Es el fundador de Ashoka, una organización que pone focos y dineros si hace falta sobre cruzadas con significación y objeto social y se define como la mayor red de emprendedores sociales del mundo. Se llama Bill Drayton y responde a las señas de filántropo norteamericano y a las de revolucionario. Ahora también es Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional «por su papel fundamental en el desarrollo del emprendedor como motor para la transformación social y económica de los países». Ayer recibía «feliz» los laureles que le serán impuestos en otoño, justo 30 años después de que, tomando el nombre del líder que unificó a la India en el siglo III A.C. (Ashoka) y tratando de imitar su creatividad, tolerancia y visión global, emprendiera la aventura de su vida. Tras una exitosa carrera profesional asesorando empresas y una brillante carrera social promoviendo los derechos civiles en su país, Drayton tuvo la visionaria ocurrencia de fusionar la obligación y la devoción. En España su organización sostiene a una red de 21 emprendedores con ideas de negocio que potencian la protección del medio ambiente, la cultura, la reinsercción y la ayuda a las personas dependientes. En el mundo son 3.000 los empresarios asociados, que suman 70 naciones.
-¿Que significa para usted este galardón asturiano?
-Estoy profundamente conmovido, más de lo que puedo expresar, con la decisión del jurado del Premio Príncipe. Sé que en realidad es un reconocimiento a los extraordinarios emprendedores sociales de España y de todo el mundo, muchos de los cuales son amigos y colegas míos. España, una vez más, abre una nueva oportunidad maravillosa.
-El mundo se ha acelerado tanto ¿que lo que valía para cambiarlo todo hace 20 o 30 años ya no vale?
-Hoy las cosas cambian exponencialmente y cada uno de nosotros tiene que desarrollar habilidades para vivir en un mundo muy distinto, menos estable. Hay que aprender a comunicarse, a manejar las diferencias, a adaptarse. Es posible utilizar ese constante aprendizaje para marcar la diferencia. La clave del éxito de un país es cuántos emprendedores sociales tiene, y cuántos están trabajando juntos.
-Usted también atribuye los cíclicos desastres económicos a la incapacidad de los gobiernos para que los cambios no les sobrepasen.
-Se requiere una flexibilidad constante que ningún gobierno en estos momentos tiene. Cada país debe ser capaz de hacer en cualquier momento la transformación que por ejemplo en Estados Unidos pasó de crear riqueza en Detroit a crearla en Silicon Valley. Pero los gobiernos siempre miran más hacia el pasado que hacia el futuro. A la vez el gobierno es el único que cuando funciona bien nos representa a todos. El gobierno puede y debe proveer el marco de actuación para la gente que va a hacer los cambios. No creo que el gobierno esté muriendo como concepto.
-¿Conoce el caso de los indignados españoles? ¿Usted qué les recomendaría?
-Que tomen la iniciativa y la responsabilidad. Cualquiera puede ser un creador de cambios, cualquiera puede tener un impacto si ve un problema, tiene una buena idea y es capaz de hacer equipo, de poner gente a cooperar alrededor de esa idea, de saber escuchar y tener empatía.
-El truco es que la cooperación puede ser tan creativa como la competitividad, y desde luego más que la crítica pasiva.
-Podemos ver eso cada día en las escuelas, en las comunidades de vecinos, en las comunidades religiosas. Todos podemos hacerlo, hasta los más jóvenes, hasta un chico de 14 años. Yo le garantizo que en una sociedad con muchos creadores de cambios no habría un cuarenta por ciento de paro. Eso sólo ocurre cuando se sigue haciendo lo de siempre, cuando no se actualizan las visiones ni las habilidades. Esa es la verdadera revolución.
-¿Cuál es su pacto con la sociedad?
-Creo que cuanto más rápido cambia el mundo, más importante es que hagamos algo más que dar peces o enseñar a la gente a pescar. Debemos cambiar constantemente la industria pesquera. Y eso requiere de emprendedores. Hombres y mujeres cuyas vidas, y por lo tanto sus trabajos, son para el bien de todos. Los necesitamos de manera individual e, incluso, más como una gran comunidad que trabaja unida.