La carrera de Ainhoa Arteta, una de nuestras sopranos más mediáticas, es como esas carreteras sinuosas de montaña. Atractiva, pero sin grandes rectas. La última vez que cantó en Oviedo fue la pasada temporada, con una actuación bastante discretilla centrada en Granados, Obradors y Turina. Pero si volvemos la vista más atrás, en Asturias hemos sido testigo, por una parte, de grandes recitales de la cantante, como el protagonizado hace ya años en el Teatro Campoamor con la Sinfónica de Asturias bajo la dirección de Enrique García Asensio, a tremendos momentos amargos de una voz como derrotada en las horas más bajas, como cuando en el Teatro Jovellanos de Gijón tuvo que parar y cancelar su actuación. Un recital de Ainhoa Arteta siempre es una sorpresa. Y ayer lo fue. Mayúscula y exquisita, tanto por la naturalidad y sinceridad con la que cantó, como por su belleza vocal, como, sobre todo, por esa manera de 'decir el canto', ideal para repertorios liederísticos.
Se conmemoraba con el concierto el centenario de la creación del Banco Herrero, hoy integrado en el Banco Sabadell. Con este motivo, José Oliu, presidente del Banco de Sabadell dio unas palabras de bienvenida a los presentes en el acto, entre los que se encontraban numerosas personalidades del mundo empresarial, cultural, político y social del Principado.
Y después, entró en escena la soprano, que afrontó un recital peculiar, en el que el programa se centró exclusivamente en el mundo del lied, de la canción con piano, desde dos ámbitos muy diferentes. En la primera parte, el alemán, con el ciclo 'Amor y vida de mujer', de Schumann, y una selección de Richard Strauss. Vestida en un blanco roto, realizó una interpretación muy sutil y con estados anímicos intimistas y variados, sobre todo al abordar a Schuman. El estado de duda en el tercer lied, 'No puedo comprenderlo ni creerlo' y el sentido del desamor o de la esperanza fueron un caleidoscopio de sugerencias musicales, transmitido por la cantante y el pianista. De Strauss, lo mejor, la versión de 'La mañana'.
En la segunda parte, enfundada en un vestido negro nocturno, abordó con brillantez el repertorio español, con obras de Antón García Abril, Enrique Granados y Joaquín Turina. Demostró expresividad, muchísima gracia con Granados; poesía y delicadeza con Antón García Abril, y una magia con garra en Turina. De propina, cantó la canción 'La rosa y el sauce' de Carlos Guastavino y, para despedirse del público, el 'O mio babbino caro', de Puccini, en la única concesión que hizo a la ópera y con la que demostró que estaba más que a gusto sobre el escenario. Aprovechó el momento, además, para recordar que el próximo año estará en la temporada de Oviedo con el 'Don Carlo' de Verdi.
En todo momento contó con la colaboración, entrega y sensibilidad del pianista Rubén Fernández Aguirre, coprotagonista y cómplice de la velada. Frente a las complejidades vocales que generalmente tienen las arias de ópera o las romanzas de zarzuela, la voz en el lied posee otras dificultades más relacionadas con las sugerencias sutiles a la hora de expresar el significado de un poema. Por eso, en el lied, importa tanto eso que se llama 'decir el canto', comunicar y transmitir, con naturalidad el sentido del poema. Y eso es lo que hizo Ainhoa Arteta, 'decir el canto'. Y decirlo con toda su belleza.