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Los mineros de la basura

Sociedad

Los mineros de la basura

27.11.11 - 02:39 -
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La extensión del vertedero principal de Ciudad de Guatemala es de unas 28 hectáreas. La profundidad en algunos puntos nadie la sabe con certeza: desde mediados del siglo pasado, los desechos que genera la capital del país centroamericano se depositan en lo que antaño era un barranco de la periferia, transformado hoy en un inmundo reino de desperdicios situado en pleno corazón urbano. Se le llama el basurero de la zona 3 o, cuando se le quiere dar un toque más técnico y fino al asunto, el Relleno Sanitario, y sigue recibiendo entre 1.500 y 2.000 toneladas diarias de detritus sin clasificar. De esa masa se alimentan moscas, ratas, perros callejeros, los zopilotes que sobrevuelan la zona en círculos y también, según los cálculos de las organizaciones no gubernamentales, unas 11.000 personas, los guajeros que rebuscan material reciclable y sus familias, para quienes este océano de residuos supone «una bendición». «6.500 son niños», puntualiza Julio Aldana, gerente de programas de la Casa del Alfarero, una entidad cristiana que lleva un cuarto de siglo trabajando con este colectivo.
La mayoría de los guajeros emplea el método tradicional: esperan la procesión de camiones que traen la basura recolectada ese día -los más impacientes incluso saltan a los transportes para acceder los primeros a las bolsas- y hurgan en el nuevo vertido, caminando sobre ese terreno inestable hecho de la porquería de décadas, expuestos a los inevitables cortes en los brazos, a los incendios tóxicos en verano y a los derrumbes en invierno. Se llevan las botellas de plástico, el cristal, las latas, el cartón... «Su forma de vida es precaria -lamenta Aldana-, buscan los 'guajes' entre la materia orgánica, los desechos tóxicos y los buitres. Hemos detectado varias enfermedades crónicas a raíz de las condiciones en que trabajan aproximadamente doce horas diarias. Sus chozas se convierten en una extensión del Relleno Sanitario, porque apilan o guardan allí los objetos reciclables, con los que también trabajan sus hijos».
Pero hay algo que distingue este basurero de los paisajes de la miseria de otras metrópolis del planeta: el Quinto Patio, más conocido como La Mina, se encuentra en un extremo de las instalaciones, al fondo de un abismo que verdaderamente recuerda una empinada cantera. Allí abajo emerge un caudal de aguas pluviales y residuales, sucias hasta la negrura, que arrastra restos del vertedero y los deposita en los primeros kilómetros del cauce. Los 'mineros', que a veces se refieren a sí mismos como 'buscadores de oro', revisan ese aluvión a la caza de metal para vender al peso y de la ocasional joya que les apañe el mes.
Algunos cavan con palas en el cauce. Otros se sumergen directamente en el agua contaminada de lixiviados, que espumea en las orillas y daña la piel. Incluso los hay que utilizan imanes para rastrear el fondo. El mejor sitio está en las inmediaciones de la boca del desagüe, donde se quedan los sedimentos más pesados, pero también es el tramo donde el riesgo se dispara, ya que las crecidas pueden resultar letales en esa garganta encajonada entre muros casi verticales de basura. «Aquí no se mete cualquiera. En cuestión de segundos, cuando se viene la crecida, lo sepulta a uno, y si no es la montaña de basura es el agua lo que nos puede arrastrar», explicó uno de los 'mineros', Julio Lejá, al periodista Alberto Arce, de la agencia AP. No exageraba, porque las avalanchas de residuos han matado a muchos guajeros. En 2008 se produjeron dos en poco más de un mes, con un balance oficial de 37 muertos, entre ellos varios niños. Detrás de aquella cifra se escondían historias como la de Cecilia Ventura, de 15 años, que perdió a sus padres y a dos hermanos, resultó herida ella misma y, tras la tragedia, tuvo que hacerse cargo de los siete pequeños de la familia.
Las lluvias fuertes incrementan el peligro, pero también la probabilidad de hacerse con un botín suculento, porque la corriente arrecia y es capaz de desplazar objetos más pesados. En cierto modo, estas personas que trabajan en la fétida corriente del fondo del barranco son la élite de los guajeros, con unos ingresos muy superiores a los de sus compañeros de arriba, los que escarban en ese suelo engañoso que alguna vez se ha tragado un camión. El metal que recuperan del agua y venden a los intermediarios les deja un mínimo de 150 quetzales diarios, alrededor de catorce euros, y los golpes de suerte en forma de piezas de oro multiplican su renta. En esos días buenos, mientras se limpian la mugre hedionda que les cubre todo el cuerpo, se sienten hombres tocados por la fortuna.
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