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El álbum de una Asturias en blanco y negro

Cultura

El álbum de una Asturias en blanco y negro

02.07.11 - 02:38 -
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Cada uno conserva su álbum familiar en casa. El de todos, el de un pasado reciente retratado en blanco y negro, se guarda en Gijón, en la fototeca del Museo del Pueblo de Asturias. Más de un millón de imágenes en placas de cristal, negativos, copias en papel, diapositivas, ferrotipos, daguerrotipos, fotografía esteoscópica se catalogan, se digitalizan, se custodian, se explican y, cuando es posible, se difunden, se muestran públicamente a través de exposiciones y libros. Ese álbum fotográfico colectivo empezó a gestarse allá por 1850, cuando aquel fascinante y cautivador invento presentado en París en 1939 llegó al Principado. Los fotógrafos comenzaron a disparar sin darle importancia a un legado que hoy conforma un fondo documental cardinal para entender el pasado y al que nadie le dio demasiada importancia en Asturias a lo largo y ancho de siglo y medio. No fue algo exclusivo del Principado ese abandono de los archivos fotográficos. Fue una dinámica muy española, pero nada europea, hasta que a finales de los ochenta se le empezó a dar a las instantánteas el relumbrón que merecían. Y esa búsqueda por recuperar imágenes que son Historia e historias se unió Juaco López, en 1992, cuando llegó al Museo del Pueblo de Asturias. En ese momento empezó a gestarse la que es la fototeca de Asturias, porque es la única que existe y porque a ella llegan cada año nuevos fondos procedentes de donaciones, compras o depósitos. Puede que un tal Modesto Montoto y una revista de asturianos en Cuba tuviera mucho que ver para que ese álbum colectivo sea cada vez más grande y esté perfectamente custodiado. La primera exposición que se hizo en 1992 sobre fotografía antigua fue sobre este fotógrafo. «Un primo de mi abuela era corresponsal de la revista &lsquoAsturias de La Habana&rsquo, que se editó entre 1914 y 1921, y yo tengo la colección de esa revista completa. Aparecen unas fotografías de Asturias preciosas, la mayoría firmadas por Modesto Montoto», recuerda López. Durante años preguntó a todos los Montoto que encontró en su camino hasta que dio con una de sus nietas. Montoto había muerto en 1950 y el contacto con la familia propició que su archivo se instalara en Gijón. «Es un archivo muy importante, en esa época en Asturias los fotógrafos profesionales hacían retratos, todo muy convencional, pero como él trabajaba para esa revista de La Habana, los emigrantes demandaban imágenes muy costumbristas, de pueblos, de fiestas, de escenas rurales, de villas, de ciudades...». Recuperar ese archivo es recuperar visualmente cómo eran esos pueblos, esas fiestas, esas villas y esas ciudades. «Tengo muy claro que el museo tiene como objetivo conservar y difundir la memoria del pueblo asturiano, y uno de los soportes fundamentales es la fotografía». Ese fue el principio. Ahora la fototeca encarpeta una treintena de archivos de fotógrafos tanto profesionales como aficionados. «Así empezamos a formar la fototeca, a buscar fotografías de ámbitos muy diferentes. Tenía un objetivo muy claro que era buscar archivos de negativos de fotógrafos», indica el director. Aclara que se puede hacer una colección interesante a través de fotografías adquiridas de forma individual, pero con los archivos, la visión es más amplia, más profunda. Y además se rescatan negativos, que son la parte más sensible, lo que siempre acaba en el cubo de la basura después de pasar años en un desván. De esta forma, se llega a muchas partes. A la cuenca del Nalón que retrató en los cuarenta Valentín Vega, del que se conservan 70.000 negativos; a la Luarca que inmortalizó en placas de cristal primero y negativo después la familia Gómez (tres generaciones de fotógrafos), cuyo patriarca, Enrique, se instaló en la villa en 1903; al frente y la retaguardia en el que plantó su cámara en plena guerra civil Constantino Suárez... El listado es enorme. Y su valor testimonial no tiene precio. Un ejemplo: Miguel Rojo Borbolla, un aficionado que se dedicó a hacer fotografías de todos los vecinos de su pueblo, Puertas de Cabrales, delante de sus casas y en las faenas propias de cada uno. Ocurrió entre 1910 y 1920. Lo dicho: no tiene precio. Lo mismo sucede con el archivo de José Ramón Lueje, el gran difusor de la montaña asturiana, un montañero que no solo enfocó hacia el paisaje, sino que también retrató el paisanaje. Pastores, vaqueiros, brañeros forman parte de su legado fotográfico. «El campesinado en general es invisible, nadie lo fotografía», explica Juaco López para insistir en el valor de estas instantáneas como evidencia de una época. Y las de Alfredo Truán, un fotógrafo aficionado gijonés de finales del siglo XIX y principios del XX, Fritz Krüger, Eladio Begega... La última incorporación, el archivo de Gonzalo Vega, un profesional de Gijón que se dedicaba a la fotografía social (bodas, inauguraciones, entregas de premios, fotografía escolar...) entre los cuarenta y los ochenta. Es curioso que no hay casi nombres femeninos entre todos los dichos. Pero sí hay en la fototeca gijonesa algunas imágenes de Benjamina Miyar, una fotógrafa que ejerció allá por los años veinte en Corao. Casi todas sus fotos acabaron desaparecidas, pero en su antigua casa se hallaron algunos negativos que han permitido hacer copias en papel. Además de esos archivos, hay otras imágenes que se han ido adquiriendo o recibiendo de donaciones. No es extraño que un particular se presente en el museo con las fotos de la abuela. Es más, cada día es más común. A medida que se han ido haciendo exposicionesy publicando libros (el proceso habitual es obtener un archivo, catalogarlo, documentarlo, exponerlo y publicarlo y puede llegar a prolongarse hasta dos años), su trabajo es más conocido y eso hace que se incremente la llegada de fondos. A través de esas tareas de difusión, la gente es consciente del valor real que tienen esas viejas fotos olvidadas en un cajón. «El patrimonio hay que crearlo, el aprendizaje es fundamental», dice López mientras muestra unas copias recién archivadas y que se guardan ya entre papel de Ph neutro para garantizar su perfecta conservación. También existe una colección importante de tarjetas postales y los retratos de importantes personajes de Asturias que conforman su propia iconoteca con las caras de Melquiades Álvarez, Palacio Valdés, Fermín Canella o Alejandro Casona, entre otros. Todo ello dentro de un museo etnográfico en el que hasta hace poco solo una persona se encargaba de la fototeca. Ahora son dos, pero explica su director que no vendría mal alguna más. «De momento el espacio es suficiente, el problema es de personal porque tenemos que catalogar miles de fotos». También se digitalizan. Y en eso trabajan dos personas de la escuela taller. Así se gestiona un álbum que es en blanco y negro al 99% pero que aporta luz y mucho color sobre un pasado que arrancó allá por mediados del siglo XIX cuando alguien disparó por primera vez su cámara en Asturias.
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