Pasan unos pocos minutos de las once de la mañana. El satélite NOAA 17 pasa a 817 kilómetros de altura sobre la vertical de la península de Kamchatka, en Rusia. Pero para los treinta niños de 8 a 10 años que siguen su órbita desde las instalaciones de la Fundación CTIC, dentro del programa educativo 'Profundiza' en el que participan colegios de toda Asturias, de momento tan sólo es un punto verde que avanza sobre un gran mapa de la tierra proyectado sobre la pared. En su viaje a 28.000 kilómetros por hora, quedan aún unos quince minutos para que sobrevuele las proximidades de la costa gallega, zona donde podrá ser detectado desde Gijón. Y ese era precisamente el objetivo, que los niños pudiera escuchar en directo la señal de radio que emite de forma constante este satélite y que permite, entre otras cosas, conocer la situación meteorológica en cada punto de la Tierra en tiempo real.
Mientras transcurre la espera, Marcos Álvarez les explica los principales conceptos sobre qué son y cómo funcionan los satélites. Cuenta, por ejemplo, cómo a la par que avanza va haciendo barridos, «parecido a cuando en el supermercado se leen los códigos de barras». También les describe los instrumentos del NOAA 17 como «un ojo electrónico que sigue la luz del Sol que sale reflejada de la Tierra», y más en concreto el espectro infrarrojo térmico. «¿Los infrarrojos es eso que te pones unas gafas y ves a una persona que tiene calor?», le aborda uno de los curiosos alumnos. Sería una de tantas dudas resueltas durante el taller.
En torno a las once y media, ya con el satélite en una posición próxima, dos voluntarios, Daniel Martín y Paula González, adoptaron los roles de responsable de órbitas e ingeniero de comunicaciones, respectivamente. El primero se encargaría de informar a la distancia y la altura a la que se encontraba el NOAA 17 de Gijón y la segunda de controlar las señales que enviaba. Cuando estaba a algo más de 1.500 kilómetros empezaron a escucharse sus primeros pitidos. «¿Veis que son como golpes de reloj?». El ritmo del pitido iba variando, consecuencia de los ajustes que se realizaban desde las estaciones de control de Tierra, intentando sincronizar un satélite que da errores desde hace meses. Aún así, la magia se producía ante los ojos de los niños. A partir de sus lecturas, el satélite enviaba ondas de radio que se convertían en datos y posteriormente se traducían en imágenes.
Los niños pudieron ver cómo los pitidos que escuchaban se traducían en un mapa térmico que, previamente tratado, les permitió contemplar en tres dimensiones las nubes detectadas por el NOAA 17. Después el satélite continuó su viaje alrededor del mundo.