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Caunedo, Gabino y Schettino

SILLA DE PISTA

Caunedo, Gabino y Schettino

22.01.12 - 02:40 -
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Si Iglesias Caunedo hubiese encabezado la candidatura del PP al Ayuntamiento de Oviedo, los resultados de su formación hubiesen sido aún peores de los obtenidos el 22 de mayo del año pasado. El tirón popular de Gabino de Lorenzo es indudable, pese a su tendencia a pisar todos los charcos y a sus reiteradas deserciones tras los revolcones en las urnas (en su día no llegó a recoger el acta de diputado y ahora abandonó la Alcaldía camino del exilio en la plaza de España), con actitudes que se asemejan a la del capitán Francesco Schettino, que dice que se cayó casualmente a una lancha de salvamento mientras el crucero Costa Concordia se hundía. Ni Cristóbal Colón ni Juan Sebastián Elcano ni siquiera el desdichado Apostoulas Manguras, capitán del Prestige, abandonaron sus barcos, que tan diferente suerte corrieron, como es fama que hacen las ratas. Gabino de Lorenzo se ha tapado los ojos con las manos frente a la fronda del Campo de San Francisco porque no quiere ver Villa Magdalena ni Cinturón Verde ni la próxima subida del IBI ni las horteradas escultóricas que han convertido la capital asturiana en un centro temático del mal gusto y del despilfarro.
Gabino de Lorenzo tiene un sentido del humor muy asturiano, socarrón y cínico, y de ello dan prueba sus declaraciones del pasado domingo cuando proclamaba, como si viniese de Marte, que 'contra la corrupción, tolerancia cero'.
Aplicándole la presunción de inocencia a la que tiene derecho todo ciudadano, el ex-alcalde de Oviedo aún les debe explicar a los ciudadanos decisiones sorprendentes, como el sobrecoste del famoso palacete adquirido a Comamsa y que puede ser la ruina de la ciudad. La Ley de Transparencia, promovida por el titular de Hacienda, Cristóbal Montoro,y que propone responsabilidades penales, además de políticas, para los gestores públicos que se hayan puesto los presupuestos por montera (o por Mortera) traerá cola, y sólo el anuncio de este nuevo marco legal ha provocado la furia de todas las formaciones políticas (por algo será), excepto por el Partido Popular, resignado a llevar la iniciativa parlamentaria en el asunto.
Por lo demás, si se hace una encuesta entre los ovetenses es muy probable -yo estoy seguro de ello por pura intuición acientífica- que Agustín Iglesias Caunedo no figuraría entre las personas mejor consideradas para asumir la alcaldía carbayona. Y no es que para ser primer edil de Oviedo haya que ser un premio Nóbel o medir uno noventa o haber realizado estudios universitarios o pertenecer a las familias con solera de Vetusta o tener en el currículum algún gesto heroico, como el bombero que se juega la vida para rescatar a una anciana de una casa en llamas o el ciudadano anónimo que se enfrenta a un maltratador y recibe una paliza.
Con todas sus luces y sus sombras, en la nómina de los alcaldes de Oviedo que uno conoció (Manuel Álvarez-Buylla, Eloína Suárez, Félix Serrano, Eloína Suárez, Luis Riera, Antonio Masip y Gabino de Lorenzo) encaja mal, más bien chirría, la hipotética incorporación de Iglesias Caunedo. Y no se trata de criterios de clasismo intelectual o de elitismo estético sino porque al aspirante ya le quedaba grande, muy ancho, notablemente desproporcionado, el papel de concejal (eso se ha demostrado con hechos), y su ascenso en la vida pública resulta inexplicable sin la tutela de Gabino de Lorenzo, de quien fue reiterado escudero en distintas circunstancias, y que seguirá mandando en el Ayuntamiento por persona delegada.
Pero, en fin, como la gestión de los asuntos públicos se maneja desde las cocinas de los partidos, una vez que la sociedad fue utilizada para legitimar unas listas cerradas, que nadie se lamente después del alejamiento de los ciudadanos con respecto a sus representantes, ni de la abstención ante las urnas, ni del divorcio galopante entre la soberanía popular y sus eventuales administradores.
Señor Caunedo, pienso sinceramente que ni usted ni yo damos el tipo para alcaldes de Oviedo, salvo que nos designase Calígula, quien a su caballo Incitatus, de origen hispano, lo quería de cónsul y le instaló una caballeriza de mármol y un pesebre de marfil. No, no estoy relacionando su respetable humanidad con la noble condición equina, pero ni entre usted, yo mismo y el caballo de un emperador romano, le insisto, haríamos un buen alcalde de Oviedo.
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Iglesias Caunedo, alcalde en funciones. :: M. R.



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