El matrimonio formado por Francisco Soberón Gómez y Teresa Pidal Moradiellos vive desde hace diez años en compañía de sus hijas Elena y Ana, de 18 y 14 años, respectivamente, en una vivienda unifamiliar situada en la localidad cabraliega de Arangas. Y desde hace nueve años, «cuando llega el verano y el reloj marca las diez de la noche, no podemos salir de casa», explican.
¿Qué les obliga a permanecer enclaustrados en la vivienda? «Un ejercito formado por miles de murciélagos» que tienen su morada bajo el tejado del domicilio. Al verse invadidos por esta plaga del único mamífero capaz de volar, avisaron a la Consejería de Medio Ambiente. Los técnicos se desplazaron hasta su casa y les comentaron que se trataba de «una especie protegida». En consecuencia, les regalaron «un aparato que emite ondas para ahuyentarlos pero no sirvió de nada», comenta Teresa, a quien esta actitud le «suena a chino porque nosotros somos mucho más importantes que los murciélagos, aunque a ellos no debe importarles mucho».
Seguidamente les recomendaron que «selláramos el tejado con espuma y cemento». La obra costó «más de 2.000 euros» y a los pocos meses los murciélagos habían destruido «la espuma, el cemento y ya comienzan a atacar las chapas aislantes». Ahora les sugieren que «volvamos a sellar el tejado».
El matrimonio matiza que «antes eran centenares pero ahora son miles» los murciélagos que «vuelan continuamente alrededor de la casa y chillan como los ratones». Aseguran que «no podemos vivir en este plan. Tenemos cerradas todas las puertas y ventanas y al llegar la noche chocan contra los cristales y producen un sonido similar al de una perdigonada». Mientras, continúan a la espera de soluciones definitivas.
Los murciélagos, iconos del cine de terror y habitantes siniestros de la noche, tienen su morada «permanente» bajo las tejas de la vivienda de Francisco y Teresa. Durante el invierno su actividad exterior es «escasa» pero cuando llega el verano se convierte en «frenética». Ni siquiera pueden hacer uso de los tendales porque «nos ponen perdida la ropa con sus cacas». Las hijas del matrimonio comentan que «son asquerosos, se meten en casa al menor descuido, los sentimos escarbar por el tejado y lo que queremos es que nos los lleven de aquí». Y la madre se expresa en términos parecidos: «Yo no puedo levantar el tejado todos los años. Que vengan y se lleven los murciélagos a un zoológico para su mejor protección».