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Nicanor Parra en Asturias

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Nicanor Parra en Asturias

«A mí al poeta chileno me lo descubrió Manuel Asur, que en sus primeros libros practicaba de equilibrista de la paradoja»

04.12.11 - 02:36 -
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Uno anda normalmente por ahí por el mundo buscando cosas chocantes para entretener a sus lectores pero a veces está en su casa, al amor del fuego, releyendo un libro bueno y, mientras su perro va y viene de la modorra al júbilo, mordiéndole la mano y llamándole hacia el jardín, se da cuenta de que muchas veces lo importante y lo chocante sucede sólo con una intensidad verdadera en los libros. Así estaba yo, en estos pensamientos graves, cuando escuché en la radio -suelo leer con la radio puesta- que a Nicanor Parra, por fin, le habían dado el Cervantes.
Todas las quinielas, este año, apuntaban felizmente hacia Hispanoamérica y Parra y Ernesto Cardenal, dos poetas que comparten con Antonio Machado no solo el torpe desaliño indumentario, eran los favoritos. Cerré el libro que estaba leyendo -'La esfera y la cruz' de Chesterton- y me fui a rebuscar por la estantería a ver si 'Los chistes para desorientar a la poesía/policía' de Parra seguían allí y al abrir de nuevo sus páginas se producía el milagro aquel de la adolescencia. A mí Nicanor Parra me lo descubrió Manuel Asur que en sus primeros libros -'Cancios y poemes pa un riscar', 'Camín del cumal fonderu'- practicaba, con mucho acierto en su asturiano de la Güeria Carrocera, de equilibrista de la paradoja; bajo la sombra de Nicanor Parra, Asur no solo fue un aplicado discípulo sino que, pienso yo, llegó a escribir un puñado de versos memorables. Encontré los 'Antipoemas' y también algunas cosas que yo había guardado en mi morral: «A recorrer me dediqué esta tarde / las solitarias calles de mi aldea / acompañado por el buen crepúsculo / que es el único amigo que me queda». Son los primeros versos de 'Hay un día feliz', un poema que le gusta mucho a José Luis Piquero, un poeta que yo no definiría como parraliano pero que cuando le tocó escoger sus poemas preferidos escogió, entre otros, éste. Fue una tarde de 1996 en el bar Cícero de Oviedo. Los poetas de la parroquia nos reuníamos allí a hablar de lo divino y de lo humano -más de lo humano que de lo divino- y para aquella sesión se había propuesto que cada uno leyese tres poemas que admirase. Piquero leyó éste, creo recordar, y a mí me extrañó entoces lo que ya más viejo no me extraña: cómo los contrarios concilian en su desasosiego sus extremos en la fértil caricia de la mañana que no se evade.
Lectores con suerte
Los lectores de poesía tenemos suerte. En nuestra memoria, como en todas las memorias, combaten los fieros ejércitos del olvido; pero tenemos para oponer a esa fiereza sílabas de luz que nos anclan a una tarde, a una noche, por ejemplo, hace tantos años, en una pensión cuyas vigas de madera vieja sustentan el frío y el milagro de ser un aliento que anhela. Recordamos los versos del maestro y la vida vuelve recobrada: «Hoy es un día azul de primavera, / creo que moriré de poesía, / de esa famosa joven melancólica / no recuerdo ni el nombre que tenía. / Sólo sé que pasó por este mundo / como una paloma fugitiva: / la olvidé sin quererlo, lentamente, / como todas las cosas de la vida».
Como todas las cosas de la vida, la poesía; yo les invito, ahora que no está de moda la verdad desnuda, a leer poesía. Nicanor Parra, sin duda, es muy buen comienzo. Por lo menos, para mí lo fue entonces, cuando Manuel Asur me lo descubrió y JLP me lo subrayó. Gracias a él sé que es mejor ir de tumbo en tumbo que andar, quizás de protagonista, de tumba en tumba; sé que en la contradicción no sólo anida la belleza sino también la vida que se revela ante la muerte: «De aparecer apareció / pero en una Lista de Desaparecidos».
Tienen suerte, sí, los lectores de poesía; la muerte les encontrará como a todos pero cuando lleguen a las puertas del Paraíso San Pedro, desolado, se volverá hacia Dios y dirá: «Mira, a estos no les tenemos poco que ofrecer. Han leído, entre muchos otros, a Nicanor Parra».
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