Si el año pasado la ausencia de Rodríguez Zapatero de Rodiezmo representó el distanciamiento entre el Gobierno y el partido socialistas, de un lado, y la UGT, de otro, en esta ocasión la fiesta de la minería asturleonesa ha representado la ruptura entre dichas organizaciones. Ausentes, además de Zapatero, el vicesecretario general socialista, Blanco, y el candidato Rubalcaba, el miembro más caracterizado del PSOE presente en el acto fue Alfonso Guerra, representante de una época y de una sensibilidad sobrepasadas por la realidad. No puede sorprender a nadie esta situación, dado que la recesión ha forzado la adopción de despiadadas pero inexorables políticas de ajuste tendentes a reducir un déficit público desbocado que ha llegado a poner en duda la solvencia de este país. Los sindicatos no pueden estar satisfechos ante una realidad tan cruda: el líder del SOMA-FIA-UGT, José Ángel Villa, lo dejó claro y habló de la amenaza de una «ruptura histórica». También el secretario general de FIA-UGT, Antonio Deusa, que criticó cómo las medidas tomadas hasta el momento están recortando seriamente los derechos de los trabajadores en un país en el que el 26% de los contratos que se realizan son eventuales, mientras que el sistema de protección de desempleo solo ampara al 70% de los parados, con lo que 1,4 millones de familias no tienen ingresos de ninguna clase. La receta sindical es controvertible: «Retomar la senda ideológica de la izquierda», algo que «hace tiempo que había que hacer» para garantizar los derechos sociales de los trabajadores, «gravemente perjudicados» por la situación de crisis económica. El enfrentamiento entre la socialdemocracia y su histórico sindicato obrero no viene de ahora: comenzó en 1987, cuando el entonces secretario general, Nicolás Redondo, renunció a su escaño en el Congreso. Los sindicatos se percataban de su necesidad de adquirir autonomía frente a los partidos -dejando de ser 'correas de transmisión'-, de profesionalizarse y de pasar a ser en gran medida organizaciones de servicios. Su despolitización no fue completa, y ahora pagan su desorientación: su influencia se ha reducido y no están cómodos ni en la política ni fuera de ella.