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Un broche de oro para el bicentenario

GIJÓN

Un broche de oro para el bicentenario

22.12.11 - 02:38 -
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El Ayuntamiento de Gijón va a poner colofón a todos los actos conmemorativos del bicentenario (con tanta brillantez celebrados aquí y que sin embargo tuvieron tan poca repercusión fuera de Asturias) con la concesión de la Medalla de Oro de Gijón al Real Instituto de Jovellanos. Para nuestra asociación, es un motivo de gran alegría, solo empañada por el reciente fallecimiento de nuestro inolvidable compañero y Alumno Distinguido del Instituto, Miguel Díaz Negrete, que solo por unos días, no pudo disfrutar de esta concesión a «su instituto». Gijón, hace así justicia a este gran legado de Jovellanos, que es su instituto asturiano, poniendo en valor la gran transcendencia que tuvo la creación del mismo, en la evolución y desarrollo cultural, educativo, industrial y demográfico de Gijón a lo largo de los últimos doscientos años.
Esta Medalla de Oro es también una magnífica oportunidad para que toda la sociedad, asturiana y gijonesa, conozca bien esta ejemplar historia; que es la historia de amor de Jovellanos por su país, por Gijón y sobre todo por su instituto.
La creación del Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía es sin duda la gran obra de Jovellanos. En él, demostrando su espíritu innovador, propone un camino de aprendizaje distinto, dando valor a las enseñanzas técnicas, las ciencias útiles, frente a los estudios eclesiásticos y de jurisprudencia, que predominaban en las universidades de aquella época. Y en él se reúne además una admirable síntesis entre su pensamiento de ilustrado y todo el profundo amor que sentía por su país y por el progreso y bienestar de su pueblo. «El deseo del bien de este país me devora», llega a decir.
Por fin, en 1794 y tras vencer numerosas dificultades e incomprensiones, logra sacar adelante su proyecto. Gijón, que tenía en aquel tiempo unos 6.000 habitantes, iba a poder superar al fin su incuria educativa, puesto que hasta entonces solo contaba con un maestro de primeras letras y un preceptor de gramática.
Jovellanos concibe además nuevos planes para ampliar las enseñanzas de su instituto: el comercio, la música, la geografía histórica y las Escuelas de Santa Doradía y la de los Dolores. Y aunque solo puede poner en práctica algunos de ellos, otros se harían realidad en algún momento, a lo largo de la historia.
Sin embargo, muy pronto, nuevamente las envidias y las insidias que en ningún momento cesaron contra el instituto, culminarían con la intervención de la inquisición y el arresto de Jovellanos, primero en la Cartuja de Valldemosa y después en el Castillo de Bellver. Era el año 1801. A partir de ahí y hasta su fallecimiento en 1811 en Puerto de Vega se suceden las amarguras de Jovellanos.
El cautiverio en Bellver, la supresión del Instituto Asturiano dejándolo reducido a una Escuela de Náutica, y la guerra de la independencia afectan profundamente a Jovellanos, que pasa sus últimos días viendo el edificio de su instituto destrozado por las tropas napoleónicas, y a su país sumido en una terrible encrucijada.
No fue un final feliz el que tuvo. Pero la poderosa raíz de sus ideas había arraigado profundamente en su pueblo. Con palabras del historiador gijonés y alumno distinguido de este instituto Luis Suárez, podemos decir que «si el tronco y las ramas se perdieron, la raíz persistió, y nadie podría jamás arrancarla».
El transcurrir de los siglos XIX y XX es un claro ejemplo de lo arraigado que había quedado en el pueblo el proyecto de Jovellanos. En la segunda mitad del siglo XIX, en coherencia con el pensamiento de Jovellanos y con el impulso de la revolución industrial, el pueblo de Gijón, con sus instituciones al frente, pugna por implantar las enseñanzas industriales y comerciales en el instituto, que en 1864 y a iniciativa del alcalde Andrés de Capua, pasa a denominarse en lo sucesivo, Instituto de Jovellanos y empieza a impartirse también en él, la Enseñanza Secundaria.
Desde entonces, durante todo el siglo XX y hasta nuestros días, la lucha por preservar y conseguir el viejo proyecto de Jovellanos ha sido constante. Y para ser justos hay que decir que ha sido el pueblo de Gijón, representado por su Ayuntamiento y sus instituciones, quien afrontó el principal protagonismo, llegando en ocasiones a tener que realizar importantes esfuerzos económicos para conseguirlo.
Hoy, doscientos años después, cuando celebramos su bicentenario, podemos decir que sus ideas triunfaron y siguen plenamente vigentes, y que aquellos sectores que Jovellanos quería impulsar : las nuevas industrias, el puerto y las comunicaciones, siguen siendo objetivos irrenunciables para el desarrollo y, sobre todo, que los proyectos educativos y de formación que había concebido para su instituto, han transcendido las fronteras del mismo y son hoy una espléndida realidad en el Campus Universitario de Gijón.
De ahí que sea muy importante esta distinción que la Corporación municipal, representando al pueblo de Gijón, que es pueblo agradecido, otorga unánimemente, sin fisuras, a la obra más querida de Jovellanos. Decía éste a su amigo Vargas Ponce: «Si el instituto llegara a ser lo que yo pienso, él será el mejor conservador de mi memoria..».
Por eso, hoy con la concesión de esta Medalla de Oro de Gijón no solo se pone un brillante colofón al bicentenario, sino que honramos y conservamos su memoria, manteniendo viva la fuerza de su pensamiento y la actualidad de sus ideas, que han dejado una profunda huella entre nosotros.
Son esas huellas de Jovellanos que el poeta Luis García Montero imaginaba grabadas en la arena de su playa, marcadas de un modo indeleble y que siguen ahí, sin que doscientos años de mareas y temporales las hayan podido borrar. Y ahí están, señalándonos el Norte; ese Norte utópico al que se refería el poeta y profesor del instituto Gerardo Diego y que nos indica el camino a seguir. Un camino, que ahora como entonces, debe buscar el progreso y el bienestar de nuestra sociedad, a través de la educación, la cultura y el conocimiento.
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