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«Me dio mucha pena irme de El Águila»

EL RINCÓN DE...CONCHITA PAREDES

«Me dio mucha pena irme de El Águila»

14.08.11 - 02:38 -
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Conchita Paredes, la directora del Archivo Histórico de Asturias, vuelve a la calle El Águila donde dejó de ir cada día en marzo de 2010, cuando se trasladó a la antigua cárcel. Salió de los bajos del monasterio de San Pelayo porque la falta de espacio impedía, por ejemplo, organizar actividades culturales. En las nuevas dependencias puede promover casi lo que quiera: sitio tiene de sobra.
Pero, puede decirse, que echa de menos El Águila. Más bien, lo que aquello suponía. Allí fue donde trabajó por primera vez, «nada más dejar la facultad», y todavía lo recuerda: «Llegué a las ocho de la mañana y las piernas me temblaban». Allí encontró a Blanca Álvarez Piñedo, su «maestra» y trabajaron juntas hasta 1990. Después fue responsable del archivo de general del Principado. En 2000, la entonces directora del Archivo se jubiló y Conchita Paredes ocupó su puesto. «Nunca pensé que podría volver, y menos como directora», reconoce tomando un café sentada en una pequeña terraza frente a la puerta por donde ahora se accede a la Academia de la Llingua y al servicio de encuadernación de la comunidad propietaria del monasterio.
A ellas también las añora. De hecho, son el motivo por el que ha elegido Las Pelayas, por la calle El Águila, como su rincón favorito de la ciudad. Quería «rendir homenaje a las cientos de mujeres que pasaron por estos muros y lograron mantener más de mil años la institución funcionando. Son mujeres que, a pesar de estar tras estas paredes, viven en al día», explica a quien piense lo contrario y pone como ejemplo a la nueva abadesa, Rosario del Camino Fernández-Miranda. Pero sigue «muy vinculada a la comunidad, tanto a nivel personal como profesional».
El día que salió de El Águila subió a la torre con ellas, a modo de despedida. Allí fue «incapaz de pronunciar una palabra» para decirles hasta luego. «Me dio una pena tremenda irme», dice. Y relata parte de la historia del monasterio, como cuando la madre abadesa de finales del siglo XVII pidió permiso para construir las celdas de las monjas en la calle San Pelayo. Así era como se llamaba El Águila. El nombre, cuenta, se cambió por el escudo (con el ave) que hoy «casi no se ve» sobre el dintel de la puerta. Paredes se conoce bien los periplos que vivieron las monjas con la invasión francesa, que tuvieron que trasladarse al monasterio de La Vega, y cuando en la revolución del 34 tuvieron que volver a irse y el edificio sufrió «destrozos importantes». Después se rehabilitó y resiste desde entonces con algunas carencias que las monjas reclaman de cuando en cuando.
A parte de todo esto, la directora está «feliz» en su nuevo archivo y con una profesión que «solo me dio alegrías», hace balance después de 23 años. Hubo un momento que Paredes dudó sobre si su rincón era El Águila o el balcón de su casa, en la plaza del Carbayón desde la que se ve el Campoamor y el Naranco. «Esto es muy cursi, pero es que mi casa es mi refugio, donde también trabajo y en el que puedo estar con las personas que quiero», confiesa. Y se para a pensar un momento.
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