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Cultura

Como Shakespeare

Antonio Gómez Rufo no le tiene miedo a la palabra best-seller, porque sabe que Marguerite Yourcenar, Dumas, Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Umberto Eco, Alessandro Baricco o Patricia Highsmith no se lo tienen.

09.04.11 - 03:09 -
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Su última novela, 'La abadía de los crímenes', maneja las premisas de una imprevisible curva que no terminamos de dar para ya embocar la siguiente, si bien es un artefacto entendido no como un esqueleto facilón, de carcasa hueca, es decir, afirmativa, sino como un ingenio interrogativo. Nada de fórmulas de éxito asegurado, con personajes estereotipados, buenos y malos, de giros insólitos, revelaciones místicas, potajes de lenguaje masticado y 'happy end', sino que alterna toda la artesanía con la emoción, con llegar a la profundidad a través de la seducción, con motivar, informar, visualizar, fascinar... crear deseo. La obra, ambientada en un convento catalán en 1229, comienza con la urgencia de su abadesa, Doña Inés, porque el rey Jaime I -forjador de la gloria de la corona de Aragón- se presente en ella para aclarar una serie de crímenes que se están sucediendo entre las monjas feligresas. El ineluctable contrapunto watsoniano lo provee Constanza, que a lo largo de cuatro días, guiados por la pluma experta de Gómez Rufo, mezclará el humor, el devenir histórico, el suspense, el desparpajo, la crueldad y la ironía -que no cinismo-, para engancharnos -ese término tan odiado por los puristas- a la frescura, la agudeza y el buen hacer.
Destacables los duelos verbales entre el rey y Constanza, largos y densos como un spaghetti western de la inteligencia, el limpio perfilado de la virulencia histórica, y las jugosas segundas y terceras lecturas políticas de los nacionalismos sin cabeza. Al final, como decía Hitchcock, el telón de fondo sólo es una excusa para contarnos otra cosa, para hablar de la condición humana, por eso el premio final no es descubrir a ese asesino que mata a las monjas feas y viola a las bellas, sino saber un poco más sobre nosotros mismos. Les recomiendo introducirse en ese convento de San Benito y respetar maitines y vísperas, laúdes y completas, y dejarse arrastrar por las tramas y subtramas, bajar hasta las catacumbas del convento, subir a lo alto de su torreón o descubrir el scriptorium secreto donde se traducen los libros prohibidos. Aprenderá y disfrutará, porque 'La abadía de los crímenes' está dibujada como Shakespeare producía sus obras: para el público.
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