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Parábola de los errores

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Parábola de los errores

15.11.11 - 02:41 -
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Para que se entienda, ahí va una parábola. Al rey Memo le iban bien las cosas. El pueblo le adoraba porque, al parecer, el buen rey conocía el método de conseguir lluvia para los cultivos, al menos eso se decía. En el país de Memo la lluvia abundaba, las cosechas se regaban, los pastos alimentaban al ganado y rebosaban la felicidad y el bienestar. Y en proporción directa al incremento de la riqueza nacional, el rey Memo acumulaba honores y oro, ya que él se atribuía y asumía encantado el mérito de las aguas milagrosas provenientes del cielo. Memolandia va bien, solía decir Memo.
Hasta que un día dejó de llover. Así, de repente. Es sabido que a menudo la Tierra tiene caprichos raros, y lo mismo te saca un volcán de debajo las piedras, que te revuelve las tripas con un terremoto de no te menees. Para que regresara la lluvia, el rey Memo, sin sospechar que la cosa iba para largo, echó mano de los ritos habituales. Sacó a los ídolos en rogativa y procesión, ofrendó oro, incienso y mirra al equipo celeste casero, y sacrificó en el altar de piedra a un hereje imbécil que se preguntaba si no sería mejor construir pantanos. Pronto lloverá, aseguraba Memo I de Mémoland.
Pero no llovía y las siete plagas empezaron a enseñorearse del país. Entonces, para descargarse de culpas, el mismo Memo que se había atribuido el mérito de las lluvias corrió a explicar a la gente que hambre, miseria y pertinaz sequía no eran cosa suya, sino de los dioses o de la Tierra, esa gorda ludópata que gusta de jugar a los dados con la vida de los hombres. Yo no puedo hacer nada, se excusaba Memo, pero nadie creyó al antiguo hacedor de lluvias, y siguieron caos, quema de templos y regicidio, que duraron hasta que la Tierra, la verdadera culpable, giró el botón del termostato y reguló el aire acondicionado. Y aquí paz y después gloria. Sin Memo.
La parábola viene a decir que en esas estamos. El pueblo está a punto de derribar a un rey de pimpampum para poner en su lugar a otro, al que pronto atizará de lo lindo por idénticas e irracionales razones. La gente con dos dedos de frente sabe que ese rey Memo no era el culpable de la sequía, por más que él, antes, se atribuyera en falso el mérito de las lluvias. Pero es tan difícil darle la vuelta a la tortilla mental, que el memolandés prefiere elegir a quien le prometa lluvia a raudales. A ciegas.
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