Las mudanzas consentidas pueden ser tanto 'danza' alborozada como 'muda' transformación. Estamos obligados a viajar necesariamente hacia alguna parte. Deberíamos hacerlo sólo hacia donde merece la pena. Pero las mudanzas (mudas o danzas) tienen mucho de naufragio. «En tiempos de turbación no hacer mudanzas», recomendaba el santo de Loyola, pero toda mudanza supone una turbación. Hay cosas que se pierden y cosas que se salvan. Ocurren las mudanzas en medio de alguna tormenta o, en todo caso, de algún quiebro que da la vida. Cuando uno se muda de casa es como si le cambiara de postura el alma. Vas andando sudoroso con los muebles salvados al hombro y el sol se levanta y te señala el nuevo destino y tú caminas sobre el incendio de las cosas que no caben o que no pudieron llegar a tiempo, mientras escuchas a tus espaldas los coros ahogados de la nostalgia cantándote los agujeros de las paredes que no te pudiste llevar, y sientes el aire de los bosques infinitos avanzar sobre la cómoda de los cien años o sobre el estante de los libros subrayados o sobre el botellero de los riojas intangibles o sobre el perchero de los sombreros que nunca te atreviste a llevar. Por eso en las mudanzas resulta inevitable mirar atrás.
Los muebles son árboles encadenados (no sé si esto algún día a mí se me ocurrió o si lo leí en alguno de los libros perdidos en alguna vieja mudanza), seres dolientes que sufren su existencia equivocada, y cuando los movemos se desorientan y claman, danzan enloquecidos, y el espíritu de los bosques a los que un día pertenecieron se solivianta, y acude, y se mete en la angustia de las maderas tratadas, las cuales comienzan a pesar mucho más, y esto te confunde porque te hace sentir que has envejecido demasiado desde la anterior mudanza. Los árboles son al bosque lo que las ideas a la vida, y cuando se ejecuta una mudanza una idea se hace mueble y en la vida queda un espacio libre para que otro árbol pueda germinar. Tuve una vez un cabecero de cama que acabé desguazando y arrojando al fuego porque durante las noches sonaba dentro de él el murmullo de los follajes y el aleteo de los cárabos. Y eso que a mí, más que las casas exposición, me gustan las casas paisaje, pero todo tiene un límite.
Hay gente que cree que los muebles, a diferencia de las personas, nunca esconden nada, que son siempre lo que parecen. Yo creo que un mueble es un destino truncado y que, por lo tanto, esconde, como mínimo, una queja, y toda queja acaba creando un vacío, que en el caso de los muebles, se va rellenando con ese pasado nuestro que olvidamos por los cajones y los estantes, tanto que al final, cuando llega la hora del naufragio de la mudanza y nos disponemos a vaciarlo todo, a desnudarlo todo, el olor al polvo de la memoria y el olor a infancia son tan evidentes que los ojos se nos revuelven y el alma se nos encoge, y entonces ese mueble ya no es una mesita o una cómoda o un escritorio o un arcón, sino ese objeto que amamos, porque, como decía Pirandello, está hecho de aquello que nosotros hemos puesto en él. Hay quien asegura que la cadena del ácido desoxirribonucleico está conformada por antiguos muebles polímeros conservados en la sala nitrogenada de la constancia con la ayuda de los fosfatos de la voluntad. Así que, o con puentes de hidrógeno o con maletas lanzadas al viento, estamos ante las enzimas del cambio tomando el tren de la transcripción y la replicación.
Hay muebles (al igual que hay genes) que mueren de viejos y hay otros que no consiguen engancharse a la memoria de quien los sostiene. Unos y otros acaban olvidados junto a los contenedores esperando aturdidos el camión de los martes. Pasarse ante ellos cuando la luna está llena es una de mis debilidades. Me acerco, los miro y no resisto la tentación de tocarlos, y entonces siento que todas las horas metidas en ellos surgen como gusanos, que todos los árboles encerrados en ellos tiemblan y brotan por las hureras de las polillas abriéndose paso en los cauces reverdecidos de la noche desbordada. Siempre que cambio de casa construyo algún mueble con mis propias manos, y me gusta hacerlo con pedazos de muebles abandonados, así la nueva casa se me llena de tiempos circulares, de tactos contrarios y de preguntas de otros colores. Cuando el mueble está terminado, la casa está bautizada porque se impone de nuevo el aroma de los bosques. Conocí a un hombre que en su casa, en lugar de muebles, tenía árboles. Recorría los bosques buscando mesas y percheros y taburetes y cuencos para la leche y oquedades para la ropa, y siempre encontraba aquello que precisaba. En su casa no había gritos de árboles encadenados. Allí la madera era libre y su casa era como un desafío genético en el que cada día se producía una mudanza. Pienso que tal vez esté hablando de mudanzas por lo del año recién estrenado o porque acabo de recuperar un mueble que tenía perdido desde la última mudanza o porque acabo de entender que el acuerdo para la eterna mudanza depende más de la genética que de la inteligencia (no se pueden soportar estos concordatos que nos vienen impuestos)
El protagonista de 'La náusea', de Jean-Paul Sartre, dice que «los objetos no deberían tocar, puesto que no viven». Luego se queja de esta forma: «Y a mí me tocan, es insoportable. Tengo miedo de entrar en contacto con ellos, como si fueran animales vivos». A mí sí que me gusta acercarme a los muebles para que me toquen. Ahora toco mi papelera, que como decía Hemingway, es el primer mueble de un escritor. Los papeles y las palabras que los recogen también tienen sus genéticas y sus mudanzas.