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Inagotable fascinación

La ópera wagneriana 'Tristán e Isolda' cierra con brillo la temporada de Ópera de Oviedo xxx xxxxxxx xxxx

29.01.11 - 03:31 -
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¿Qué te pareció Tristán e Isolda?», le pregunto a un amigo wagneriano después de las casi cinco horas de representación. «Corta», me contesta, sin ninguna ironía mientras en su voz tararea el motivo, mil veces repetido en el tercer acto, de 'El lamento de Tristán'. En una buena representación de Tristán e Isolda, y la que cierra la temporada de ópera lo es, se suele dar una percepción muy subjetiva del transcurrir del tiempo. Cada uno de los tres actos dura una hora larga, pero el primero se hace lento e interminable, como un largo y sereno viaje por mar. El segundo acto, enmarcado por la escena del idilio de Tristán e Isolda, parece más breve y el tercero, pese a la eterna agonía y muerte de los protagonistas, se percibe como un instante vertiginoso, algo así como el tiempo irreal de los sueños. Por eso, este Tristán fue corto, y el público que llegó hasta el final -el día del estreno la mayoría- sale como encantado y repitiendo el lamento de Tristán u otro de los motivos de la ópera.
El esqueleto de Tristán, y de donde se extraen los motivos y la urdimbre musical procede fundamentalmente del famoso Preludio inicial -en buena parte de los pasajes musicales siempre hay referencias fragmentadas al preludio- y del Preludio del acto tercero, extraído a su vez del lied de Wagner 'En el invernadero'. Una de las virtudes de la versión orquestal es que esta estructura, es decir los motivos reiterativos y encadenados al desarrollo del drama, no siempre tuvieron el justo realce sino la precisa emoción sonora, instrumental o vocal.
Aunque Wagner califica a Tristán como «acción dramática», en esta ópera se da un protagonismo de la música sobre el drama que a su vez está alimentando esta música. La escena propuesta por Kirchner, con referencias a la pintura de Chirico en las figuras geométricas y las perspectivas en fuga, y a la pintura expresionista de los años de entre-guerra del siglo pasado, en esas tonalidades azuladas y tensas, refuerza esa expresividad musical, antes aludida. En ese sentido es correcta, salvo los dos actores que doblan a Tristán e Isolda, en mi opinión perfectamente prescindibles.
La dirección de Guillermo García Calvo al frente de la OSPA comenzó impecable, quizás un poco comedida en las dinámicas, para acabar siendo sublime. Variedad de tiempos, elásticos y bien contrastados, fluidez y movilidad incluso en las páginas más lentas, y un color exquisito, en el que destacamos las partes solistas del corno inglés y por extensión de las maderas, en el tercer acto.
En Tristán, la declamación de la línea melódica adquiere un rango de primera categoría vocal. Para ello se necesitan voces fuertes, bien conjuntadas y expresivas, y así es como han sido las voces de este Tristán. Robert Dean Smith se reserva, dentro de una correcta dignidad vocal general para el tercer acto, lo cual también está en su papel: vive para morir. Y su agonía y muerte es de una movilidad emocional arrebatadora. Nostálgica y luminosa.
Potente y lírica. Elisabete Matos, sencillamente apoteósica, especialmente en la larga escena del idilio pero sobre todo en el doloroso lamento de la muerte. Voz wagneriana de garra y emoción. En Felipe Bou, como rey Marke recae el monólogo más largo, trece minutos, de la obra en la que expresa, ¡y de qué manera! el dolor y la consternación por el engañó de Tristán. Impresionante Bou reforzado por el clarinete bajo en una declamación expresiva conmovedora. Petra Lang encarna a una Brangania de gran belleza vocal. Su página de gloria es cuando vela el idilio de su ama. Finalmente Gerd Grochowski, representa el papel de Kurwenal con esa mezcla de vigor y valentía, por un lado, y de fidelidad y amor a su amo, por otro. Buen actor y potente cantante, como complemento a este Tristán envolvente y fascinante.
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Robert Dean Smith y Elisabete Matos, Tristán e Isolda, en un momento de la función. :: ÓPERA DE OVIEDO



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