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¿Cómo murió Melquíades Álvarez?

¿Cómo murió Melquíades Álvarez?

21.08.11 - 02:36 -
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Esta pregunta se suscita en muchas personas cuando se saca a relucir la trayectoria política del tribuno gijonés, fundador del Partido Reformista en 1912 y relevante hombre de Estado en las décadas posteriores. La pregunta tiene rápida respuesta: Melquíades Álvarez murió ejecutado hace ahora 75 años, en concreto, en la noche del 22 de agosto de 1936, en la cárcel modelo de Madrid, en una de las páginas más ignominiosas de nuestra Historia. Su muerte es poco conocida porque no ha sido reivindicada por ninguno de los dos bandos de la 'Guerra Incivil', ya que Melquíades Álvarez pertenecía a la tercera España, la que no se alineaba con las izquierdas ni con las derechas, aunque pactó con ambas a lo largo de su intensa vida política. La manipulación intencionada que desde ambos lados se ha hecho, y se sigue haciendo, de nuestra historia reciente ha solapado de la memoria histórica crímenes trágicos de personajes no adictos, como el de Melquíades Álvarez, con el que Asturias tiene todavía pendiente una deuda de reconocimiento institucional.
Pero hay muertos recordados y otros olvidados. A modo de ejemplo, entre los primeros se pueden citar a dos ilustres asturianos que fueron ejecutados uno por cada bando y rehabilitados posteriormente para la Historia: es el caso de Romualdo Alvargonzález, fundador de la Feria de Muestras, preso en la 'Iglesiona' de Gijón y ejecutado el 14 de agosto junto a otros 115 detenidos, como represalia por los bombardeos que sufría la ciudad; y de Leopoldo Alas Argüelles, hijo de 'Clarín' y rector de la Universidad, fusilado en febrero del año siguiente en Oviedo, tras un juicio sumarísimo que afrontó con la máxima dignidad y que dejó en evidencia a sus verdugos. Entre los olvidados, la nómina es amplia y quedan aún muchos por rehabilitar, como Melquíades Álvarez, al que la sublevación militar contra el Gobierno legítimo de la República cogió en Madrid, donde permaneció hasta el 4 de agosto en casa de su hija Carolina. Denunciado por una sirvienta, un grupo de milicianos intentó detenerlo, pero su escolta logró contactar con el subdirector de Seguridad, Carlos de Juan Rodríguez, que le ofreció un salvoconducto para salir a Portugal, a lo que se negó para no abandonar a su familia.
Fue ingresado en la cárcel modelo, un centro bajo control oficial en el que se le garantizó que su vida no corría peligro. No fue así. En el verano de 1936, el poder del Estado se extinguía con la entrega de las armas al pueblo y las garantías de las instituciones eran papel mojado frente a la acción revolucionaria descontrolada. Prueba de ello fue que en la noche del 22 al 23 de agosto un motín de presos provocó un incendio en la cárcel y, en la confusión, grupos de milicianos culparon a los presos políticos y realizaron varias 'sacas' nocturnas de los más significados para ser asesinados en los sótanos de la quinta galería: entre ellos, los republicanos Melquíades Álvarez, su correligionario y amigo Ramón Álvarez-Valdés y Manuel Rico Avello. Melquíades Álvarez, un anciano que contaba entonces 72 años, era el hombre más significado del primer grupo, por lo que se ensañaron especialmente con él, que recibió vejaciones e insultos. La recreación testimonial de este dramático final fue narrada por Pío Baroja -en su novela 'Miserias de la guerra', que por problemas de censura no se publicó hasta 2006- en estos términos: «Las que más se señalaban en la tortura de los desgraciados presos eran las mujeres, ofreciéndoles galletas para que se fueran bien alimentados al otro mundo. A quien más insultaban y de una manera más rabiosa era a Melquíades Álvarez. ¿Por qué este grupo de gente asesina y mediocre odiaba a Melquíades, que era un republicano y un gran orador? Probablemente es por esto, por envidia».
Desde la izquierda, su figura ha sido severa e injustamente criticada, en especial la llamada 'deriva política del tribuno' que le llevó a pactar con todo el abanico político, desde el socialismo a la CEDA. Su evolución se acopla a un partido de centro que formó parte de la conjunción republicano-socialista; coordinó la huelga general de 1917 en Asturias y León; se opuso frontalmente a la Dictadura de Primo de Rivera; se negó a firmar el Pacto de San Sebastián en 1930, donde se apelaba a la rebelión militar a favor de la República; respaldó las políticas de centro en los gobiernos Lerroux y Samper; criticó a los sublevados de octubre de 1934, y justificó las penas de muerte a los militares revolucionarios, cuya sublevación originó miles de muertos y heridos. Defendió en 1936 ante los tribunales a Primo de Rivera, cumpliendo con su obligación como decano del Colegio de Abogados de Madrid, al que pertenecía el fundador de la Falange. Varios partidos del primer tercio también protagonizaron virajes políticos sorprendentes y de consecuencias más peligrosas en todos los órdenes, ya fuera el histórico PSOE (alianza con los republicanos burgueses, huelga general revolucionaria de 1917, acuerdo tácito con la Dictadura de Primo de Rivera, apoyo a la República, sublevación antirrepublicana de 1934, pacto del Frente Popular con partidos burgueses sin entrar en el gobierno posterior) o el más joven PCE (de la revolución proletaria al pacto del Frente Popular). Quizás la única corriente política que mantuvo una estrategia invariable fue el anarquismo, que nunca cejó en plantear la revolución social.
Sirvan estas líneas para reivindicar la figura de Melquíades Álvarez y para aprender de los errores y contradicciones de nuestra Historia, como la que se deriva de que uno de los defensores de la clase obrera acabara siendo asesinado por ella.
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