Lecciones varias podría ser la síntesis muy esquemática de la representación de Ricardo III que vimos anteayer en el avilesino Teatro Palacio Valdés. Varias y magistrales.
Para empezar por lo más evidente, la perdurabilidad de la obra de William Shakespeare, aquel talento excepcional que podía descubrir el universo en una cáscara de nuez. En Ricardo III están todos los tiranos que en el mundo han sido y que acaso trágica y desdichadamente aún quedan por venir.
Shakespeare poseía el genio que desnuda el alma humana, en sus instantes sublimes y en los infernales. Ricardo III es el infierno. Un averno reconocible, pues las intrigas que lo desatan no parecieron demasiado ajenas a ciertos capítulos históricos mucho más recientes que los de la Guerra de las Dos Rosas. Ni tampoco la sutileza con la que el diabólico monarca era capaz de convertir las hogueras del mal en bien aparente.
Ese fue otro de los magisterios de la velada. El sesgo interpretativo que Kevin Spacey otorgó al duque de Gloucester, glorioso en su profunda revelación de la infamia a través de rasgos que bordearon la comicidad, es el trabajo de un actor que no se atiene a las facilidades, que ahonda en el misterio de nuestras tinieblas y nos presenta los límites sangrientos de la condición del hombre.
Y la capacidad de manipulación que el poder sin escrúpulos organiza a su alrededor. Lección indispensable para los espíritus candorosos.
Y todo ello mediante una composición en la que el oscarizado artista de Nueva Jersey dialogaba por igual con sus espléndidos compañeros de reparto o establecía complicidades directas ante el público. Podría decirse que no solo estuvo en primer plano, sino que los primeros planos -por ejemplo, en la escena filmada de su falsa resistencia a la conquista del trono- le hicieron superar la soberana presencia que impuso en todo momento. El matiz en cada gesto, en la curva sardónica de la sonrisa, en el brillo de la mirada, en el sudor copioso, en los bramidos de furor o en el desenlace tremendo que elevó a las alturas su cadáver, dieron vida a un personaje que habrá de quedar en las antologías dramatúrgicas, por más que entre los antecedentes se encuentre el gran Laurence Olivier.
La escenografía usó las nuevas tecnologías de modo prudente, reservándose metáforas sencillas para la muerte -una bombilla que se apaga- y percusión en directo, a cargo de la mesa de sonidos regida por un multiinstrumentista virtuoso. Tal vez el pasaje de la comparecencia espectral de los asesinados por el cruel monarca, escena previa al epílogo en el que sucumbe en la batalla de Bosworth, permitiría una mayor imaginación creativa. Aunque también es cierto que hay estudiosos de los textos de Shakespeare que han puesto en duda la autoría de ese fragmento. En cualquier caso, sería por completo desproporcionado no reconocer que el espectáculo alcanzó cumbres teatrales que sólo nos es dado admirar muy de cuando en cuando. Arrebatador, hechizante, poderoso, colmado de una energía que surge no se sabe de qué potencias del arte, pero que conmueve las fibras de cualquier espectador con mayor intensidad que la espada más afilada. Una función portentosa, que sin duda -como el público puesto en pie- hubiera ovacionado el propio Shakespeare.