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Barbarie sobre barbarie

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Barbarie sobre barbarie

Bien administradas, la confusión y la ambigüedad pueden resultar tan eficaces como la precisión y la transparencia

10.05.11 - 03:14 -
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A primera vista, sorprende que una operación como la culminada con el asesinato de Bin Laden esté siendo narrada de forma tan balbuciente, improvisada y contradictoria. Las versiones oficiales se suceden unas a otras, se desmienten, se invalidan. Cada portavoz refiere un dato que modifica el relato del portavoz anterior, en una desconcertante polifonía de gallinero. ¿Bin Laden llevaba pistola o estaba desarmado? ¿Se resistió o solo es que no hizo ademán de rendirse? ¿Estaba previsto apresarlo o, como finalmente ocurrió, matarlo directamente? ¿Las autoridades paquistaníes estaban o no al corriente de la operación? ¿Qué ocurrió con la mujer de Bin Laden? Pero en la mente del planificador estas cuestiones comunicativas no son accesorias ni se dejan al albur del momento, y menos aún tratándose de una operación con indudables componentes propagandísticos. Cuando una poderosa maquinaria de guerra como la estadounidense organiza una acción de tanta resonancia, una de las cosas en que pone más esmero es en la forma de mostrarla luego a la opinión pública.
No es torpeza informativa. Bien administradas, la confusión y la ambigüedad pueden resultar tan eficaces como la precisión y la transparencia. A mayor abundancia de versiones, menor riesgo de crítica porque las opiniones adversas quedan atomizadas en infinidad de pequeñas discrepancias particulares. También en el arte de la comunicación opera el principio de «divide y vencerás». Es preferible tener a un sector de la opinión entretenido en la disputa sobre la legítima defensa mientras otros debaten acerca de los ritos funerarios de inmersión acuática o la oportunidad de publicar las fotos del cadáver, antes que afrontar la cuestión medular.
Y esa cuestión es simple: ¿por qué matar en lugar de capturar? Dado el desolador asentimiento que el asesinato de Bin Laden ha desencadenado no solo entre los eufóricos estadounidenses, la pregunta no parece destinada a perdurar demasiado tiempo. Y sin embargo son muchas las razones para lamentar que no se haya atrapado a Bin Laden para sentarlo en el banquillo de los acusados. Habría sido aleccionador un juicio donde el fanatismo ideológico quedara expuesto al escrutinio de la ley, donde el crimen terrorista se viera las caras con los derechos humanos y donde la barbarie encarnada por Bin Laden se mirara en el espejo de la civilización en la que se supone que estamos instalados. Nosotros habríamos podido disfrutar de una ceremonia donde reafirmarnos en nuestra visión del mundo y los bárbaros habrían visto tal vez con admiración o incluso con sana envidia la fuerza de la razón y la justicia. Entonces sí podría decirse que el mundo era un poco mejor.
Hemos perdido una magnífica oportunidad para demostrar la superioridad moral de Occidente. Nunca sabremos por qué se nos ha privado de esta satisfacción.
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