Doce personas. En el dedo pulgar una funda protectora. En la mesa, lijas, tablas y utensilios de talla. Y en la mente, un deseo: que Argüero sea sede de una escuela-taller de azabache.
Son los alumnos del curso impartido por María Pérez, artesana de la localidad maliaya de La Madrera, que desde principios de octubre acuden al local social de Argüero para practicar lo que ya se ha convertido en toda una afición: la talla del azabache. Todos comenzaron de cero y las figuras que surgen de cada clase son básicas, pero la intención es continuar. «Ahora que ya estamos en ello, no queremos parar», señala una de las participantes.
Y para ello reclaman más atención por parte de las instituciones. «Tenemos pensado seguir y organizar más talleres, pero para eso es necesario que reabran la mina de azabache de Oles», apunta María Antonia López, alumna y miembro de la asociación de vecinos, quien añade que «el Principado debería abrir una escuela-taller de azabache en Argüero, tenemos un recurso que no aprovechamos, y facilitarnos el material». Y es que todos coinciden en que el problema reside en la falta de interés a nivel general. «Si en cualquier otra provincia tuvieran azabache, sería lo más», aseguran.
María Pérez escucha sus reivindicaciones y asiente mientras prepara el azabache que ha obtenido en la escombrera de Oles, mucho más frágil y de peor calidad que el que se puede obtener de la explotación. «La mina es muy importante porque sin ella no tendremos material para trabajar. Este tipo de artesanía corre peligro de perderse», alerta. Pérez habla como profesional del sector, pero también como profesora. «Es necesario que se impulse la actividad azabachera. Por falta de atención, podemos echar por tierra mucho trabajo», apunta.
Iniciativa vecinal
El taller surgió a través de una iniciativa de la propia asociación de vecinos. «Argüero es una zona azabachera y queríamos probar con algo que es muy nuestro», señala Luisa Valle, una de las promotoras. El colectivo vecinal presentó un proyecto a la Mancomunidad de la Comarca de la Sidra, que según explicaron, en un primer momento aceptó la propuesta y se comprometió a colaborar y patrocinar la actividad. «Sin embargo, de la noche a la mañana, cuando ya lo teníamos todo preparado, nos dijeron que no, sin más detalles», recuerda Valle. Pero la negativa no los echó para atrás. Lejos de rendirse, la asociación vecinal decidió poner en marcha el curso con sus propios medios.
«El azabache engancha»
Y ha merecido la pena. Todos están satisfechos de sus progresos y aseguran que el azabache «engancha». Mari Fernández, que trabajó en una carpintería, opina que «parece fácil, pero es muy complicado. Eso sí, entretiene muchísimo». Por su parte, Luis Vázquez, que se define como «un hombre que está ya en la reserva», asegura que es todo cuestión de paciencia y ya ha pedido hueco para próximos talleres. «Estaré aquí seguro», concluye.