En 1762, refiriéndose a Gran Bretaña -entonces el único país que disfrutaba de un régimen representativo-, decía Rousseau: «El pueblo inglés cree ser libre, y se engaña; porque tan sólo lo es durante la elección de los miembros del Parlamento». Tras los comicios del 20 de noviembre tengo la sensación de que, aquí y ahora, nosotros no tenemos la fortuna de gozar ni tan siquiera de esa transitoria libertad. Por más trascendentes que sean las elecciones generales, no puedo evitar sentir cierta desazón cuando pienso que su resultado es relativo, ya que entre bambalinas un dictador se erige para manejar los hilos de la política nacional: ese nuevo dios-entelequia al que ahora llamamos 'mercados', eufemismo con el que se pretende enmascarar a un puñado de especuladores.
Día a tras día, la primera página de la prensa está dedicada a la agencia Moody's, a la que se le dispensa una espectacular publicidad gratuita. Poco importa que Moody's sea una empresa privada, con sus propios intereses económicos, y que también ella haya contribuido a la crisis económica mundial: no en balde evaluó con la máxima calificación a empresas de inversión una semana antes de que éstas se declarasen en quiebra. Y la respuesta de Moody's fue entonces escudarse en la primera enmienda de la Constitución norteamericana, es decir, en la libertad de opinión. Una opinión que hace tambalearse al mundo, que hunde economías y deja a familias en paro. Pero la culpa no es de Moody's; después de todo, se trata de una empresa que, como cualquier otra, aprovecha una coyuntura favorable para obtener beneficios. La responsabilidad es de los gobiernos que la siguen como a un oráculo, y que, ajustándose a sus designios, están dispuestos a inmolar servicios sociales en el altar de las bolsas. Pero nadie se plantea crear una agencia pública de calificación. Vivimos en la falacia de que las empresas privadas saben hacer las cosas mucho mejor. Y si no, que se lo pregunten a Lehman Brothers.
Habrá quien diga, con razón, que la economía siempre ha mandado. Y es cierto. Pero desde la crisis norteamericana del 29 no lo había hecho de forma tan obscena. Nunca la banca, las cotizaciones bursátiles y las primas de riesgo habían decidido tan descaradamente, y sin pudor, los designios de las naciones. Y la respuesta en el 29 fue el 'New Deal' y, con él, el nacimiento de la asistencia social. Hoy es justo su desmantelamiento lo que se plantea.
En esta situación, la Unión Europea es otra mascarada que día a día no hace sino mostrar su fragilidad. Ya no mandan ni su Parlamento, ni la Comisión, ni el Consejo. Lo hace Alemania y, en menor medida, Francia. Ahora bien, ¿para qué gastarnos sueldos de lujo en eurodiputados que tienen unas prebendas económicas escandalosas, que se niegan a viajar en clase turista y que ocupan escaños con los que, en muchos casos, se les premia cuando no han triunfado en la política de su propio país? Ellos no deciden, lo hace Angela Merkel, cuya reciente visita a España parecía una versión moderna de la entrañable película de Berlanga 'Bienvenido, Mr. Marshall'. Alemania marca con su batuta el tempo de las políticas nacionales, y nos sentimos reconfortados cuando nos da un espaldarazo de «lo estáis haciendo bien», o nos contrariamos con disgusto cuando la canciller germana nos regaña. Así pues, yo reclamo mi derecho a participar en las elecciones al Parlamento alemán, ya que éste designa a quien va a dictar las pautas gubernamentales de mi propio país.
Los mercados y Merkel (curiosamente, palabras parónimas) son los actuales gobernantes de esta Europa cuya unión política es ya impracticable. Cuando se habla de «dos velocidades», se conciertan reuniones bilaterales (Alemania-Francia) o se plantea que algunos países queden excluidos del euro, cuando no de la propia Unión, el resultado son recelos, suspicacias y la percepción de una triste realidad: que la Unión Europea, en términos políticos, nunca será posible. No somos una nación (ni lengua, ni cultura, ni historia común), pero tampoco podemos aspirar a ser un Estado, porque éste, sin voluntad y con imposiciones, no puede edificarse.
Pero, por si fuera poco, aquellos nuevos gobernantes fácticos ponen en entredicho las bases mismas de la democracia y de los sistemas representativos. Como profesor me siento incómodo cuando, al hilo de exponer estas instituciones a mis alumnos, percibo que la realidad sigue derroteros muy distintos. ¿Cómo explicar que en un sistema parlamentario la Asamblea Legislativa es quien elige y destituye al presidente del Gobierno, cuando Berlusconi cae por la prima de riesgo de la deuda pública italiana y no por su ineptitud? ¿Cómo afirmar de que los plebiscitos son instrumentos de excelencia democrática cuando se pone el grito en el cielo si Grecia se plantea una consulta popular o cuando, durante la tramitación del Tratado de la Constitución Europea, se llegó a requerir a los Estados que no consultasen a los ciudadanos, porque «no serían capaces de entender» la trascendencia de su decisión? ¿Cómo exponerles a los estudiantes que desde hace treinta años se lleva planteando la necesidad de reformar nuestra Constitución para cambiar el Senado, cuando luego, en un mes, se enmienda el artículo 135 por motivos, una vez más, económicos?
Cuenta ese vademécum moral que es la mitología griega que Zeus adoptó la forma de un toro engalanado para raptar a la bella Europa. Hoy el toro -mucho más tosco, en verdad- son los mercados, que han raptado a Europa con la intención de no devolverla a la libertad, a la senda democrática que tanto nos costó poner en planta.