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'Cuando Madrid hizo pop'

Cultura

'Cuando Madrid hizo pop'

Juan Cueto vuelve a publicar un libro, veinte años después del último. 'Cuando Madrid hizo pop' es el título de la obra y también del artículo inédito que se reproduce a continuación.

12.02.11 - 03:29 -
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Lo peor de vivir en Madrid es que nunca viajas hacia Madrid, que es lo bueno. Lo que me fascina de Madrid no es la estancia, sino la llegada. Descubrir la ciudad desde la lejanía, esa emoción tan provinciana del acercamiento a la cegadora metrópoli, las mitologías del regreso, las ceremonias del reencuentro, el temblor de tomar tierra en el asfalto prometido luego de un tiempo de ausencia. Mi único argumento sensato para no vivir definitivamente en Madrid es que me encanta aterrizar en Barajas. Mi necio absentismo madrileño sólo se justifica por el gran placer de la próxima recalada. Mi contumaz condición periférica no tiene más razón de ser (de estar) que la práctica del ritual turístico del eterno retorno al centro. Es decir: al Centro. Lo que siempre abominé de Madrid son sus antiguas retóricas del costumbrismo; ese discurso tan codificado de los cristianos perroviejos de la Villa y Corte, ciertas charlas y parlas vecinales (la cheliparla, por más señas de identidad prosódica), los secretos itinerarios de los lugareños, esos pormenores callejeros, generalmente tabernarios, que se transmiten endogámicamente y te cuentan como eventos, incluso como advientos romanoides, la rumorología sexocultural y otras célebres supersticiones del célebre vivir cotidiano de sus minorías activas y noctámbulas. Me resisto a perder en Madrid la seducción de lo exótico, el punto de vista del viajero inocente y virginal, el asombro de la primera escala, la emoción del tránsito. Por eso me paso la vida despegando y aterrizando en Barajas. Es mi truco favorito para sentirme siempre forastero en la ciudad en la que trabajo desde siempre. Si he logrado no vivir en Madrid estando continuamente en Madrid no es por cabezonería provinciana, por manías relacionadas con las señas de identidad, de futbolidad y demás célebres supersticiones. Sencillamente, es mi truco para no perder jamás la mirada boquiabierta del primer día. Y también, como con todo, incluso con el maldito yo, para preservar el siempre útil distanciamiento hacia lo que tengas delante de las narices, venga de donde venga el olor y huela como huela. No soy apocalíptico frente a Madrid, a pesar de que la mayor parte de sus plumas mayores trafican casi exclusivamente con el género narrativo o poético del desastre final, sea en forma de holocausto nuclear, de parón o apagón energético, de cristo ecológico o, últimamente, de catástrofe monetaria, que el discurso apocalíptico tiene recursos para todo con tal de que la industria del pesimismo no decaiga. Pero tampoco soy un integrado ni tengo el menor interés en integrarme, ni siquiera de empadronarme. A ver si me aclaro. No discuto los enormes placeres que se derivan del vivir en Madrid en plan madrileño, incluso en plan movideño... Entre otras razones, porque esto implicaría discutir en desventaja contra toneladas de literatura de todos los géneros y estilos posibles, desde los preurbanos hasta los tardo/posmodernos. Únicamente apunto sin pizca de agresividad, más bien con timidez, la nada desdeñable posibilidad discursiva y vivencial de mi punto de vista favorito tanto en las industrias de la ficción como en el otro gran apartado libresco. Me refiero al bendito punto de vista de la extravagancia. Y no sólo pronunciado etimológicamente, como refrescante acto de vagar fuera del centro, del círculo, del meollo.
Pronunciado, sobre todo, desde su vieja acepción castellana; que extravagante era el escribano que no tenía asiento fijo en ningún pueblo, juzgado o tribunal. Es muy distinto vivir en Madrid todo el tiempo que estar llegando todo el tiempo a Madrid. Lo primero convoca la rutina, conjura la sorpresa, apaga la mirada, suspende la emoción, instaura la costumbre y, lo que es más temible, el costumbrismo. Admito que armado únicamente del punto de vista de la extravagancia corres el riesgo de pasar por paleto. Pero no es menos cierto que carecer de asiento fijo en la ciudad, en cualquier ciudad, te garantiza los cada día más difíciles y escasos placeres del asombro, de la incertidumbre, del ojo abierto y despierto, del oído avizor, la panorámica exótica y, llegado el caso, que siempre llega, de la fuga. Concretamente, en mi menor. Los que tenemos la ciudadanía de forasteros eternos en Madrid sólo levantamos acta de lo que nos sorprende. Y al contrario de lo que les ocurre a los madrileños (exagero: sólo a algunos, y casi todos funcionarios del zumbante gremio de las minorías activas), no nos sentimos abrumados ni confusos por esos universales signos de la repetición asfáltica que por lo visto suceden en el kilómetro cero de la península... Nos sentimos encantados de la vida. Pecaremos de provincianismo, de neopaletos, de desagradecidos, de lo que sea; pero es muy improbable que incurramos en chovinismo, que es la peor de las desgracias que le puede caer a un urbanita. Habitar el centro, cualquier centro, incluso el Centro Imaginario, tiene en estos tiempos descentrados sus ventajas laborales, sociales, sexuales, no me cabe la menor duda. Pero viajar sistemáticamente hacia el centro también tiene sus ventajas estéticas, escépticas, excéntricas. Se entienden mejor las cosas. Incluso las cosas que ocurren o dicen que ocurren en Madrid, y sólo en Madrid. Por ejemplo. Desde la ventanilla del DC-9, cuando te obligan a poner el respaldo del asiento en posición vertical y abrocharte la cincha, Madrid carece por completo de teorías, incluso de teorías disparatadas. Sobre todo, si es un aterrizaje nocturno. Porque, lo diré ya, el único o casi único gran inconveniente turístico que tiene esta ciudad es la cantidad de teorías más o menos descabelladas que parió y asumió en este último decenio, cuando sus artistas, cronistas, artistas y mangantes, hartos de los viejos sambenitos infamantes heredados de la cuarentena, decidieron asumir sin complejos su reprimida y por nadie discutida condición metropolitana. Fue un hallazgo no sólo tardío, o muy tardío, sino francamente inmoderado. Y es que después de haber estado toda una vida, un medio siglo, vendiendo señas de identidad procedentes de un subgénero literario y administrativo sin tratos con su verdadera envergadura urbana, demográfica, comercial y estética, como si Madrid fuera del calibre de Vetusta, Ruan, Orbajosa, Yecla o Valladolid, y secuestrada la imagen de la ciudad no sólo por los símbolos más estridentes del último fascismo europeo, símbolos arquitectónicos y también, ay, de carne y hueso, con el añadido de un costumbrismo prosador de juzgado de guardia, entre refranero, chuleta y lírico; esas mismas minorías activas colaboracionistas (tal es el adjetivo matemático que se han ganado durante la cuarentena), de repente descubren entre pasmados y aliviados la verdadera escala asfáltica de Madrid. Entonces ocurre lo que ocurre: se lanzan sin casco protector por la pendiente del gran entusiasmo reivindicativo de las señas de identidad contrarias: las metropolitanas. Justamente las que los colaboracionistas habían detestado por activa, por pasiva y por incultura. Lo que ocurrió en Madrid en estos dos últimos lustros, durante la célebre confusión ochental bajo la advocación de la Virgen de la Movida, de la misma manera que el equipo rival lo está por la Moreneta, sólo fue un cambio de escala. Pero no de escala demográfica, arquitectónica, industrial, comercial, social, cultural, racial. Sencillamente, cambio de escala narrativa. Una célebre noche de principios de la era ochental, Madrid hizo pop.
Tal y como suena: pop. Exactamente como hicieron pop, muy a principios de la no menos famosa década de los sesenta, todas y cada una de las culturas y subculturas urbanas y suburbanas del planeta Tierra de idéntica envergadura poblacional y se similares ocios y negocios asfálticos (todas menos Madrid: ésa fue la cuestión). Seamos literales: cuando a los prosadores y paseantes oficiales de Madrid, y no sólo a los del Madrid colaboracionista, todo hay que decirlo, se les puso de pronto la mirada pop, hacía exactamente un cuarto de siglo que esa misma bifurcación de la mirada había asolado las culturas, costumbres y vicios de las ciudades con atascos, semáforos, barrios insumisos, pandillas multirraciales, escaleras automáticas, neones publicitarios, comidas rápidas y estrenos mundiales. Hay muchas maneras de contarlo: el salto de la era de la producción industrial a la sociedad de consumo de masas, del humo de las chimeneas al olor a kétchup de las hamburguesas seriadas, del lirismo neocastizo al delirio tardometropolitano. Pero, ya digo, esa escala que tanto entusiasmo levantaba en aquel Madrid ochental no era un misterio a vista de DC-9, contemplada la movida de Madrid, la 'movideña', desde unos 9.000 metros de altura, que es el punto de vista más adecuado para observar tal clase de metamorfosis urbanas; no en vano fue ése el exacto punto de vista literario que adoptaron los novelistas decimonónicos, a bordo del estilo indirecto libre y otros prototipos aéreos (o divinos), para narrar el anterior salto de escala de las ciudades, aquel otro brinco de lo rural a lo provinciano. Lo que nos llamaba la atención a los que constantemente aterrizábamos en Barajas, al menos a mí me llamaba la atención, era el agudo contraste entre la escala vista desde el aire y la escala vivida a ras de los alrededores de Gran Vía. Cuando caías bruscamente del cielo a Madrid no entendías aquello tan desmoralizador de «de Madrid al cielo». Este tardío descubrimiento de lo que era tan obvio sembró la ciudad de teorías sobre la ciudad, como se sabe. Lo cual dificultó, y aún dificulta hoy, la pacífica circulación de los forasteros más o menos provincianos con ganas de disfrutar. Y de la misma manera que a los recalantes nos chocaba aquel desfasado e injusto espíritu casticista de hace unos decenios, cuando los colaboracionistas ni siquiera se imaginaban que eran colaboracionistas, incluso más que los de Vichy; un espíritu urbano que no se correspondía con la realidad cotidiana de la ciudad; de la misma manera, digo, nos llama la atención el exceso contrario: ese fervor inmoderado de algunos focos culturales madrileños por subrayar con insistencia pelmaza la muy evidente modernidad. Y ahora que ya nadie osa proclamar en público, ni mucho menos en privado, aquel entusiasmo capitalino tan encantadoramente ingenuo de que Madrid es la ciudad más moderna del mundo, o en todo caso, la de mayor marcha y creatividad de Europa, cuando empiezan a ceder con la misma virulencia que llegaron aquellos sarpullidos asfálticos de la movida inédita y de la posmodernidad apócrifa, felizmente superada la inevitable y pelmaza enfermedad del chovinismo; ahora se puede decir: sí, ocurrió 'algo' en Madrid hace aproximadamente un lustro. Pero ese algo no fue un acontecimiento urbanístico, una explosión cultural, un nuevo hito sociológico, una mutación tecnológica, una revolución artística.
Fue un asunto más complejo y sencillo a la vez. Ocurrió la acelerada metropolización de una gran ciudad que, hasta finales de de los setenta, por bochornosas sinrazones históricas que da mortal pereza volver a repetir, se había empeñado en vivir al margen de su inexorable destino urbano, demográfico, estético, industrial y muchas cosas más. Hasta entonces, Madrid era una ciudad de escala millonaria, pero todavía instalada en el casticismo orgulloso, asfixiada por las diferencias costumbristas, encerrada en las señas de identidad provincianas, que se contemplaba con narcisismo suicida en prosas y versos de dudoso gusto decimonónico, consumida por arcanos complejos de culpa políticos, administrativos y centralistas, conectada a través de la comunicación tribal y absurdamente desenganchada de los procesos cosmopolitas (uniformantes, sincronizantes, masificantes) que eran y son característicos de las sociedades urbanas surgidas de la segunda era industrial. Hay muchas maneras de contar lo que pasó en Madrid a finales de los setenta y principios de esta década. Mi primera hipótesis es sencillamente otra de tantas y de ninguna manera pretende ser exclusiva o excluyente, ni mucho menos rigurosa y científica. Sólo es otro excurso narrativo más. Hasta entonces (pongamos hasta hace un par de lustros, para evitar la dichosa década) Madrid poseía una fuerte personalidad urbana, pero carecía de una cultura metropolitana. Y a la tardía metropolización de la ciudad por vía rápida, es decir, a la tardomodernidad por la vía del salto en el vacío, se le llamó posmodernidad, movida y otros despistes. Y entiendo por cultura metropolitana lo que hay que entender: esos procesos no de estirón urbano o demográfico, sino de asunción sin complejos ni melindres de todos y cada uno de esos contradictorios rasgos que son propios de la civilización industrial, de la estética de (y del) consumo, del espíritu lúdico, de la sociedad opulenta, de las ceremonias cosmopolitas y de las universales mitologías de masas. Esos rasgos materiales e inmateriales que configuran las grandes concentraciones urbanas desde mediados de los años cincuenta en los países presididos por las leyes del libre mercado. Lo que ocurrió en Madrid, insisto, no fue provocado por la abrupta irrupción del fenómeno 'pos-', sino por la tardía implantación del fenómeno pop. Porque esa cultura y sociabilidad callejeras, especialmente nocturnas, que tantos furores, adjetivos, espejismos, esperanzas y teorías levantó (todavía levanta), no han sido otra cosa que las vindicaciones desinhibidas por parte de Madrid (de una pequeña pero bullanguera población madrileña) de su hasta entonces muy reprimido discurso metropolitano. Y en eso consistió exactamente la actitud pop a mediados de los años sesenta: en el elevar con desfachatez ese discurso a categoría filosófica, estética y moral. Y hacerlo no con alevosía cínica, como recientemente denuncia fray Lyotard al referirse a los efectos perversos del pos-, sino justamente con el mismo entusiasmo épico-vanguardista, ésa es la palabra, que en los primeros instantes del pop. Hemos llamado posmodernidad madrileña precisamente a todo lo contrario: a ese aire de fiesta permanente que se adueñó de la ciudad a principios del decenio en curso, al descubrimiento gozoso del signo universal de la igualdad metropolitana, a la seducción adolescente por las iconografías urbanas, al arte de consumir inmoderadamente y sin temor al viejo infierno ideológico (frankfortiano), a la aceptación descomplejada, desinhibida y desmadrada de las artificiales repeticiones asfálticas y artísticas, a la estética de las masas en el momento supremo de hacer masa ante el acontecimiento electrónico, a la entronización de las simbologías propias de la opulencia consumista, al espectáculo de las mitologías industriales y comerciales, a la idolatría por las tecnologías audiovisuales y a la pasión desmedida por lo seriado, lo cosmopolita, lo irónico, lo simulado y lo provocadoramente banal. Es decir, a todos y cada uno de aquellos elementos del discurso metropolitano en versión pop. Sencillamente, lo ocurrido en Madrid fue el salto sin red de la estreñida Factoría Frankfurt a la directa Factoría Warhol. No en vano los eslóganes con fortuna circulatoria tenían el nostálgico sabor de las sopas Campbell's: «La vanguardia es el mercado», «Lo pequeño es hermoso excepto si se trata de las ciudades», «Madrid me mata», «Lo importante es que funcione», «Las masas nunca se equivocan», «Repetir es crear».
Lo observó admirablemente Hans Magnus Enzesberger en su incursión etnográfica por nuestro país. Decía en su relato que los madrileños «...están orgullosos de la incomodidad de la metrópoli, de sus prisas, su ruido, su fuga de ideas. La explosión de Madrid no se les antoja nunca lo suficientemente rápida. Esperan con impaciencia el momento de sobrepasar el límite de los cinco millones. Y se sienten halagados cuando algún visitante sin escrúpulos compara Madrid con Nueva York. Les encanta el paseo de la Castellana, avenida de catorce carriles por la que sólo a un suicida se le ocurriría pasear». Y añado yo: ese mismo orgullo metropolitano se extiende a la reciente proliferación de MacDonald's, Burger King, hipermercados, grandes almacenes, VIPS, centros comerciales y demás catedrales de la religión universal del consumo de masas. La mutación madrileña de estos años, en definitiva, es el triunfo apoteósico de la repetición sobre la diferencia. Después de siglos oficiando impunemente la liturgia de la 'identidad' (castiza), han pasado los madrileños a la celebración gozosa y apresurada de las ceremonias de 'lo idéntico' (metropolitano). Lo que seduce no es lo otro, sino lo mismo. Ese algo ocurrido en Madrid al cabo del reestreno democrático es pura y simplemente el descubrimiento fascinante del mediterráneo de la segunda industrialización, cuya capital es Metrópoli, cuyo Universo es Cosmópolis, cuya religión es el Consumo, cuyo templo es el Mercado, cuyo espectáculo es la Masa, cuyo arte es la Repetición y cuyo acontecimiento es el presunto derrumbe de las grandes mayúsculas de la era de la Utopía. La célebre peculiaridad de Madrid en estos últimos años consiste en haber aceptado con desparpajo, por fin, la ya vieja condición metropolitana. O sea, haber logrado la mímesis más o menos perfecta con el resto de las concentraciones de similar envergadura urbana y demográfica. La transformación abrupta de la vieja singularidad en la pendiente uniformidad. Ocurrió, en definitiva, el típico fenómeno de crecimiento por explosión en el vacío (no exponencial): hemos llegado a lo alto de la pirámide metropolitana desde la cota cero, y casi sin pasar por las fases intermedias. Fue un salto de campeonato hacia la normalidad histórica y urbana, aunque esa normalidad tenga ya varios lustros de historia a sus espaldas. Por eso, en Madrid (y quien dice Madrid, también dice el resto) lo último cohabita incestuosamente con lo primitivo, incluso con lo castizo propiamente dicho, y la mezcla, el gatuperio, el caos, el desorden y lo contradictorio circulan a su aire por los mareantes y suicidas carriles de la Castellana, como en los años sesenta ocurría en Nueva York, Londres, Roma y Tokio. En definitiva. La tan traída y tan celebrada posmodernidad madrileña se reduce, en primera y última instancia, al último de los modernismos. Resultó ser un tardomodernismo. Mi segunda hipótesis rigurosamente provisional es la siguiente. Como la posmodernidad a la española se acuñó para nombrar apresuradamente un singular proceso de tardomodernismo, y nunca se utilizó, al menos hasta fechas bien recientes, para dar cuenta de asuntos filosóficos, estéticos, científicos o técnicos de mayor enjundia (sólo digo de mayor enjundia: no centrales), resulta que la 'fórmula pos' acabó por significar (vaya por Dios) otra utopía: 'la posmodernidad como folclore de la sociedad posindustrial'. Ahora bien, esto no es una sociedad posindustrial. Ni siquiera por el forro de las cojoneras de lino. Ese prefijo que un día lejano surgió de los laboratorios que traficaban con el desconcierto del presente (incluso con la complejidad) y que intentaba señalar gráficamente el fin del proyecto moderno, la liquidación de las evidencias mayúsculas, el derrumbe de las utopías edificadas sobre los cimientos del progreso decimonónico y la razón dieciochesca, resulta que por este Sur con tendencia a orientalizar se ha convertido en la etiqueta masificante (sobre todo, santificante) que usamos para todo lo contrario. Que usamos y abusamos para nombrar el colmo españolito de la modernez y proclamar a los cuatro vientos catódicos, apostólicos y madrileños nuestras pericias en el arte del vanguardismo de salón. Lo 'pos-' no jubila aquí el proyecto moderno, sino que, ay, lo inaugura al cabo de la cuarentena. Porque ese prefijo que irrumpió de repente en los fatigados discursos culturales de las sociedades complejas (y acomplejadas por la caída de los viejos referentes) como signo de perplejidad, o, si se quiere, como interrogación compleja, resulta que por estas bajas tierras de Europa subraya y sublima la vieja modernidad, la mitifica hasta el delirio metropolitano, la eleva a espeso imperativo categórico municipal y la hace circular por las aceras de las nuevas metrópolis como, ya digo, hace unos cuanto lustros circulaban los '-ismos'.
Los sociólogos, los estadísticos, los economistas y demás trujamanes académicos del acontecimiento callejero nos explicarán algún día qué rayos pasó. Porque una calurosa noche madrileña, de pronto, se transgredió la barrera del sonido entre la pana negra y el lino blanco, entre la severidad manchega y el diluvio de '-ismos', o si se quiere, entre los tratados de la argumentación poshegeliana y los tebeos de la fragmentación posmarxiana. Por el momento, sólo cabe decir que nuestra llamada posmodernidad no fue más que un ritual de magia simpática, muy simpática, exactamente una ceremonia de la confusión, ocurrido en las ciudades de cierta envergadura demográfica cuando, por fin, empezaron a vivirse sin complejos aquellos primeros signos y designios metropolitanos de cuando el medio siglo. Las explosiones asfálticas que no ocurrieron a su debido tiempo (en Madrid, primero; después aconteció el mimetismo) originaron esa deslumbrante y ensordecedora implosión callejera que durante mucho tiempo logró la coexistencia más o menos pacífica entre la mayor parte de las moderneces habidas desde la rebelión de las masas. O sea, desde el inicio de la gran era del consumo. A esa acumulación disparatada de los '-ismos' pendientes (muchos de ellos tan molientes) se le colocó por flojera mental el prefijo brillante y entonces arreciaron las danzas tribales, el jolgorio metropolitano, para expulsar de los asfaltos los viejos espíritus de la inferioridad cultural. Dirán los disecadores de tarima que fueron las tardías fiestas de la toma de la Bastilla democrática, o que la repentina normalización histórica originó la formidable implosión pinturera, o que era la liturgia de la recuperación del tiempo perdido. ¿Fue una edad de oro, un eclipse de luna, un espejismo en el desierto manchego, folclore de lo que todavía no existe o una racha del viento del futuro? Ya no importa demasiado. Como diría el replicante de 'Blade Runner' desde lo alto del edificio Brandbury, todos esos momentos tardomodernos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
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Juan Cueto, en el interior de su vivienda.


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