo, ya empezaban a perder sus hojas verdes y a adquirir,en sus ramas recién desnudas, un delicado color morado. Juan Ramón Jiménez me acompañaba en mis caminatas y, aunque yo soñaba escribir 'La estación violenta', leía con devoción 'La estación violeta'. Cuando los versos leídos coinciden con la emoción del paisaje, y todo eso es un símbolo del alma que bulle por crecer un poco más, se produce la poesía. Comprenderán que yo tenga nostalgias de ese tiempo y que me vea a mí mismo, traspasado por el tiempo, como otro que sigue aquí de alguna manera y con quien hace mucho tiempo no he hablado. El caso es que he estado paseando por los alrededores de mi casa y se me ha ocurrido un nuevo libro que titularé, si el azar o Dios me lo permite, 'Redolada'; en él quiero poner muchas cosas, en realidad todo lo que soy y fui, con un anhelo desasosegado de lo que seré. Los alrededores son importantes y uno ya ha aprendido que si se asoma al brocal de su alma intuye abismos que no se pueden medir. He caminado por mi casa, sin la intención de ir lejos, sintiendo en los pies la humedad sorprendente del otoño, a la que ya no estaba acostumbrado, y recordé que la seronda ya estaba aquí y que su cercanía era abrigo, invitación a recogerse, esperanza de la tierra que muere en resucitar algún día. Lo recordé y a la cabeza se me vino las palabras que Francisco Fernández Rei, catedrático de Filología Gallego-Portuguesa, me dijo en Compostela no hace muchos años:
-Lo que daríamos los gallegos por tener una palabra como seronda.
Ellos tienen la palabra 'outono', que es suave y bella, y parece una caja de música que un niño travieso ha descubierto en el desván de los abuelos; nosotros tenemos la palabra seronda, que parece el nombre no sé si de un continente por descubrir o el de una cocotte del tiempo de nuestros abuelos, Mademoiselle Seronda; e imagina su buhardilla en París y tras la ventana todos los matices del gris que a punto estuvieron de enloquecer a Mallarmé; tenemos también la palabra 'tardíu' deslizándose por el Oriente hacia Cataluña y, sobre todo, este paisaje que tiene mudanzas tan sutiles que podría ser, puesto en una partitura, un adaggio breve de Bach.
Tenía dieciséis años apenas y me enfrentaba al misterio del otoño. En la antigua biblioteca pública, que estaba en la Plaza de Porley, leí un poema de un oscuro poeta japonés:
-Todavía no sabía / que el otoño no se había hecho / para mi solo.
Yo, que tenía el convencimiento que ser es percibir; yo, que estaba convencido que el mundo existía en la medida que lo concebía; yo, que estaba solo acompañado de tantas sobras, traduje tembloroso aquellos versos, leídos en mi inglés del BUP, y los envíe a La Voz de Avilés. Una banda de cómplices mantenían allí una página en asturiano, 'La fueya'l Carbayu', y aceptaban colaboraciones.
La única noticia importante: llega la seronda con su carro lento y su lluvia mansa. El silencio crece alrededor de mi casa. Yo, como siempre, lo lleno de palabras. A lo mejor, pienso mirando la cansada caña de un manzano, se produce otra vez el milagro. Hoy sé que, afortunadamente, no se ha hecho el otoño para mí sólo, pero el vuelo de esa urraca que veo tras la ventana me dice que sin mí, todavía, la seronda no sería posible.
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