«Es usted un viejo luchador cansado que deja de dar batallas y le meten todos goles no por la escuadra, sino entre las piernas. Presente la dimisión: no esté por estar. No se merece esta jubilación». Cuando su más feroz contrincante en la arena política, el entonces diputado de IU Francisco Javier García Valledor, le espetó esas frases en una de sus últimas comparecencias parlamentarias, José Luis Iglesias Riopedre reaccionó como sus más estrechos colaboradores esperaban: demostrando que podía ser un viejo luchador, pero que no estaba cansado ni, mucho menos, vencido. Y pasó al ataque dialéctico. Dominico contra jesuita. Y sacó de paseo la lengua acerada que disfrutaba del duelo con la oposición.
No fue el cansancio el que le llevó a despedirse de una consejería que había manejado con pulso firme y un marcado carácter personalista desde 2003. Fueron los médicos, que llevaban meses viendo cómo la convulsa marcha del sector educativo ponía en riesgo la salud del consejero, aquejado de severos problemas cardiacos y de una diabetes que lo complicaba todo.
Y, para que no quedase sospecha alguna, aquel 4 de agosto, Riopedre compareció con el informe que acreditaba que sufría una enfermedad coronaria «severa» además de problemas diabéticos muy difíciles de controlar, que le obligan a inyectarse insulina. Tomaba diez medicamentos y tenía un marcapasos.
La consejera de Administraciones Públicas, Ana Rosa Migoya, se deshizo en elogios. Y Vicente Álvarez Areces, amigo suyo desde 1971, le dedicó un artículo en el que le despedía como a los mejores soldados: «Se va con el deber cumplido», tituló el jefe del Gobierno regional.
«Aunque sea muy doloroso para mí, me veo obligado a presentar mi dimisión». De cara a los focos, era el final de una andadura en la Administración que empezó en 1983 desde la Dirección Provincial de Educación de Asturias, tras ejercer la docencia en el Colegio Auseva, el IES Alfonso II y del Instituto Clarín, la claudicación de alguien que hubiese querido acabar la legislatura junto a Álvarez Areces.
Tocaban a retirada, a los 70, para aquel chico del barrio vigués de Casablanca que estudió con los maristas, frecuentó los locales de Acción Católica y llegó a vestir el hábito blanco de los dominicos y a vivir seis años en una residencia religiosa en Ocaña (Toledo).
Criados en las mismas calles, a aquella infancia se remonta su amistad con quien después iba a ser ministro de Educación con Adolfo Suárez, el penalista José Manuel Otero Novas, que acaba de visitar a la familia del exconsejero en Oviedo para ofrecerse a ejercer su defensa, radicalmente convencido de la inocencia de quien marchó a Madrid a estudiar Filosofía en la Complutense para completar luego sus estudios en las universidades alemanas de Münster y Bielefeld y que regresó no sólo para dar clase en institutos de Santiago y Monforte de Lemos, sino para tomar partido.
Fue entonces cuando se apartó del pensamiento cristiano para alcanzar el comunismo social en un momento en el que éste tomaba fuerza en las tertulias rojas de los cafés madrileños. Desde la clandestinidad, el exconsejero de Educación asturiano desempeñó un papel sustancial en los primeros pasos de la legalización del Partido Comunista. Enredado en la historia del PC, en su propia historia, buceando en los archivos para ponerse a escribir una suerte de memorias, se le podía ver en los últimos meses en la Biblioteca de El Fontán. Porque, explica uno de sus colaboradores más cercanos, «José Luis no era de los que podía estar sin hacer nada».
«Cuando yo llegaba a la consejería, a las ocho, él ya estaba allí. Y cuando me iba, pasadas las siete, seguía allí. Si hubiese cobrado las horas que pasó trabajando, muchos se echarían las manos a la cabeza», cuenta este trabajador, cuya sorpresa inicial por la detención de Riopedre, mientras aguardaba su consulta en La Lila, ha dejado paso a la indignación.
«Algo no encaja. Era un hombre que, si le dabas la vuelta, no caía un euro. No puede estar en el mismo saco que la choriza de la Renedo. Es bochornoso. Y la Justicia tendrá que rendir cuentas de todo esto, porque se le está haciendo un daño irreparable», defiende otro de sus más estrechos colaboradores.
Para ese entorno cercano, que sostiene que «se está apuntando a Geogal, la empresa de su hijo, porque no han encontrado nada más que pijadas burocráticas», José Luis Iglesias Riopedre «es un anciano con un estado de salud muy delicado», un viejo luchador, cansado, ante su última batalla.