No hay nada de particular en tener un cuaderno, un cuaderno pequeño y de bolsillo que acaba funcionando como un diario, un testigo de lo que se ve: eso es, precisamente, 'Lengua de madera', un repaso por la poesía anglosajona propuesto por Hilario Barrero.
Barrero expone este proceso, más acumulativo que selectivo, en una edición bilingüe de la casa sevillana La isla de Siltolá, que no acepta originales (solo publica encargos propios) y que, con ese espíritu cuidadoso y exclusivo que últimamente cunde entre las editoriales pequeñas, inaugura la colección 'Nuevas traducciones' de la mano de este peculiar poemario.
Como decimos, la 'Lengua de madera' que propone no es ni total ni definitiva. Ni está anotada ni pretende aportar más que esos breves fogonazos deudores, según el autor, de los preceptos de Gracián: disparos desnudos y aislados. No sabemos más que el nombre de los poetas y sus fechas de nacimiento y muerte. No sabemos el país, la tendencia: no se puede hacer más que imaginar al hombre tras el texto o rendirse a la música que encierra un puñado de palabras.
Es lo mejor: colocarlo en la balda de lecturas rápidas y ociosas, a las que volver cualquier tarde, en lugar de acercarse a él como un poemario al uso o incluso como lo que dice ser: una antología sobre varios siglos de poesía en inglés. Porque no hay más criterio que el de los destellos. Hay mucho Yeats, bastante Ezra Pound y solo una gota de Bukowski. Hay de todo.
Barrero, toledano que ejerce la docencia en la CUNY de Nueva York, se ocupa asimismo de las traducciones de todos los poemas. Al convivir estos con aquellas, prefiere ser literal y funcionar más como un diccionario, manejable y a mano, que como una traducción con valor literario propio.
El debate sobre cómo afrontar la traducción de la poesía es eterno, y en él nadie lleva las de ganar. Se trata de la forma de traducción más depurada, sintética y que menos margen deja a la indecisión. No se pueden explicar términos, las notas al pie están prohibidas y solo se cuenta con la fuerza del verso final, limado hasta la saciedad, para llegar al lector español.
Barrero opta por no complicarse y ceñirse a la traducción literal, término por término, aunque sea a costa de la rima o de la sonoridad: para eso ya está el original en la página de al lado.
Lo mismo ocurre con los arcaicismos: el 'thou' de William Blake, forma antecesora del 'you' actual, se limita a la sencillez de la segunda persona, borrando el rastro arcaico.
Se prefiere la claridad lingüística a los vericuetos literarios en, por ejemplo, el juego de palabras que propone W. B. Yeats en 'Un brindis': él dice «Whine comes in at the mouth/ And love comes in at the eyes». 'Whine' (que significa 'suspiro') se parece, fonéticamente, a 'wine' ('vino'), lo cual completa el peliagudo juego entre el suspiro que entra por la boca y el vino que se bebe. La metáfora queda construida en tan breve verso, y Barrero tiene que decidirse entre el suspiro y el vino o buscarse las vueltas para poder volcar el invento a nuestro idioma: finalmente, se decanta por el vino.
Esta voluntad rebaña hasta los términos culturalmente más lejanos para el lector español, como es la «tela de la ventana» de John Updike, esa que estamos más que acostumbrados a ver en las películas estadounidenses pero que no es habitual a este lado del charco.
El resultado es, entonces, un libro cuyo equilibrio reside en la mitad exacta entre cada par de páginas, de versos: los unos, los originales, dan la sonoridad y la rima; las traducciones, por su lado, ponen el significado lingüístico y completan la lectura en español.
Un producto literario, en definitiva, que queda en equilibrio según su propia lógica, un proyecto coherente en el tiempo y no autoconclusivo, sino con el propósito, descubrimos, de brindar otra forma de leer: con lengua de madera y unas cálidas zapatillas.