«Cuando decidimos hacer el Everest sin oxígeno todo el mundo estaba en contra de ello. Decían que no era posible. Los médicos afirmaban que era una locura y que podían demostrar que no era posible». Pero el montañero italo-alemán Reinhold Messner demostró al mundo que se equivocaba. Junto con Peter Habeler se convirtió en 1978 en la primera persona que llegó al techo del mundo sin recurrir al oxígeno artificial.
Su hazaña dio la vuelta al mundo y se consideró una gran gesta, al mismo nivel que la primera ascensión al Everest (8.848 metros), realizada por Edmund Hillary y Tenzing Norgay en 1953.
Cuando Hillary holló la cumbre más alta del mundo, el gijonés Nacho Orviz aún no había nacido. Pero sí siguió con especial interés las aventuras de Messner, que se convirtió en su ídolo. Ahora, poco más de tres décadas después, el montañero asturiano tiene la oportunidad de cumplir uno de sus sueños. A partir del 4 de abril, Nacho Orviz (Gijón, 2 de diciembre de 1958) se embarca en un nuevo reto: coronar la montaña más alta del planeta emulando a dos grandes del montañismo. Junto con Edurne Pasaban, Ferrán Latorre y Asier Izaguirre, Orviz atacará la cima del mundo por la vía clásica, la de Hillary y Tenzig. Pero lo hará sin recurrir al oxígeno artificial, por sus propios medios.
«Yo ya me dedicaba a la escalada en roca, en los Picos de Europa, a la escalada deportiva, cuando nació mi afición por las grandes montañas, que fue cuando era un chavalete y leía los libros de Reinhold Messner y su primera ascensión sin oxígeno», confiesa Nacho, para quien las experiencias del italiano supusieron un antes y un después. «Me quedó marcado. Es una de esas cosas que lees y te dices que si algún día pudieras hacer eso sería el hombre más feliz del mundo», asegura con una sonrisa el bombero gijonés.
«Ese es mi gran sueño. Subir al Everest sin oxígeno sería la culminación de un sueño y revivir aquella etapa de juventud, en la que te emocionas viendo a alguien que para ti es un ídolo, como era Messner para mí», explica sin olvidar aquellos días en los que se tumbaba a leer sobre su cama y la lectura obraba la magia de trasladarle hasta el Himalaya: «Era como si me trasladara allí». «Vivirlo ahora en directo es lo que tiene para mí de especial ir al Everest, hacer realidad aquel sueño de juventud», sentencia.
Su sueño empezará a cumplirse cuando el 4 de abril embarque en Madrid junto con el resto del equipo hacia Nepal. Una vez en Katmandú, la idea es llegar al campo en unos quince días. Ahí comenzará la fase más dura de la expedición.
Primero, tocará aclimatarse. La vía de Hillary y Tenzing no es excesivamente complicada, pero los riesgos cuando se trata de llegar a lo más alto de la Tierra son otros.
Fuertes rachas de viento
Las bajas temperaturas y fuertes rachas de viento -pueden alcanzar los 135 kilómetros por hora- se convierten en un enemigo que puede llegar a ser mortal en las zonas más altas. Máxime cuando se acomete esta empresa sin recurrir al oxígeno artificial y plantear al Everest una batalla de igual a igual, sin artificios.
«En nuestro caso nos afectará todavía más el frío por no llevar oxígenos. El cuerpo, al no recibir el aporte necesario de oxígeno, se te queda en condiciones más precarias que una persona que va con botella. El frío te ataca mucho más y hay que tener mucho cuidado», reconoce. De hecho, todo el equipo llevará una ropa «más específica y apropiada» que la que usa habitualmente.
Desde que el 8 de mayo de 1978 Messner le ganara la partida al Everest, pocos han conseguido seguir sus pasos. Poco más de un centenar de montañeros han llegado a la cumbre sin recurrir al oxígeno artificial, entre ellos, el ovetense Jorge Egocheaga. Edurne Pasaban, que guarda en su mochila el honor de haber culminado los catorce 'ochomiles' que jalonan el Himalaya, tiene la espinita clavada. Ascendió al Everest en el año 2001. Con oxígeno. Ahora quiere hacerlo sin esa ayuda extra.
Y para acometer la ascensión cuenta de nuevo con Orviz, Latorre e Izaguirre, quienes ya compartieron aventuras con la montañera tolosarra en su pelea por convertirse en la primer mujer que coronó los catorce cumbre más altas del planeta.
La ruta a seguir por este grupo -que estará acompañado por un médico de Sanitas y tres personas de una productora de televisión- seguirá los pasos de Hillary y Tenzing, por el collado Sur. Ninguno de los dos llegaría a sospechar en qué se ha convertido la vía que tanto esfuerzo les costó abrir. Actualmente, el Everest es un negocio para muchos. Y decenas de expediciones comerciales inundan la mítica montaña. El grupo de Orviz y Pasaban llegará en primavera, la temporada alta para el turismo de escalada. Y esta situación puede convertirse en un elemento de riesgo más para unos alpinistas que al subir sin oxígeno artificial no deben perder ni un minuto. «Cuando se abra una ventana de buen tiempo, puede haber aglomeraciones de gente. Se pueden llegar a juntar casi cien personas, entre las que suben y bajan. Se llegan a generar atascos», comenta Nacho Orviz. En el año del quincuagésimo aniversario de la cumbre de Hillary y Tenzing había colas de hasta 56 minutos para subir.
Ahora, la situación no es tan extrema, pero encontrarse con expediciones no profesionales puede provocar riesgos. «Esas expediciones llevan un ritmo diferente al nuestro. Y es gente no tan avezada ni experimentada en montaña, con lo que emplean mucho tiempo cuando están muy arriba, ya que van con sherpas que les asegura en subida y bajada. Esto ralentiza los pasos por determinadas zonas y puede que tengamos que pararnos media o una hora a que haya un grupo que nos permita adelantarle o rodearlo», expone Orviz, quien adelanta que su intención es «evitar» a esas expediciones comerciales para lo cual «saldremos más temprano».
Por el valle del Silencio
Una vez en el campamento base, comenzarán a preparar los distintos campos que instalarán en el camino a la cima del mundo. Primero se toparán con la 'cascada de hielo' para después entrar al valle del Silencio, que se estrella contra la pared del Lotse, una gran pendiente de hielo y nieve con paredes de entre 45 y 50 grados. Desde este punto se accede al collado Sur, desde donde plantearán el último ataque a la cumbre.
Estarán en ese momento a 8.000 metros de altura y sólo pasarán unas pocas horas allí, en el comienzo de la denominada 'zona de la muerte', donde el frío es extremo y la presión atmosférica es alrededor de un tercio de la presión a nivel del mar. La cantidad de oxígeno respirable, por tanto, es también un tercio de lo habitual. Será a mediados de mayo -calcula Nacho- y quedarán 848 metros para culminar el reto, para Pasaban, y el sueño, para Orviz. Para recorrer esa distancia emplearán «unas once o doce horas». Entonces, tras superar el 'escalón de Hillary', la recompensa a tanto esfuerzo aparecerá ante sus ojos. El Everest se rendirá a sus pies.