Tenían un repertorio previsto, pero directamente lo tiraron a la basura. O eso dijo Alejandro Pelayo, que confesó eso y la tranquilidad que le producía estar en un aforo lleno de «familiares de Óscar Ybarra por si hay pelea». Y es que el trompetista de Marlango es mitad norteamericano y tres cuartas partes asturiano, o, lo que es lo mismo, vecino de Gijón, una suma de factores que les hace, siempre lo destacan, sentirse como en casa. Anoche, además, el trío se acompañó de una guitarra, la de Toni Benet.
Leonor Watling y los suyos son de llamada suave, de línea melódica delicada, ajena a los estruendos publicitarios. Tal vez por eso, y porque el concierto coincidió con la inauguración del Niemeyer pocos kilómetros más allá, sólo llenaron medio aforo. Eso sí, irradiaron magnetismo entre sus fieles. Ya lo demostraron en anteriores concurrencias asturianas, ya fuera abriendo el Festival de Jazz de Gijón, en 2007, o en la temporada pasada, en el Auditorio de Oviedo. Se ve que ese modo de interpretar como al compás de las olas, con ese ritmo sinuoso de la banda, tiene predicamento entre nosotros.
En realidad, así es la música del disco 'Life in the treehouse', que ya lleva en el título la apelación doméstica, bien que sea arbórea: 'Vida en la casa del árbol'. Una música de ondulaciones leves, en las que cupo un poco de todo sobre la tarima de la Laboral, desde la calma a la alegría, diversificándose en el blues o imprimiendo un conato de ansiedad. Sin olvidar la mística y ni siquiera un vals, en el que invitaron al público a acompañarles silvando.
Música reposada, a la que agregaron temas en español, especialmente una versión de 'El sitio de mi recreo', de Antonio Vega, acometida con «respeto, humildad y cariño, ingredientes fundamentales cuando uno hace algo que no es suyo». Pero sin perder en ningún momento el pie que recorre influencias del pop sosegado, de los tirabuzones del jazz que brotan de la trompeta de Ybarra, de las aguas remansadas por las que camina el teclado de Pelayo y, por supuesto, al amparo de la voz inconfundible de Leonor, que nunca sabremos si es celestial o de un ángel caído, dulce y amarga. Es el empaste de esas tres corrientes que desembocan en el sonido característico del grupo, la playa por la que ayer transitaron una vez más, cómplices en la arena.
Hora y media de un sello musical inconfundible que recibió largos aplausos incondicionales. La casa del árbol es botánica o arquitectura de una gran belleza armónica.