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Proyecto Hombre, motivo de orgullo para Asturias

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Proyecto Hombre, motivo de orgullo para Asturias

01.02.12 - 02:38 -
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En tiempos como los actuales, que ciertamente no dan para muchos motivos de satisfacción y complacencia con la 'cosa publica' en sentido amplio, la celebración de los 25 años de la implantación en Asturias de Proyecto Hombre es algo que, objetivamente, produce alegría a las muchísimas familias y personas asturianas que antes de relacionarse con Proyecto Hombre estaban sumidas en la desesperación y la amargura, y que allí han encontrado apoyo, y frecuentemente también solución a gravísimos problemas tanto personales, como familiares, sociales, laborales y económicos relacionados o derivados de las drogodependencias. Y, además, esta conmemoración llena de legitimo orgullo a cuantos, de una u otra manera, desde las instituciones, las empresas o el altruismo personal han colaborado a que Proyecto Hombre se haya asentado en Asturias, y haya conformado aquí su actual, espléndida, red asistencial, convertida hoy en factor de esperanza viable y cierta para cuantos, por la razón que sea, son victimas de la adición a las drogas, cualesquiera que estas sean.
En 1985, la adicción a la heroína, que afectaba mayoritariamente a gente joven e incluso muy joven, se había convertido en Asturias en una auténtica y atroz plaga, contándose por centenares los afectados, la mayor parte de los cuales acababan hundidos en la marginalidad más absoluta, con total disgregación de su personalidad y con pérdida completa de su dignidad y autoestima. Fue ese también el tiempo de aparición de los primeros casos de sida, y de la generalización de las hepatopatologias y, en general, de las enfermedades provocadas por inyecciones de drogas, principalmente heroína, sin la menor asepsia y control sanitario. A consecuencia de todo ello, y de las sobredosis, eran muy frecuentes, y trágicas, las muertes de personas jóvenes con personalidades desestructuradas, en un marco de angustia y desesperación total. Seguramente se ha difuminado bastante la memoria colectiva de aquel tiempo, que fue muy duro en relación con las drogas, pero la verdad es que eran muchas y muy complejas las vías de acceso a la drogodepencia, y muy escasos los medios a disposición de las administraciones publicas para evitar el problema, y para atender a quienes habían caído ya en las redes del narcotráfico.
Desde la Consejería de Sanidad de Asturias, que por entonces yo dirigía, hicimos grandes esfuerzos de prevención en las áreas más castigadas por el problema, y tratamos también de ofrecer tratamientos paliativos en establecimientos de dependencia pública, que, además de evitar las enfermedades provocadas por las inyecciones, apartase a los drogadictos del tráfico ilícito (y por tanto, en la medida de los posible, también de la delincuencia asociada al mismo). En todo caso, esos tratamientos (con metadona, básicamente) y otras actuaciones sanitarias, como los internamientos hospitalarios, las atenciones de salud mental, etcétera, quedaban cortos y poco ofrecían en sentido rehabilitador, seguramente porque las características y dimensiones sociales, psicológicas, familiares, laborales, etcétera, del problema rebasaban la capacidad de las estructuras estrictamente asistenciales sanitarias públicas. Desde mil y una instancias nos llovían imperiosas demandas de apoyo a las más variadas ofertas de rehabilitación, acompañadas a veces de manifestaciones e interpelaciones parlamentarias, pues con más o menos buena voluntad el Parlamento asturiano daba para todo.
Había muchas organizaciones que pretendían acuerdos con la Administración regional para alojar y supuestamente rehabilitar a los drogadictos. Las más de las veces esas organizaciones, nacionales o internacionales, estaban carentes del mínimo rigor técnico y, también, por qué no decirlo, económico y, a veces ético. La improvisación y el amateurismo eran la nota dominante de buena parte de las ofertas que recibíamos, o con las que se nos presionaba, y en algunos casos aparecía hasta la sombra siniestra de las sectas dispuestas a conseguir adictos y financiación por la vía de los supuestos tratamientos rehabilitadores, que raramente llegaban a buen término.
En esa situación fue cuando oímos hablar de un proyecto de rehabilitación de drogodependientes que llevaban a cabo en Italia los jesuitas, el cual tenía una pionera implantación en Madrid. Las referencias que logramos eran buenas, y ofrecían garantías de seriedad y de conocimiento técnico. Se trataba, en definitiva, de un tratamiento que tenía como objetivo reestructurar la personalidad del dependiente mediante el fortalecimiento de su autoestima, hasta llevarle a abandonar la adicción, y conseguir su reinserción social. Para ello se había estructurada una compleja red que comprendía centros de tratamiento secuencial, que incluían la acogida y la residencia comunitaria, y los lugares de residencia en los fase final de reinserción.
Con esos datos solicitamos una entrevista con los entonces responsables de Proyecto Hombre en España, y a tal fin nos personamos en el Convento o casa que los jesuitas tienen en la calle del Marques de Urquijo, de Madrid, ofreciendo nuestra total colaboración para que Proyecto Hombre se instalase en Asturias. Nos dijeron que sí, que les interesaba, pero que tendríamos que esperar un tiempo, porque ellos huían de la improvisación y exigían que quienes se dedicasen a esa tarea tuvieran una completa y compleja formación, que exigía como mínimo dos años de trabajo y estudio. Nos dijeron que tenían una persona ya casi preparada y que cuando culminase su formación ella se haría cargo del proyecto de Asturias. Esa persona resultó ser Floro. A los poco meses llegó Floro, y con la capacidad, tenacidad e inteligencia que le caracteriza, y el apoyo, pionero entonces, de Nicanor Brugos, de Santa Clara y de Eleuterio Bayón y otros que siento no recordar, fue conformando las bases de la que posteriormente sería la potente red asistencial asturiana de Proyecto Hombre, de la que ahora es obligado sentirse orgulloso como asturiano.
Todo empezó con la casa de acogida de La Calzada, después llegó la residencia de La Carriona o La Miranda, en Avilés, y luego, creciendo lenta, pero ininterrumpidamente, Carreño, Oviedo, Mieres, etcétera, allegando voluntarios, apoyos sociales, y sobre todo muchos amigos y miembros del proyecto ( y aquí es imposible no recordar a José Ramón Abella, que tanto trabajó) sacando de la marginalidad y del horror, rehabilitando y devolviendo la dignidad a cientos y cientos de drogodependientes, que sin el Proyecto Hombre lo más probable es que no tuvieran asidero alguno al que agarrarse para volver a ser, con plenitud y dignidad, personas libres de adicción y alejadas del horror.
Por eso, en estos primeros veinticinco años, Proyecto Hombre merece y debe tener todo el apoyo y el reconocimiento de la sociedad asturiana y de sus representantes, y el horizonte despejado de cualquier nube que pudiera aparecer en lontananza en forma de ajuste presupuestario.
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:: GASPAR MEANA



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