Enterradlos boca abajo. Por si aún están vivos. Si se ponen a escarbar lo harán hacia el fondo». Ni el 'Andarín' ni el 'Guau' pudieron mirar a los fríos ojos verdes de su verdugo cuando este apretó el gatillo en un apartado descampado de Barcelona. Antes, ellos mismos cavaron su propia tumba a pico y pala. Luego, '¡pam!, ¡pam!'. Dos tiros en la nuca. Por 'bocas'. Corría el invierno de 1983. El asesino los tomó por soplones. Dos miembros de su banda delictiva a los que acusaba de allanar el camino de la policía. Le daba igual si se equivocaba. O si estaban vivos cuando ordenó enterrarlos. No le tembló el pulso. Es el último crimen conocido de Rafael Bueno Latorre, un maleante de Utrera (Sevilla) con una infancia forjada a filo de navaja en las calles de Santa Coloma de Gramanet y del marginal Carmel barcelonés. Un felino del delito con una pantera tatuada en la espalda. El enemigo público número uno. El delincuente más buscado de España, al que sólo la caza de 'El Solitario' logró destronar durante algún tiempo como objetivo policial prioritario. Llevan 26 años intentando echarle el guante. Esta misma semana la Policía Nacional ha vuelto a difundir de manera masiva su fotografía (hasta por Youtube, Tuenti y Twitter) junto a otros seis fugitivos tan escurridizos como sanguinarios. Incluso medios internacionales como 'La Stampa' se han hecho eco de sus imágenes e identidades. Siete maleantes perseguidos día y noche.
Los cadáveres de Eduardo Aldana 'Guau' y Andrés Sánchez 'Andarín' no son los únicos que Bueno Latorre ha dejado en la cuneta. Sólo un mes antes de ejecutar a sus colegas de 'palos', dos policías nacionales que lo custodiaban en el Hospital Provincial de Burgos cayeron acribillados a tiros. El utrerano no apretó el gatillo esta vez. Estaba encadenado a una camilla. Pero él fue el cerebro del plan: se clavó unas tijeras en un taller de costura en prisión para ser evacuado al centro sanitario, ordenó a siete de sus secuaces que se abrieran paso a tiros hasta su habitación y escapó a Barcelona. En el camino quedaron los cuerpos de los agentes Jesús Postigo y Raúl Santamaría.
Pero tampoco fueron estas sus únicas 'víctimas'. Cuatro jóvenes vidas segadas sólo por estar en el camino del desbocado Bueno Latorre. Otras tantas familias golpeadas por la temprana pérdida. El tiempo no ha cerrado las heridas. Sheila tiene hoy 30 años. A los 13 se quedó sin padre. Es hija de Andrés Sánchez, uno de los delincuentes asesinados en Barcelona. Ni olvida ni perdona. «Tengo su nombre y su foto grabados en la mente. No sé lo que haría si me encontrara con él», aseguraba hace menos de un año en un foro de internet en el que se comentaban las correrías del cuádruple homicida. En Utrera nadie conoce a su paisano. O no quieren conocerlo. Cierto es que apenas pisó su pueblo. Era un bebé cuando sus padres lo arrastraron junto a sus muchos hermanos hasta Santa Coloma. Pronto despuntó en el hampa catalana. Tirones, sirlas, atracos a plena luz del día con punzones y navajas... Aún imberbe, ni siquiera con 12 años, dio con sus huesos en el reformatorio de Wad Ras. Poca verja para tanta fiera. El niño rubio y de fríos ojos verdes no tardó en escapar. Lo haría más veces. Su vida es una constante huida.
Pistolas de jabón y tinta china
Bueno Latorre siguió en la brecha del delito. Cambió la 'faca' por la 'pipa' y los peatones por los bancos. Entre 1970 y 1983 acumuló decenas de atracos a punta de pistola y otras tantas detenciones. «Su trayectoria delictiva es de las más importantes de España. No sólo por la cantidad e importancia de delitos que se le imputan, sino por la peligrosidad del individuo», subraya un informe policial sobre él. Y un mago de las fugas. La del Wad Ras y la del hospital de Burgos no fueron las únicas. Hasta dos veces burló la vigilancia en prisiones catalanas. En 1978 los muros de la cárcel de Carabanchel tampoco lograron retenerlo. Voló, pero de nuevo poco tiempo. Meses después estaba otra vez entre rejas.
Hasta que llegó 1983. Su año sangriento. Entre octubre y noviembre cometió sus cuatro asesinatos. Y casi una decena de atracos con armas de fuego. Al final de ese mes, la Brigada de Policía Judicial de Barcelona se cruzó en su camino y en el de toda su banda. El destino de Rafael Bueno, la cárcel de máxima seguridad de Alcalá-Meco. Un fortín de hormigón teóricamente inexpugnable. Una suerte de Alcatraz en España. Pero no para el rey de las fugas.
Viernes Santo de 1984. La mayoría de reclusos ven la tele, se echan unas cartas o trajinan con el estraperlo en el comedor del presidio. Bueno Latorre no está para juegos. Dos ojos verdes vigilan fijos una galería de Alcalá-Meco. A sus espaldas maquinan sus compinches: Antonio Álvarez y Antonio Retuerto, dos fulanos con medio centenar de antecedentes en la chepa. Arrancan la taza del water de una celda. Se descuelgan hasta un sótano. Aguardan junto a las llaves de paso del agua. Entre sus ropas, una obra maestra carcelaria: dos 'pistolas' hechas con pastillas de jabón, tubos de acero y pintadas con tinta china. Casi reales. Bueno, Álvarez y Retuerto aguardan a que su plan siga adelante. Apenas se escucha su resuello. Hasta que el estruendo estalla. Otro compinche rompe un grifo en un calabozo dos pisos más arriba y desata una inundación. Tres carceleros corren raudos al sótano para cortar el agua. Corren hacia una ratonera. La visión de las 'armas' les paraliza. Son golpeados, atados y desnudados. Y los colegas de trena, con la ropa de los funcionarios, salen con paso lento por la puerta de la cocina del inexpugnable fortín. Su fuga desató la dimisión de la cúpula de Alcalá-Meco. Y Bueno Latorre se convirtió en un espectro. Lo han dado por muerto. Por refugiado en la Costa Azul. Relacionado con varios robos en el Mediterráneo español. Nada confirmado. Hoy tendría 55 años. Pero se ha esfumado.
«Jamás dejaremos de perseguirle. Aunque sus delitos ya hayan prescrito». Lo confiesa un agente del Grupo de Localización de Fugitivos de la Policía Nacional. Bueno Latorre es una obsesión para los investigadores. Un nombre tan difícil de borrar como el de Antonio Anglés (al que ni su supuesta muerte saca de la lista de más buscados), el del capo mafioso Carlos Ruiz Santamaría, 'El Negro', o el de Aribert Heim, el 'Doctor Muerte', cerebro del exterminio en Mauthausen y cuya pista también se ha seguido en España. Ellos no se olvidan del forajido de Utrera. Ni de su cabellera rubia, quizás hoy ya escasa. Aún sueñan con mirar fijamente algún día a sus fríos ojos verdes. Nunca dejarán de ser la sombra del diablo Bueno.