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El arte de hablar al corazón

ÓLIVER DÍAZ DIRECTOR DE LA OSIGI

El arte de hablar al corazón

El músico asturiano, único español que obtuvo una beca para dirección de orquesta en la Juilliard Scholl of Music, de Nueva York, se refugia en La Calzada, rodeado de teclados, partituras e iconos de los grandes artistas, entre los que también deja que vuelen a su aire dos periquitos

08.01.11 - 03:05 -
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El domicilio en el que Óliver Díaz (Oviedo, 1972) va anotando minuciosamente sus partituras con rotuladores fosforescentes y regla milimétrica (método que aprendió de uno de sus grandes maestros, Otto Werner Mueller, por entonces en la prestigiosa Juilliard School of Music, de Nueva York) es un piso de dos plantas en el barrio gijonés de La Calzada. En la primera de ellas, luce un piano de cola, Yamaha, al pie de una original fotografía del trompetista de jazz Wynton Marsalis. Esta es la primera pista para saber que sus devociones y saberes no se circunscriben exclusivamente a los clásicos. Desde el espacio aledaño, donde está la cocina, llegan los gorjeos de un par de periquitos, «que a veces dejo que vuelen por aquí a su aire», completando armonías. Subiendo una escalera, entramos en su estudio, donde los anaqueles de las librerías que rodean otro teclado se dividen entre volúmenes propios de su pasión profesional, manuales y biografías, junto a obras completas de grandes autores literarios, de Cervantes a Faulkner, de Dante a Oscar Wilde. En las paredes, retratos de Leonard Bernstein, de Verdi o de Stravinsky, del que también se recoge la tumba veneciana en la que reposa. En una de las estanterías, Puccini fumando en pipa, al lado de un metrónomo, que el tiempo musical es oro. O el busto de Beethoven. No hay dudas acerca de la atmósfera que nos envuelve. Y no falta tampoco la estampa de su mujer, la violoncelista María Rodríguez. Todo esto empezó para Óliver a una edad muy temprana, en el seno de una modesta familia. Su padre, José Luis, repartía su tiempo entre su trabajo en Ensidesa y sus aficiones melómanas, percutiendo la batería en un grupo del Valle del Caudal que subía a los escenarios con el nombre de 'Los Estelaris'. Así que a los tiernos ocho años, Óliver, que ya había comenzado los primeros estudios de piano en el Conservatorio de Oviedo, acudía a las tarimas orquestales de las bodas como un miembro más de la banda, aplicándose en las teclas. Pronto sería asimismo el arreglista de las canciones, «copiando de los boleros de Antolín de la Fuente». De modo que mucho antes de que se convirtiera en el único español becado por la Julliard School en el apartado de dirección de orquesta y ya en una de las figuras más prometedoras con la batuta en la mano, supo de otras mieles populares. Cuando uno se embelesa con la dirección orquestal de Óliver Díaz, allá en la tarima o en el foso, entregándose del mismo modo en el que manifiesta sus opiniones, poniendo el alma y una vitalidad desbordante, no piensa en su larga y joven trayectoria, sino que se contagia de su arrebato virtuoso. Pero, sin duda, el sendero ha debido ser arduo. Antes de que las notas se hagan prístinas y dueñas de las emociones, está el trabajo de cada día, la rutina del aprendizaje, la insistencia en las repeticiones. Él recuerda la importancia que tuvo en su itinerario el pianista y profesor del Conservatorio de Oviedo, Amador Fernández: «Mi talón de Aquiles era la irregularidad. O dedicaba mucho tiempo a la música, o no le dedicaba nada. Amador me puso en el camino». Al cabo, serían las 24 horas del día a disposición de una vocación irrefrenable. A los 18 años, siendo ya docente del Conservatorio de Gijón, vendió el Peugeot 205 que había comprado, pidió un crédito a sus padres y se embarcó a las Americas, a Baltimore. La matrícula de ingreso eran 30.000 euros. Ninguna broma. Y su conciencia responsable era «la de obtener una beca para el curso siguiente». El Peabody Conservatory, de la John Hopkins University, fue el encuentro con otro mundo, «que giraba alrededor de la música día y noche, aunque también había buena cerveza y comida mexicana en el Pub Jazz Club», y, sobre todo, el principio de una estrecha relación con Julian Martin, que posteriormente fructificaría en Asturias tras la fundación del New Millenium International Festival, con la colaboración incoporada de las Juventudes Musicales de Gijón, y la formación de la Orquesta Sinfónica Millenium, embrión de la Sinfónica de Gijón, que dirige actualmente Óliver Díaz. De Baltimore a Nueva York, con la lustrosa beca Bruno Walter en el bolsillo. Y entre el profesorado, Otto Werner Mueller, «que me ha enseñado muchísimas cosas, pero resultaba un tipo difícil. Era un grandísimo director, espeluznante. A los 80 años, se levantaba todos los días a las cinco de la madrugada para estudiar. Y exigía a los demás lo que se exigía a sí mismo. Solía decir que si pensábamos que era duro, la profesión lo era mucho más. No le faltaba cierta razón. Y después de esa experiencia, pocas nuevas situaciones pueden ponerte nervioso». Establece Óliver dos condiciones fundamentales para ser un buen director de orquesta. La primera, «capacidad de aglutinación o de liderazgo», que cada cual desarrolla a su manera, «con mayor distanciamiento de la orquesta o mayor cercanía». Él apuesta por la proximidad y opina que «gritar y tratar a la gente como lo hacía Mueller no consigue la mejor de las orquestas». Si acaso, aboga por «una mezcla de mano izquierda y rigor», entendiendo que «la batuta no suena, la música hemos de hacerla juntos, conmoviéndonos para poder conmover al público». La segunda condición implica el buen oído. «Indispensable», enfatiza. Y ahí siempre habremos de acudir a la duda tópica de si el buen oído es de nacimiento o si es posible perfeccionarlo. A su juicio, "más bien se nace con esa capacidad". Sin embargo, "es posible educarla". Y alude a Nadia Boulanger, compositora, directora de orquesta y profesora francesa, fallecida en 1979, quien ha obrado algunos milagros en esa especialidad. Estrena este 2011 en Rumanía, donde estará al frente de obras de Schumann -concierto para violoncelo-, Mozart -Regina Caeli- y Joseph Haydn. Abril le espera para debutar en el Teatro de la Zarzuela, alternándose con el director titular, Cristóbal Soler, en Luisa Fernanda. Y la Orquesta Sinfónica de Transilvania, al servicio de Mendelssohn.Ya en el verano, 'Pan y Toros', en el Teatro Jovellanos, con la Orquesta Sinfónica de Gijón. Un programa que no olvida su obsesión por el público joven, para el cual prepara una nueva edición del Ciclo Música Maestro. «Si se les lleva la música a edades infantiles, les será más sencillo divertirse y apasionarse con ella». En su caso, huelgan comentarios añadidos a su última respuesta. -¿Qué es la música? -Es el arte que habla directamente al corazón.
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