Cuando en 2006 el periodista Erwin Arnada decidió abrir la edición indonesia de la revista 'Playboy', sabía bien dónde se metía. El país, formalmente una democracia, es mayoritariamente musulmán y los radicales islámicos, que cada vez meten más ruido en Extremo Oriente, no parecían muy dispuestos a tolerar que los kioscos de Jakarta se llenaran de señoritas turgentes en paños menores. Así que Edwin Arnada se lanzó a la piscina, pero tomó precauciones: la revista jamás se atrevió a publicar un desnudo y las bellas modelos orientales que se asomaban a la portada iban muy recatadas, como si en lugar de exhibir alegremente sus intimidades hubieran sido vestidas por abuelitas pudorosas y un poco tiquismiquis.
Pero no fue suficiente. El Frente de Defensores del Islam, pretendido guardián de las esencias musulmanas en el país, cargó públicamente contra 'Playboy' y consideró una afrenta que un producto de ese pelaje, considerado un ariete diabólico de Occidente, se publicara en Indonesia. Aunque otras revistas que se editaban (y se siguen editando) en el país enseñaban más centímetros de muslo, el Frente luchaba contra un símbolo: quería derrotar al imperio de las conejitas.
Los islamistas vencieron. En 2007, tras un año de amenazas, atentados y sufrimientos, Erwin Arnada se cansó, decidió cerrar la planta de Jakarta y trasladó la redacción de 'Playboy' a la isla de Bali, de mayoría hindú, abierta al turismo internacional y de costumbres relajadas. Pero el Frente no cejó en su persecución y acudió a los tribunales para propinar un escarmiento al díscolo periodista, al que acusaban de «comportamiento indecente».
A la cárcel
En un principio, el pleito favoreció a Erwin Arnada. Tras la muerte del dictador Suharto, Indonesia aprobó una Ley de Prensa bastante progresista, que defiende la libertad de expresión y tolera incluso los habituales exabruptos políticos. Un tribunal de Jakarta se basó en ella para exculpar al periodista, al tiempo que puntualizaba que no había en 'Playboy' contenido alguno que pudiese ser acusado de «pornografía». La revista no sólo sacaba chicas atractivas y no demasiado desnudas, sino que también incluía artículos de opinión y reportajes.
Pero los fundamentalistas recurrieron la absolución y la Corte Suprema de Indonesia, presionada por el Frente de Defensores del Islam, revocó la sentencia y acudió al Código Penal vigente para condenar a Erwin Arnada a dos años de cárcel por «conducta indecente». Quizá para evitar el escándalo internacional, el fallo no fue hecho público y Arnada sólo supo lo que se le venía encima en agosto, cuando el Frente anunció que le «cazaría» para que cumpliera la pena.
Antes de que llegara ese momento, el pasado viernes, 8 de octubre, Arnada se entregó a la Policía en Bali. Fue inmediatamente detenido y trasladado a una cárcel de la capital, Jakarta. «Erwin ha sido tratado como un terrorista», protesta su abogado, Todung Mulya Lubis. Los letrados buscan que la Corte Suprema revise el caso, algo que también ha solicitado la Asociación de la Prensa de Indonesia. Por el momento, el presidente de la república, Susilo Bambang Yudhoyonno, no ha querido meter sus narices en el asunto. Teme irritar a la minoría radical, que ha celebrado como un triunfo la reclusión de Erwin Arnada. «Esto es una lección. La pornografía no tiene sitio en Indonesia», proclama Soleh Mahmud, uno de los líderes del Frente.
Un símbolo
El caso del 'Playboy' indonesio refleja como pocos la tensión religiosa de un país hiperpoblado, con un gran número de musulmanes (el 86%) y una creciente influencia de los partidos políticos islamistas en la vida pública. El propio Arnada hacía profesión de fe hace unos meses: «Yo mismo intento ser un buen musulmán -indicaba al diario francés 'Le Figaro'-. Fui educado en una escuela coránica, rezo todos los días, ayuno los lunes y los jueves... pero eso no tiene nada que ver con mi trabajo». Ahora, desde prisión, Arnada reclama libertad de expresión y democracia. Palabras raras para unos islamistas indonesios que no quieren conejitas correteando por su país. Aunque estén vestidas.