Tiene 27 años y es gaitero, lo que no tendría nada de particular si no fuera porque vive a unos 8.000 kilómetros, Océano Atlántico mediante, de cualquier punto geográfico en el que la gaita no se vea como un instrumento exótico. Arturo Miguel Pérez es el director de la Banda de Gaitas de La Habana, una curiosa formación de chavales con tres cosas en común: ninguno ha cumplido los treinta, todos adoran la música y ni uno solo es asturiano. «Yo un poquito», tercia él mismo y recuerda que su abuela es de Tineo, «aunque la que nació allá fue mi bisabuela». La buena de Filomena creció habanera aunque sintiéndose asturiana. «Ella iba siempre al centro, venía de pequeña a la escuela, y ya de grande empezó a llevarnos a nosotros. La verdad es que ella quería que yo bailara, pero con nueve años oí una gaita y hasta hoy».
Arturo tiene la titulación que da el Principado de la Escuela de Asturianía, además de la superior del Conservatorio. Es compositor, saxofonista y profesor de la Escuela Internacional de Música de La Habana.
Los sábados, toca ensayar en la terraza del Centro Asturiano. Y hoy es sábado y toda la banda está en ello. Calentando fuelles, dándole a los tambores o haciéndo sonar flautas de las que sale 'no hay carretera sin barro'. Así se juntan Zorah, Daylin, Yoe, Damian, Riduan, Javier, Pablo, Carlos, Mariana, Alain, Claudia y el benjamín del grupo, Alexis, y así comparten una mañana de música sin nostalgias, porque ninguno echa nada de menos cuando suena una gaita, porque sus gaitas son asturianas pero tan habaneras como ellos.
¿Y por qué tocan la gaita y no cualquier otro instrumento? «Pues, mira, no sé, el caso es que empecé yo y luego se fueron sumando, porque nos gusta salir a tocar por la calle y le explicamos a la gente lo que es esto y nos oyen y acá la música pues gusta mucho, y se van apuntando unos y otros y así hasta los más de veinte que somos cuando estamos todos».
Y acto seguido, cogen las gaitas y los tambores y salen a La Habana Vieja y en dos minutos la plaza en la que se han puesto a tocar es un hervidero de propios y extraños, de cubanos y turistas, que aplauden y les llenan de pesos la pandereta, que «esto es amor al arte, pero sin nos sacamos algo para instrumentos, pues mejor que mejor».