Venía yo cavilando, de vuelta ayer a casa, sobre el enorme éxito que ha tenido la iniciativa, tantas veces reclamada por diversas personas de nombre, peso y autoridad, de imponer zonas en Oviedo de velocidad limitada a 30 kilómetros por hora, para dar cabida al uso de la bicicleta. Tanto es así que en el tiempo transcurrido desde la implantación de la medida, tan celebrada por sus defensores y suficiente ya para hacer un pequeño balance del cambio, he llegado a contabilizar nada menos que ¡cinco ciclistas! Ahí es nada. Hombre, a decir verdad, salvo uno al que conozco y que usa la bicicleta desde tiempo inmemorial para ir a trabajar, los demás van todos ataviados con el correspondiente equipo deportivo. O sea, que no son ciudadanos que se desplazan en bicicleta en lugar de usar el coche, sino deportistas que la usan porque ese día les toca o les apetece.
Bueno, pues para esto se ha montado en la ciudad un dispositivo tremendo, con carteles que te avisan de que entras en 'zona 30', donde los ciclistas tienen preferencia absoluta. Entonces te encuentras con las calles de siempre, pero rotuladas con enormes círculos pintados en el suelo que te recuerdan la velocidad máxima a la que puedes ir o paneles luminosos que te dice a qué velocidad circulas. Hombre, si vas por la izquierda, te dejan ir a 40, lo que ya es una 'contradictio in terminis'. Pero bueno. Además, al entrar en esas zonas, para que se te quiten las ganas de correr te colocan esas barreras tan molestas que te obligan a ir más despacio. Una vez saltadas, a volar, que son dos días, máxime si ves que no hay ciclistas y que tienes ocasión de pasar delante de un bus que va por tu carril y cuando pare te hará perder toda la descarga de pasajeros y la carga de los nuevos. Sí, sí, un minuto, pero a una hora punta es una eternidad.
Luego, nos hemos enterado de que, a pesar de que las cámaras de seguridad vigilan todos los cruces para que no pases los semáforos de las rotondas en naranja, no te pueden multar si pasas de 30, porque resulta que no existe ordenanza alguna aprobada por el Consistorio en que se establezcan tales limitaciones. O eso creo haber leído.
Como quiera que sea, el éxito ha sido literalmente «tremendo», o sea, para echarse a temblar. Y me pregunto yo cuáles serán las razones... y alguna encuentro.
A ver, desde que gobierna el PP en Oviedo, la ciudad ha experimentado un gran cambio: muchas veces para bien, otras no sé. Por ejemplo, el plan de calles peatonales ha hecho una ciudad más humana. Como es pequeña, ir por el centro sin coche es una gozada. Se quejaban los comerciantes, pero nada. No han salido mal parados. Los únicos perjudicados son los sufridos conductores, a los que solo les quedan cuatro calles para circular. Luego están los parkings públicos. Con un par. De acuerdo. Se puede aparcar. Luego, los privados para residentes en régimen de alquiler por 70 años. Un escándalo y un fracaso. Dos años sufriendo embudos para nada. Luego se vendieron a perpetuidad a precios de risa. ¿Y las farolas? Monísimas las del centro, con su pedestal y todo, a juego con el estilo de la calle. Ahora bien, colocar las mismas farolas en barrios nuevos o industriales con su pedestal también me parece un monumento al mal gusto. ¡Anda que no hay modelos de farolas! Pero tú vas por las afueras de Oviedo y ves las calles y las aceras, sin edificios, pero con farolas idénticas a las del centro. Con su pedestal y todo. ¡No van a ser menos los de la periferia que los del centro! Ese fue el argumento. Demagogia.
Pero volviendo a la 'ciudad 30' y a las causas del 'éxito' encuentro algunas contradicciones. Como digo, se hizo una ciudad para andar. Luego, ¿qué pintan las bicicletas? Si se hubiera hecho bien, se hubiera reservado el consabido 'carril bici' por el que se pueden desplazar con seguridad, sin necesidad de limitar la velocidad ni atropellar a los caminantes. Un ejemplo: la calle de Uría, en pleno corazón, solo permite circular a taxis y autobuses. Las bicis, con aceras de muchos metros de ancho, no tienen sitio para un carrilito. ¿Quién se va a meter por ahí? Máxime cuando sabes que los autobuses, antes de que se ponga en verde el semáforo, ya salen echando chispas. Como si tuvieran prisa. Ah, y, de paso, la práctica de sus 'profesionales' conductores ya ha provocado varios atropellos. No me extraña. Yo los temo: y a pie y en coche. El taxi es otro género...
Otro ejemplo. La bajada desde las facultades del Cristo es 'zona 30'. La subida también, claro. A ver quién es el guapo que se atreve con una calle con semejante tráfico y diminuta estrechez a ir en bicicleta sin carril propio.
Las ciudades en que se usa la bici, además de tradición, tienen otras condiciones. Vale, no tienen aceras de 20 metros de ancho ni calles de uno o dos carriles. Pero sí tienen 'carril bici' respetado por todos. Hace poco estuve en Uppsala y Estocolmo. La primera es una ciudad universitaria y no precisamente llana y sospechosa de falta de lluvia. Sin embargo, hasta las señoras más emperifolladas usan bicicleta. En todas partes puedes aparcarla en los correspondientes puestos. En Estocolmo, puedes ir de punta a punta, de isla en isla, de puente en puente, en 'carril bici', incluso pasándote un tren al lado cada minuto. No hay peligro, pues hay 'carril bici' sagrado. En Múnich, en pleno invierno, los chavales y muchos profesores se desplazan en bicicleta a la universidad. Los carriles están bien incorporados a las aceras, para que puedan limpiarse de la nieve. Y ves cientos de bicis aparcadas junto a las bibliotecas y facultades. Señores con traje muy dignos pedalean maletín en cesta. O padres y madres con su churumbel bien abrigado en el carrito de atrás. Podríamos seguir así con otras ciudades, como Ámsterdam, Lovaina, Aveiro, Londres...
Es cuestión también de cultura y estructura. Lo que no se puede pretender es tener una ciudad para bicicletas, si la hemos construido para andar y sin coches. Son cosas incompatibles. Habría que replantearlo todo para que el invento funcionara. De momento, habrá que seguir contando ciclistas. El que vea uno que diga yo.