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'Astegos': en griego, en la calle

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'Astegos': en griego, en la calle

18.09.11 - 02:37 -
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Son los pobres de los pobres de esta Europa asaltada por los especuladores de vidas. Estamos en los arrabales de Atenas y estos que ven en las fotos son los restos del naufragio heleno, de esa tragedia financiera cuyas aguas negras nos cubren ya los tobillos.
'Astegos' es una palabra griega para designar a los sin hogar, a los que viven en la calle. Una palabra propia que desbanca a ese 'homeless' norteamericano que nos persigue y entierra nuestras palabras, fraguadas en siglos de haber vivido como pobres de solemnidad: carpantas, carrilanos, indigentes, menesterosos, pelagatos, desamparados, mendigos... Hombres y mujeres que responden a ese adjetivo se acogen en este refugio montado por Klimaka, una organización de ayuda, en las afueras de Atenas. «La calle es insoportable», se lamenta Petros Papadopoulos, el cocinero que prepara un plato de pasta y carne hervida a sus compañeros de albergue, en una entrevista a la agencia Reuters. Petros acababa de comprarse un piso, pero perdió su trabajo, no cumplió con el banco y acabó durmiendo entre cartones. Se estima que cerca de 20.000 personas pernoctan cada noche en las calles de Atenas.
«Nunca pensé que esto me pudiera pasar a mí. Entonces me di cuenta de la delgada línea que separa una vida normal de la miseria. Esto le puede pasar a cualquiera. Todos somos indigentes en potencia», exclama. Sus dos hermanos (la familia es, en la Europa mediterránea, el auténtico sostén frente a la pobreza) sufren también en sus carnes la merma de ingresos y unos impuestos cada vez más sangrantes. No han podido ayudarle. La última idea del Gobierno griego ha sido cobrar un tributo (unos 4 euros por metro cuadrado) a los propietarios de inmuebles. Se pasa junto con el recibo de la luz: quien no lo paga, se queda sin suministro. Por eso no es nada extraño que, como resalta una encuesta, el 87% de los griegos contempla un futuro muy oscuro para su país. El primer ministro, Georgios Andreas Papandreu, ha reconocido que no tiene liquidez para pagar los sueldos públicos más allá de octubre. Y mientras Merkel y Sarkozy garantizan la continuidad de Grecia en el tren del euro, se levantan voces de economistas y políticos que recomiendan a Atenas un impago total de su deuda.
Ajenos a semejantes controversias, en Klimaka, los cincuenta asilados pasan su tiempo jugando al backgammon o enganchados a la televisión, esa suerte de lobotomía eléctrica que vacía las mentes de preocupaciones por unas horas. La mayoría no quiere decir ni su nombre, esconden la cabeza. Lambros era albañil. Nadie de su familia sospecha que ha pasado los tres últimos meses durmiendo en un coche, hasta que encontró una cama en este albergue. «No quiero que nadie lo sepa. Me siento muy mal», lamenta.
El mito romántico
Miles de personas recorren las calles de Atenas rebuscando en las basuras, recogiendo papel y trozos de metal para venderlos al peso y poder comer. La tasa de paro en Grecia alcanza el 16,3%, el nivel más alto desde finales de los años 90. En España, ese porcentaje llega hasta el 21%; también nuestras calles, los bancos de los parques, los subterráneos y los cajeros automáticos acogen a cientos de personas sin un hogar.
Claro que todo este sufrimiento que atenaza a Grecia, todo este terremoto de intervenciones, compras de deuda soberana, planes de ajuste y limitaciones del déficit, ha llevado a algunos filósofos, como el francés Guy Sorman, a preguntarse por las razones de semejante desbarajuste. El análisis de Sorman es sorprendente y espectacular. Grecia, dice, es un invento de las potencias europeas, inflamadas por las mentiras y el romanticismo de escritores como Chateaubriand y Lord Byron. De ahí, señala Sorman, la escasa legitimidad del país a ojos de los propios griegos, que no dudan en dejar de pagar sus impuestos a una nación «de orígenes dudosos». Grecia se integró en la UE en 1981 sin cumplir ninguna de las condiciones necesarias para la adhesión, pero con el soporte de un Valéry Giscard d'Estaing para quien el Viejo Continente tenía «una deuda» con la «cuna de la civilización europea». En todo caso, argumenta Sorman, estos griegos de hoy nada tienen que ver con los paisanos de Pericles. Y ese ideal romántico amenaza con tumbar a Europa.
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Un sin techo griego en el centro de acogida Klimaka, en Atenas, posa junto a una parte de su cena. ::FOTOS: YIORGOS KARAHALIS/REUTERS

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