En 'Tierras de Castilla' (El Espectador, I) escribe Ortega que el Cantar de Mío Cid «nos lleva por el camino más corto al fondo íntimo de una realidad eterna; cuando llevamos dentro sus recios versos, aumenta nuestro peso moral». Leemos luego el escrito de Gonzalo Martínez sobre el Cid histórico y difunto. No importa. Por los campos del alma, a lomos de Babieca, cabalga el «Cid mítico»; nuestros pasos pesan igual. Paul Tillich, teólogo protestante, aplica a Cristo el método del Cid: «Jesús salva a quienes lo reciben como el Cristo» (Teol. Sist. Vol. II, p. 201). El Cantar y los Evangelios son metáforas cidianas y cristológicas -grandes relatos de kilogramos éticos y conversiones-. Aquí no llamo «post-cristianos» a quienes lo han sido y ya no lo son; tampoco a los inciensos laicos que se espesan sobre Europa hacia las narices de unos dioses ningunos, sino a los cristianos que quieren serlo, pero en plan 'post'.
'Post' es un prefijo postinero desde que Lyotard publicó 'La condición postmoderna' que sospecha de las visiones totalizadoras del mundo. El gran relato es lírico: opera, emociona, convierte; no informa; es un artilugio subjetivo que nos organiza en el corazón los fragmentos de acontecimientos desparramados por el mundo. El gran relato es como el cuerpo artificial de los saurios gigantescos, que, aparte de unas esquirlas fósiles escaseadas en los desmontes, el resto es bulto con entrañas de borra.
Los relatos evangélicos no se han librado de la sospecha postmoderna: se los exhibe como relatos descomunales. Si estos relatos carecen de referente fáctico allende de su tenor narrativo; si son «meros relatos de conversión», es decir, poesía sobre «el impacto causado por Jesús en los primeros que se sintieron atraídos por él»: testimonios de experiencias acontecidas en el interior de los narradores, contagiadas al interior de los oyentes, el Jesús muerto estaría resucitando «en los corazones», «revelándose con un vivir consistente en el amor nuestro a los demás, semejante al suyo». Lo que sigue es lógico: «El relato del sepulcro vacío no describe lo que sucedió allá dentro: es una deducción nacida de de la fe en la resurrección de Jesús que está ya consolidada en sus fieles»: el ardor de sus corazones, objetivado en el «gran relato» de la tumba vacía; si es que la hubo tal, y Jesús no «terminó, según las costumbres romanas, abandonado sobre el patíbulo a los dientes de los perros y a los picos y los buitres; sus piltrafas, arrojadas a una fosa común, donde se pudrían otros ajusticiados». Cito escritos recientes, pero su contenido es centenario. El relato de la resurrección como «relato de conversión» religiosa, subjetiva, implica que los restos «históricos» de Jesús deben de andar por algún sitio, o por ninguno, pues, en rigor, la conversión no necesita la existencia de su persona real: basta la eficacia patética del texto, objetivadora de un personaje mítico, y que aquella eficacia nos estalle en los ojos como una luz. No me falta imaginación para fabricar una leyenda teológica con un «Jesús histórico» cuyo esqueleto blanquea en un muladar, al tiempo que resucita en los corazones «como el Cristo», o la imagen ficticia de una parábola grandiosa, como la del Gran Inquisidor de Dostojewski. Satisfaría mi propensión estética y religiosa; pero mi fe erguiría dentro de mí el fantasma de una nada infinita.
De la negación de la resurrección «fáctica» de Jesús extrae San Pablo consecuencias estremecedoras: «Si Cristo no resucitó, seguimos en nuestros pecados», y, si su resurrección «no relata sino conversiones», «seríamos las personas más digna de lástima» (1 Co 16-19). Esta lástima no me asusta, porque me hallaría refugiado en la caverna (platónica) de mi propia ilusión distraído con la película de sombras o grandes relatos; me ofende la idea de que, en vez de salvarme la muerte y la resurrección fácticas de Cristo, me salve el relato de mi propia conversión: yo mismo a mí mismo. Como el Barón de Münchhausen, que se sacó de un pozo tirándose de los pelos, lo cual es la herejía cristiana máxima. Sigue viva, solapada en la doctrina de la muerte de Jesús como interpelación ética o modelo, «ejemplo eficaz y motivante». Si se quiere, el término técnico (siglo IV) «la muerte de Cristo, como causa ejemplar», recuperada en varias cristologías recientes.
No quiero plantear este asunto en toda su magnitud que es trinitaria, sino en la pequeñez de una cuestión de filosofía de la historia, en la que ésta se determina a priori. «El objeto de la fe cristiana no cabe en el ámbito del conocimiento del mundo real, perdería su verdadero significado (mundanizándose); sería una ofensa (Verstossen) a las leyes naturales» (Hartmann), y «porque el objeto de de fe cristiana, siendo objeto del mero sentimiento, carece de relación con objetos (es 'objectless consciousness') (Natorp): dos post-cristianos difuntos -uno de ellos ateo-. Pero, Ni siquiera es éste el caso. Afirmar, por ejemplo, que los relatos de la resurrección lo son de conversión, no es la cuenta de un hecho histórico, documentado, sino de una deducción. Y, en cuanto a los libros sobre Jesús histórico (en el sentido de documentable), he contado centenares de verbos puestos en modo potencial: 'sería', 'sucedería', 'cabría imaginar', etcétera, recurso novelístico, no histórico.
Hay un fundamentalismo de la letra escrita; otro de la que se debería escribir. Aceptar como meros «relatos de conversión» los testimonios evangélicos según la teoría de lo que debió de hacer Dios según una concepción apriorística de la historia, es fundamentalismo naturalista; o sea, fundamentalismo. Imponer a los textos el significado literal es el error mellizo del enseñarle a Dios el modo al que necesitó acudir para salvarnos. Sospecho que a Dios le irrita que le programen la historia de la salvación; claro que siempre cabe descreer de de su existencia y ahorrarse el problema.